El miedo como memoria

Mi papá, que detesta la nostalgia, que todo el tiempo está diciéndonos que el pasado no puede doler ni servir para mal, estaba en uno de esos raros ratos en los que le da por contar su pasado.

Historia oficial del amor.

Me sorprendió también con que presteza y dedicación nos entregamos al dañino ejercicio de la memoria, que al fin de cuentas nada trae de bueno y sólo sirve para entorpecer nuestro natural funcionamiento.

El ruido de las cosas al caer 

Una sociedad sin memoria es un fracaso en el futuro, un hombre con memoria es una muerte lenta, descarnada y dolorosa. En sí es más fácil soportar los avatares de la historia cuando se vive en colectivo y no cuando ésta golpea con fuerza la humanidad de un hombre que ha intentado naufragar por los fuertes y duros vientos de la vida. Se percibe entonces, que no es otro el camino que plantea Juan Gabriel Vásquez y Ricardo Silva en sus novelas: El ruido de las cosas al caer e historia oficial del amor.

 

“Este hombre no ha sido siempre este hombre, pensé. Este hombre era otro hombre antes”. Dice Ricardo Laverde al ver en su amigo Antonio Yammara una historia que no sólo lo conecta a él sino que también, fue víctima y protagonista, espectador y un agente lejano de una realidad que se comía a grandes trozos una ciudad y un país. El  ruido de las cosas al caer, es un novela que se traza en la década de los 80, en los diez años más doloroso que dejó la Colombia del siglo XX porque fue el instante en donde se fundían los sueños de cambio, la políticas de igualdad, la generación que soñó con que un día este país no fuera un río de sangre y un mar de muertos. A diferencia de Historia oficial del amor,  una novela que trasciende los peores momentos de la familia Romero-Silva. El escritor bogotano no tiene otro camino que recular en el tiempo, que mostrar como el mundo siendo un lugar perfecto, es dominado por una cantidad de seres imperfectos que escupen carroña y matan por doquier. Esta novela que se desliza por distintas épocas, no es más que un ajuste de cuentas con la vida y con Colombia, con la familia que le tocó al protagonista y con la que le va a brindar a sus hijos, pues aunque se niegue y sea duro de aceptar, nuestra espalda carga la historia de nuestro país y de nuestra familia y eso, no es otra cosa que una herencia que vamos pasando con el tiempo, cuando nuestra espalda no da más, cuando nuestra mente se cansa de luchar con la historia, cuando nosotros mismos, construyamos nuestro propio capítulo de este basto libro que nos tocó vivir.

“Cómo recuperarse, cómo olvidar sin engañarse, cómo volver a tener una vida, a estar bien con la gente que lo quiere. Cómo hacer para no tener miedo, o para tener una dosis razonable de miedo, la que tiene todo el mundo, cómo se hace para seguir adelante”. Pregunta una vez más el protagonista de la novela de Vásquez que busca con fuerza, con interés desmedido entender cómo su vida y la historia de su país se van uniendo, se cruzan como líneas que se tocan, se rozan, se golpean con fuerza y no queda más remedio que afrontar y seguir adelante. Y es que no es para menos, un país destruido, desligado de su propio ser se convierte en un sable para golpear con fuerza a modo de recordatorio, que estamos en un círculo vicioso, doloroso de pérdidas y heridas profundas.

“El problema es que ya no hay donde esconderse en este país-dice el señor presidente de la junta-: no hay modo”. En la otra esquina, con elementos cruciales, se presenta Ricardo Silva y su narración de Colombia vista desde una familia que se deshizo en la política, en el azar, en los deslindes de malas decisiones y la ambición del poder. Nuestra generación, aquella que no tiene el recuerdo de la muerte de Escobar ni la construcción y presentación de la constitución del 91, es la que busca de una u otra forma quitarse, desnudarse de la historia que narra Vásquez y Silva, porque no queremos repetir esas historias, no sentimos ese dolor de salir a la calle y pensar que una tarde cualquiera en aquel mismo lugar, un hombre que se desmonta de una moto y desenfunda una pistola para descargar medio proveedor en el individuo que espera el bus como el resto de personas en la hora pico. Sin embargo, no podemos correr o eliminar eso de nosotros, hace parte de nuestro ser, por esa razón están estas novelas, estas líneas que nos ubican en el miedo, un miedo como memoria. “Maldita vida: esta cosa de esperar cuándo y dónde va a ser el disparo no puede ser mi destino, ni el destino de mis hijos. Y vivir en este país no puede seguir siendo un sino”. Afirma con fuerza Marcela Romero de Silva, una abogada distinguida del gobierno de Barco.

Estas dos novelas que no son históricas, sino que trabajan la historia como eje central de descubrimiento, de reflexión y crítica a una sociedad desmemoriada, carente de segundos para revivir los miedos que son en sí, la lista de hechos clavados en la memoria insolente que solo echa para atrás. Sin embargo, no tenemos otro camino que aceptar y afrontar, reconocer y deslizar los recuerdos que abren la claridad del presente, la carretera del futuro.

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