Reflexiones filosóficas en torno a la existencia y a la muerte 1

Un ensayo sobre una de las cuestiones que más ha atormentado al hombre, que lo ha llevado por diversos caminos intentando resolver lo que para él, es un enigma: la existencia y la muerte. ¿Qué es la existencia? ¿Qué es la muerte? ¿Quiénes somos cuando entendemos la existencia y cuando aceptamos la muerte?  Este ensayo en tres entregas, para que sea más fácil su digestión, para reflexionar al mismo paso que el autor.

 

“¿Cómo se conciben la existencia y la muerte en la filosofía?” Evidentemente el problema necesita ser delimitado, pues sería imposible asir el problema acudiendo a toda la tradición filosófica. En primer lugar, por el espacio del que dispongo aquí para abordarlo y, en segundo lugar, porque si acudiéramos a la tradición mística de Plotino obtendríamos una respuesta diferente a que si lo abordáramos desde la filosofía de Séneca o de Epicuro y, ni qué decir si acudiéramos al existencialismo de Kierkegaard del siglo XIX, o al de su receptor en España Miguel de Unamuno; y lo mismo podemos asegurar si nos basamos en la fenomenología poética de María Zambrano o en los diversos existencialismos, ateos y creyentes del siglo XX, entre ellos, el de Sartre o el de Gabriel Marcel.

Hechas las anteriores precisiones, mi opción será abordar el problema, no centrándome en una corriente filosófica en especial, sino exponiendo el problema acudiendo a distintos pensadores de la historia de la filosofía, pensadores significativos que se hayan ocupado de la cuestión. En este sentido, no seguiré única ni exclusivamente una de esas tradiciones. Así las cosas, el problema general es: “¿cómo se conciben la existencia y la muerte en la filosofía?” Esto nos lleva a subdividir la cuestión. Es necesario preguntarse, en primer lugar, sobre la relación entre el hecho biológico de la vida, del vivir, con la existencia y preguntarse por el momento– en el individuo y en las corrientes filosóficas- en que la existencia es elevada a “problema”. En un segundo momento, acudiendo a algunos autores, mostrar qué significa el hecho mismo de la existencia, que implica para el hombre la existencia en general. Una vez atendidos estos dos puntos, aludiré, en un tercer momento, al problema de la existencia y su relación intrínseca con la muerte, con pensar la muerte como posibilidad irrebasable y como cierre de toda posibilidad.

I

Si bien hoy se problematiza la evolución y, en general, los descubrimientos de la ciencia natural de los últimos dos siglos, es cierto que se acepta que el hombre emergió, en algún momento, en el borde de la zoología. En este sentido, desde el Big-Bang, la formación del universo, nuestra galaxia, la formación de la naturaleza y sus diferentes formas de vida, hasta el hombre, hay un largo trayecto que puede considerarse jalonado por esa evolución. Desde El origen de las especies y El origen del hombre de Darwin, pues, aceptamos nuestra venida al mundo, y nos aceptamos como hijos de la naturaleza, de los monos. Ya podemos hablar aquí de la “existencia” del hombre. Pero aquí la existencia es ya una mera cuestión de hecho, es un dato, algo puramente objetivo. Es un punto de partida necesario para lo que estamos desarrollando aquí, pero no es suficiente. Es necesario aludir a otra cuestión.

En el nivel ontogenético, entendido como el desarrollo personal desde la infancia hasta cuando el individuo es consciente como miembro de una sociedad, tal como se entiende en psicoanálisis[1], el hecho de la existencia cobra otro sentido. Es claro que el hecho biológico de nacer en sí mismo implica “venir al mundo”. Pero este “hecho” es también un mero dato objetivo, es simplemente “existir”, estar vivo. Es necesario un proceso para llegar a tener conciencia de que se está vivo, de que soy un proyecto, de que soy posibilidades, etc., para lo cual es necesario, por ejemplo, pasar por el complejo de Edipo, superar el narcisismo infantil donde no hay diferencia entre yo y el mundo, donde el mundo es una proyección mía o, mejor, yo soy el mundo. Sin  embargo, de acuerdo con Freud, justo entre los tres y los cinco años, donde la sexualidad del niño es autoerótica, aparece lo que él llama “instinto de saber”[2].  Es decir, la curiosidad del niño y esto implica también haber pasado ya por lo que Lacan llama “el estadio del espejo”, esto es, que el niño logre su reconocimiento. Aquí la existencia del niño es algo más que un mero existir; es, el inicio de sus indagaciones. Dice Freud que son: “intereses prácticos, y no sólo teóricos, son los que ponen en marcha en el niño la obra de la actividad investigadora”[3]. El niño es, entonces, el producto de sus procesos infantiles y de su posición en el complejo de Edipo, más lo que empieza a preguntar, investigar, una vez surgido su “instinto de saber”.

