Tierra de Cantores

Contra las protestas de Úrsula, que en aquel tiempo había prohibido la música en la casa a causa de los lutos, y que además menospreciaba el acordeón como un instrumento propio de los vagabundos herederos de Francisco el Hombre.

Cien años de Soledad

 

Entre los cultivos del algodón, los ríos y los largos viajes a lomo de mula y a caballo, un grupo de hombres siempre estaban cantando a grito herido y al son de las tamboras y las guitarras los cantos y las noticias de la sabana. Después de la jornada a puro guarapo fermentado y a versos libres, los hombres y mujeres celebraban las cosas de la vida, las penas, los dolores, las tristezas y las alegrías; los amores y los encantos de la serranía.

Todo esto antes que llegara el “maldito acordeón”, el instrumento endiablado que hizo un quiebre en la historia musical de Colombia y en el alma de los caribes. En 1880 algunos indican que fue la fecha en donde llegó el acordeón, otros que antes, en 1820 y así, entre fechas inciertas, nos encontramos entre el invento más importante para nuestro folclor, ahora esos juglares que cantaban en los cultivos de algodón y en los ríos, tenían un compañero melódico que les respondía a sus cantos. Llegó de Alemania, Francia y España, un buque que iba directo a la Argentina lleno de acordeones pero se ancló en la costa y desde ahí, no hubo otro camino que aprender a sacarle merengues, paseo y puyas a la caja de pitos y bajos que se convertiría, en el alma de los cantos heridos de los plebeyos, de los obreros que trabajaban de sol a sol.

Tomada de Alponiente. com

Francisco el hombre el padre de todos los acordeoneros, el juglar de los juglares que una noche enfrentó al diablo, que le cantó el credo al revés y lo espantó. Un mito que trascendió fronteras y lo convirtió en el más grande del canto que viajaba de pueblo en pueblo, trasmitiendo las historias que su acordeón acompañaba como una respuesta a los versos que construía gracias a lo que vivía y escuchaba por ahí. Desde aquí una estirpe nacería con el afán de seguir y mejorar el legado de Francisco el hombre, una generación de compositores y acordeoneros que llevarían el vallenato hasta el rincón más recóndito del planeta. Los juglares que son en sí los herederos de Francisco, encontraron en el canto la forma de soltar sus penas y pesadas esperanzas en un país que reconocería este género casi un siglo después. Alejo Durán, Luis Enrique Martínez, Julio de Ossa, José Antonio Serna, Alfredo Gutiérrez, Calixto Ochoa, Colacho Mendoza, Enrique Díaz, Emilianito Zuleta, Rafael Escalona entre otros. Todo como una dinastía obligada a cantar y a soltar pregones, versos que aliviaran las almas heridas y alegraran corazones en medio de una parranda de guarapo que luego sería de ron y whisky.

La última generación de juglares está a manos de algunos pocos que quedan pregonando en diferentes ciudades y países. Jorge Oñate, Poncho Zuleta, Alfredo Gutiérrez entre otros que aún conservan en su sangre lo poco que queda de Francisco el Hombre. El vallenato por esencia es del pueblo y para el pueblo. Aunque la nueva ola sea la protagonista, el vallenato no es otra cosa que la narración de las historias de un pueblo que busca a través de estos cantos, abrirse paso ante una sociedad tosca y adormecida por los nuevos géneros musicales que como lo ha visto muchas veces el vallenato, han muerto en el umbral antes de cruzar la historia humana.

El propósito del festival vallenato no es otra cosa que la muestra de una lucha por mantener la tradición y el espacio a las nuevas olas de este género. Cincuenta años, cuarenta y nueve reyes y un rey de reyes del acordeón que han sido fórmula musical de grandes cantantes, que han hecho composiciones que se mantienen en nuestras cabezas y que por más que queramos, no podemos deshacernos de ellas. El vallenato es como un bumerán, siempre terminamos volviendo a la raíz, a nuestra raíz, a eso que nos llevó desde los primeros días a reconocer que hay algo grande cada vez que suena un acordeón y hombre frente a un micrófono o a puro grito. Entonces, entona los relatos de los cuales nos hacemos participes y nos reconocemos en ellos como parte de una tradición que cargamos en nuestras espaldas y que no es una carga dolorosa como el narcotráfico, más bien es una carga que nos ha acompañado en lo bueno y en lo malo, en las parrandas y en la soledad de la casa, en la pedida de matrimonio como en el fracaso de un amor. Al vallenato le debemos tanto y nuestra deuda es tan amplia, que cuando pensamos en Francisco el hombre, pensamos en la sangre de una Colombia que se identificó tanto, que su vida dependió muchas veces de un buen verso y una buena respuesta por parte de esa “caja del demonio”.

Los juglares morirán, la nueva ola ¿qué hará? Por ahora y mientras eso se desarrolla, estaremos recordando lo que alguna vez fue el legado de unos campesinos que no solo se reunieron a tomar, sino que inconscientemente, estaban formando una tradición que nos definiría como colombianos o simplemente está muriendo, como ya todos indica, el género urbano mató al vallenato.

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