Reflexiones filosóficas entorno a la existencia y la muerte 3

III

La conciencia de sí,  el conocimiento de que tenemos nuestra vida a cargo, implica también la conciencia de la muerte. Puede que la mayor parte de la vida, el individuo no esté pensando en la muerte, pero lo cierto es que ella está ahí. Es parte de la existencia, es, como dice Heidegger, “en un sentido latísimo […] un fenómeno de la vida”[1].  Fue Heidegger el que le dio a la muerte, en su analítica existencial, un papel fundamental que a menudo es mal interpretado. Que el hombre sea un “ser para la muerte”, quiere decir en Heidegger que la muerte es “la posibilidad irrebasable”, es la “posibilidad del no poder existir más”[2].  Ya se dijo que la existencia implica la apertura, las posibilidades. Y si el hombre piensa en las posibilidades también debe pensar en la imposibilidad de toda posibilidad que es la muerte. Con la muerte se clausura la vida, se clausura toda posibilidad de ser, de hacernos más. La muerte es, en este sentido, la mayor realización, la muerte es la vida completada al fin; es el regreso, para algunos místicos, a la unidad. La muerte en el tratamiento que Heidegger le da hace patente la existencia misma, la facticidad. La conciencia de la muerte lleva también a la responsabilidad; puede ser un motor, un empuje para que el hombre sea responsable, para que termine sus obras, para que emprenda otras. Pero también puede ser fuente de irresponsabilidad, del nihilismo frente a la vida, de la imposición de la desesperanza y la resignación.

En Ser y tiempo Heidegger nos dice: “en cuanto arrojado estar-en-el-mundo, el Dasein ya está siempre entregado a su muerte”[3]. Esto quiere decir, como se dice coloquialmente, que nacer es empezar a morir. En realidad a medida que emergemos al tiempo, éste nos empieza a reclamar también. La vida es tiempo, para otros se da en el tiempo, pero lo cierto es que la muerte es un fenómeno co-originario de la vida. Dice Séneca: “No caemos de repente en el poder de la muerte, sino que vamos a ella poco a poco: morimos todos los días, porque todos los días perdemos parte de nuestra vida, que también disminuye cuando crecemos. […] este mismo día en que nos encontramos está dividido entre la vida y la muerte”[4]. Por eso Séneca recomendaba regocijar la vida “desechando el temor de que hay que perderla”.

En este sentido, podemos decir que la vida es sólo una tregua que nos da la muerte, una tregua donde podemos desarrollar nuestros sueños, nuestras esperanzas y nuestras ilusiones. Y eso es lo terrible. El hombre se empeña y pone el corazón en todo lo que hace, va dejando en sus obras sedimentos de su vida. Y por eso le teme al morir, a sus formas; le teme a la posibilidad de desaparecer sin dejar huella, de no poder volver a ver a sus familiares, a sus amigos, a todo aquello que ama; teme  no poder contemplar para siempre lo que ha hecho, lo que ha invertido en ello. De ahí la preocupación por la muerte, la preocupación por ella. Ese problema ha llevado a la invención de muchos escapes, entre ellos, al problema de la inmortalidad, no sólo del alma, sino de los cuerpos. Y ahí tenemos a uno de los pensadores que dejó sus propios delirios en sus obras preguntándose por la inmortalidad de su alma. Don Miguel de Unamuno es el ejemplo de la exasperación ante la muerte, del “sentimiento trágico de la vida”: “yo necesito la inmortalidad de mi alma, la persistencia indefinida de mi inmortalidad individual, la necesito; sin ella, sin la fe en ella, no puedo vivir, y la duda, la incertidumbre de haber de lograrla, me atormenta”[5].  Es importante incluir a Unamuno aquí. Él es en verdad un existencialista, tal como ya lo advirtieron los filósofos españoles- tan poco leídos entre nosotros debido a la hispanofobia que crearon ciertos filósofos normalizadores, que con su actitud normalizaban, normalizaron mutiladamente nuestra proceso filosófico- María Zambrano y Ramón Xirau. Este último afirmó (sin nacionalismo filosófico) que: “Mucho antes que Gabriel Marcel  o que Sartre, Unamuno utilizó la novela y el teatro para exponer sus ideas filosóficas. Y así, del mismo modo que La Náusea o Huis-clos son indispensables para entender la filosofía misma de Sartre; Niebla, Amor y pedagogía, El otro lo son para entender el pensamiento de Unamuno”[6].  

Otros pensadores no han malgastado su vida pensando en la muerte. Epicuro fue uno de ellos. De hecho, para él,  pensar en la muerte es una de las causas de la infelicidad de los hombres, junto con el temor a los dioses, al dolor y las ideas falsas sobre lo que significa el bien. Epicuro pensaba que la muerte no significaba nada porque se daba cuando ya no existía la sensación, de tal manera que cuando ella se daba, ya no éramos, por eso decía: “la recta convicción de que la muerte no es nada para nosotros nos hace agradable la mortalidad de la vida, no porque le añada un tiempo indefinido, sino porque nos priva de un afán desmesurado de inmortalidad”[7].

Pensar la existencia, implica necesariamente pensar la muerte que es su polo opuesto, la inexistencia y, por lo mismo, la nulidad de toda posibilidad, de todo ser más en el mundo. Ese es el sentido principal que los analistas de la existencia le han dado a la muerte. Finalmente, hay que decir que frente a la muerte, cuando tomamos conciencia de que es cooriginaria con la vida, no queda otra opción que aceptarla. Por eso si nacer es empezar a morir, si la vida es una tregua; si “la vida es una enfermedad que con el tiempo se remedia”[8] y si está tan segura de vencernos que nos da toda la vida de ventaja, como dice el anónimo; si no somos más que vivos cadáveres andantes o, como decía Oscar Wilde “el mundo es un camposanto, y cada uno de nosotros, como un ataúd, lleva dentro de sí un esqueleto”[9], no queda otra opción que aceptarla como un hecho natural y vivir placenteramente siendo indiferentes a su presencia. Al fin y al cabo, somos un pedazo de cosmos, que al final, retornará a la naturaleza, para proseguir un ciclo dentro de la vida. Y una vez muertos: ¿cómo preguntarnos por el destino de nuestra alma?

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________________________

[1] Heidegger, Ser y tiempo, Op. Cit., p. 267.

[2] Ibíd., p. 271.

[3] Ibíd., p. 279.

[4] Séneca, “Cartas a Lucilio”, Epistola XXIV, textos escogidos en: Zambrano/Séneca, Madrid, Siruela, 1994, p. 224.

[5] Unamuno, Miguel de, Don Quijo, Bolívar y otros ensayos, Colección Fondo 2000, México, Fondo de Cultura Económica, 1999, p. 37.

[6] Xirau, Ramón, Introducción a la historia de la filosofía, México, UNAM, 2011, p. 447.

[7] Epicuro, Obras, Madrid, Tecnos, 2008, p. 59.

[8] Zambrano María, Filosofía y poesía, México, Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 31.  

[9] Wilde, Oscar, Aforismos y paradojas, Bogotá, Villegas Editores, 2002, p. 49.  

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