Carta sin firmar

 

El país está pasando por momentos de transición delicados. Los ánimos están al tope y la vida se desliza sin decir nada, sin poder luchar. La vida se nos está yendo en los trancones de carros y sus cornetas, entre el servicio de transporte público que no avanza ni un centímetro respecto a una señal de humanidad. Entre esos avatares dolorosos e invisibles, nos movemos cada día, entre las horas que nos son propias, entre el juego de creer que somos dueños del tiempo, que nos pertenecen los espacios y las personas.

¿Cuándo seremos conscientes de la realidad? En tiempos pasados, existía una mínima concepción de realidad, de tener los pies sobre la tierra, de soñar bajito.  Esos tiempos que ya son ajenos a un presente abusivo y controlador, andamos de casa en casa buscando todo aquello que creemos necesitar, todo aquello que hace que nuestra vida sea perfecta pero es una simple apariencia.

El filósofo del martillo, el alemán Nietzsche siempre tuvo claro que la vida es una obra de arte, que el hombre es un creador y debe intentar cambiar su entorno, su mundo para que sea más viable, más amable, más a lo que busca como persona. Sin olvidar lo que es, lo que podría ser, todo lo que el arte en su sentido estricto de palabra puede hacer por él para que su vida no sea un rio que fluye sin sentido, sin rumbo, sin un fin que lleve con claridad una vida que valga la pena ser vivida. ¿Qué elementos son prudentes o necesarios para tener una vida que valga la pena ser vivida? La pregunta es compleja porque el hombre no es nada sin un propósito, sin un apoyo, sin porqué que lo lleve de la mano con la certeza-aunque hipotética- de que todo tiene una justificación. Nadie tiene los trucos para vivir la vida, pero sí hay un elemento crucial, como un talismán que ayuda a ver todo de otra forma: el amor. Aunque suene un poco sin sentido y quizás absurdo, el amor es un punto crucial en la vida del ser humano, en la construcción de sociedades, es la pequeña gasolina necesaria para seguir. El amor desde cualquier aspecto o consideración, el amor familiar o el de amigos, el de pareja y el propio son herramientas que sirven para avanzar, para no sentir tan fuerte los fuertes vientos de una vida que nos tocó vivir. Por eso, cuando somos conscientes de la existencia de este, empieza a nacer la necesidad de valorar, cuidar y mantener sin ningún esfuerzo, eso que tanta felicidad o tranquilidad brinda.

El hombre contemporáneo es una caja de exigencias vacías, de afanes absurdos intentando agarrar, conformar un vida que no le es nunca digna de vivir. La vida es un ejercicio simple, un transcurrir sencillo, sin adornos ni parafernalias.

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