El poder de contar

Sí hay algo que apasione al hombre desde sus inicios es el arte de contar y escuchar historias. De ahí que nuestras interacciones comunicativas hasta el sol de hoy, no tengan otro interés que el de descubrir historias, narraciones que se camuflan en un cómo estás, qué ha pasado en el país, qué hay de los viejos amigos. Historias cortas, largas, mezcladas con emociones y sensaciones, con altibajos que conducen al oyente o al lector a vivir una vida prestada, una vida imaginaria y a eso, le llamamos también literatura. Porque dígase lo que se diga sobre el fin de la literatura, su impacto social y su función en el hombre no es otra cosa que historias del común desarrolladas y trabajadas bajo la lupa de un escritor. Gabriel García Márquez lo había descubierto muy joven y contó el secreto ya entrado en años, dijo algo que marcó la vida de los escritores de su tiempo y los del futuro: lo importante es saber contar el cuento y para eso, se necesitan un poco de bisagras, tornillos, tuercas y puntillas, todo con el fin de que el espectador no se levante del sueño que le está proporcionando el escritor, el contador de historias.

Así que pienso en el primer hombre que quizás haya cazado un mamut, un ave u otro tipo de animal de ese entonces, lo imagino con su expresión de asombro ante el cuerpo inerte sobre el prado verde, sobre la tierra que se desliza suave por el suelo gracias al viento. Lo imagino asombrado y lleno de imágenes en su cabeza y con la sensación de querer salir corriendo y mostrar, exponer a otros sus imágenes, su historia que puede ser épica, trágica o dramática con final feliz o desolador. Pero de inmediato la imagen de mi cabeza cambia y pienso en los cantares de gesta, pienso en muchos otros como los juglares y si fuera poco, pienso en Homero, en su grupo de seguidores, los que atentos escuchaban al maestro narrar la historia de Aquiles, de Néstor, de la pobre Temis, madre de Aquiles, pidiendo ayuda al mejor herrero para forjar una espada poderosa para su hijo que decidió escoger la eternidad y no la gloria.

Mi cabeza que como la de ustedes está llena de historias de repente se me cruza Sófocles y pienso en Edipo, el que mató a su padre y se casó con su madre y luego, ordenó que aquel que haya sido el asesino de su padre, debía sacarse los ojos e irse de Tebas. Días después de una intensa búsqueda, Edipo descubre que fue él quien hizo tremendo daño a su padre, se saca los ojos y se ve de lejos caminar con las manos ensangrentadas. Esto se llama enfrentar el destino, el gran tema de la tragedia griega. Miro hacia atrás y los párrafos escritos no son más que la confirmación de que el ser humano disfruta contar y escuchar historias, es un narrador por naturaleza y la literatura es el mejor espacio para contarlas.

Miguel de Cervantes escribió Don Quijote de la mancha, según algunos críticos con él se inicia la novela moderna, el mejor invento hasta entonces para contar historias. También escribió el Coloquio de los perros en donde un centinela escucha a unos perros dialogar durante la noche y para que este hecho no pasara desapercibido, decide contar su historia en una gran cantidad de hojas que al día siguiente, su compañero decide leer y queda seducido por la historia, por la narración que lo obliga a creer que tales seres sí estaban hablando y lo que parecía algo descabellado, resulta ser real en la cabeza del lector. ¿Quién creería tal cosa si no hubiese un narrador con las herramientas necesarias para hacerlo creer con tal naturalidad, que la duda no es un beneficio? El poder del lenguaje como un arma letal del ser humano, con el destruyes o engrandeces a alguien, construyes lasos, tejes realidades o falsedades sea lo que sea, el lenguaje siempre trae una connotación.

El mundo giraba y giraba y entre saltos en el tiempo, me encuentro ahora en el siglo XX, casi a la mitad de un gran siglo de eventos culturales y científicos. El periodismo no era más que un ejercicio de informar de manera puntual y clara los hechos acontecidos en la ciudad, en un pueblo, en otro país. Una mañana sentado en su sofá-El látigo que Dios me dio-con el periódico abierto y fumando un cigarrillo, Truman Capote descubrió en un pequeño recuadro la noticia del asesinato de una familia de Granjeros en Kansas. Así que recortó la nota y llamó a su editor jefe de la revista New Yorker y pidió apoyo para la investigación de esa noticia. Viajó en la noche y durante tres meses investigó hasta los pormenores del asesinato, eso se llama precisión. Algunos años después, apareció su novela: A sangre fría. La novela que le dio apertura al nuevo periodismo, un género basado en la crónica que terminó siendo la rama más fuerte del periodismo para contar la historia de un suceso sin mentiras, sin exageraciones, una vez más, el arte de contar. Nosotros ya teníamos la crónica, eso nos llegó con los cronistas de india, los españoles que nos invadieron y gracias a sus relatos descabellados en algunos casos, nos dieron vía libre para que el mundo supiera que existíamos. Desde entonces, nuestro continente no ha hecho otra cosa que contar historias y con eso, tener a los mejores cronistas del mundo.

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Mientras los años cincuenta, sesenta y setenta deslumbraban por este nuevo arte de narrar, una mujer como María Elvira Samper se abría campo entre los hombres que predominaban en el ejercicio del periodismo. Una amiga suya de aquel tiempo, Doña Sofía Ospina de Navarro, escribía notas para los principales periódicos de Colombia con un seudónimo masculino, porque este oficio no era para mujeres, pues el periodismo se creía como un ejercicio bohemio y carente de rigurosidad, en eso debemos agradecer a los gringos, que nos enseñaron esa parte rigurosa sobre el quehacer periodístico. Colombia era un país con pocas mujeres periodistas y las que había solo eran tenidas en cuenta para narrar chismes y vanidades. Pero con juicio y midiéndose hombro con hombro ante ese hombre periodista que tomaba todos los días y trabaja poco, María Elvira y otras mujeres más entraron a las salas de redacción, escribieron y contaron historias y demostraron lo importante que es contar desde la voz, la visión y la sensibilidad de una mujer. Cosa que podemos ver en la actualidad con Leila Guerriero, una de las mejores cronistas del continente que tiene la Argentina, en ella hemos aprendido sobre el valor de contar sumergiéndose en el campo, en la historia, en los hechos; los lugares y sus sabores, sonidos y olores, es un trabajo de inmersión que dos décadas atrás, era trabajo para machos.

La crónica como género del periodismo, también como un elemento de la literatura, es una de las herramientas que más han ayudado al hombre para poder contar sus historias, para poder narrar sus sentimientos, para poder expresar sin ficción las cosas que pasan día a día en la cotidianidad. La narración, el arte de contar ha sido el mejor descubrimiento del hombre, aunque también, su condena.

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