Durante todo este periodo infantil ha venido actuando el super-yo, que no es más que todo el proceso de formación de la conciencia del niño. Y la conciencia un producto social como pensaba Marx o, como decía Nietzsche: “la fe y la autoridad son la fuente de la conciencia; ésta no es, pues, la voz de Dios en el pecho del hombre, sino la voz de algunos hombres en el hombre”[4]. Es la forma como adquiere valores, reglas, normas, comportamientos sociales, en síntesis, su aprendizaje. Aprendizaje y formación que él sólo podrá cuestionar en la adolescencia. Es en esta etapa donde hay plena conciencia de lo que significa existir. Ya no se está ahí, como dato, sino que el mismo proceso de la ontogénesis ha llevado a problematizar el mundo, las cosas, la existencia misma. Es cuando se aprende a padecer los problemas, tomárselos en serio y cuando la existencia misma puede ser una carga. De ahí los suicidios que en el mundo de hoy aumenta en la gente joven.

Sobre el hecho de la existencia, esa vuelta de la conciencia sobre lo que significa el peso de la vida y de la muerte – antes sólo se cuenta con el instinto de auto-conservación que es menor en esta etapa en el hombre que en el animal- sólo se es consciente después de superada la etapa infantil. Es aquí cuando empiezan las preguntas fundamentales. Ese hecho, esa experiencia de sí, esas preguntas fundamentales de la vida, de mis proyectos, etc., fue lo que el existencialismo tematizó  y problematizó. También hay que decir, que como corriente filosófica, el surgimiento del existencialismo en el siglo XX tiene que ver, no sólo por la pregunta por la existencia sin más, sino de la del hombre en general. Y eso se debió al estado psicológico que produjo sobre los hombres del siglo XX lo que Erich Hobsbawn llamó la “era de las catástrofes”[5]. Fue también lo que llevó a Adorno y a Horkheimer a expresar: “No es posible deshacerse del terror y conservar la civilización”[6]. Lo anterior no implica desconocer que casi todos los filósofos se han preocupado por el problema de su vida y de su muerte, ni que en estricto sentido la existencia como problema surgió de la “congoja religiosa” de Kierkegaard, expuesta, por ejemplo, en El concepto de angustia de 1844, seguida por los delirios de inmortalidad de Miguel de Unamuno en Del sentimiento trágico de la vida de 1912. Sin embargo el movimiento existencialista, como ismo, fue perfectamente reconocido en los años 40 del siglo XX. Fe de eso da el título del ensayo de Sartre: El existencialismo es un humanismo de 1948.

En conclusión, no es lo mismo “estar vivo” o “venir a la vida”, por ejemplo el niño, que ser consciente de estarlo y de lo que esto implica. Cuando soy consciente del “problema que implica estar vivo”, “del problema que es mi vida para mí o del problema que es la vida para los otros”, ya la existencia misma ha aparecido como cuestión. De eso se ocupó, pues, el existencialismo como corriente filosófica.

[1]  Marcuse, Herbert,  Eros y civilización, Barcelona, Seix Barral, S.A., 1969, p. 37 y ss.

[2] Freud, Sigmund, Tres ensayos sobre sexualidad, Madrid, Sarpe, 1985, p. 80.

[3] Ibíd., p. 81.

[4] Nietzsche, F., El viajero y su sombra, Barcelona, Edicomunicación, S.A., 1994, p. 51.

[5] Hobsbawn, Eric, Historia del siglo XX, Barcelona, Editorial Crítica, 2006.

[6] Adorno, T. y Horkheimer, M. Dialéctica de la Ilustración, Madrid, Trotta, 2009, p. 259.

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