Freud y el fútbol: una lectura impopular

Es difícil escribir cosas impopulares contra algo tan popular como el fútbol. Lo cierto es que me atreveré a hacerlo sin callarme nada de lo que pienso sobre tan  apreciado juego deportivo.

En primer lugar, nunca he comprendido esos delirios de euforia que siente la gente cuando en la cancha hay una jugada más o menos buena. Es un sentimiento  o una expresión muy cercana a la locura; en ese momento, según el psicoanálisis, se produciría una especie de pérdida de la noción de la realidad. El momento de éxtasis obnubila el raciocinio; la emoción se apodera del cerebro y la reflexión se anula.

En el fútbol sólo existe un río de energía libidinal enfocada en el gol o en la jugada. Es una exaltación tan desproporcionada que puede causar un infarto. Yo particularmente he presenciado algunos accidentes relacionados con estas desenfrenadas emociones: en Ibagué (Tolima) un señor ingirió su caja de dientes  al gritar ¡gooooool! cuando el Deportivo Tolima le hizo un gol al otro equipo.

Pero tratemos el asunto con seriedad académica: para entender las emociones provocadas por el fútbol es necesario tener en cuenta que se trata de un juego colectivo. También es colectiva la fanaticada del fútbol. Por esto quiero hacer alusión aquí a la caracterización de esas multitudes que hizo Gustavo Le Bon y que son tratadas por Sigmund Freud en su libro “Psicología de las masas y análisis del yo.” Le Bon sostuvo que por diferentes que fueran los individuos, sus ocupaciones, sus caracteres, cuando se agrupaban en alguna multitud adquirían un alma colectiva. “Esta alma les hace sentir, pensar y obrar por una manera por completo distinta de como sentiría, pensaría y obraría cada uno de ellos aisladamente”.

Le Bon, caracterizando tal alma colectiva, arguye, en primer lugar, que el individuo cuando se integra a una multitud adquiere, gracias al simple hecho del número, un sentimiento de potencia invencible; en segundo lugar, en las multitudes se produce un contagio mental: “Dentro de una multitud, todo sentimiento y todo acto  son contagiosos, hasta el punto que el individuo sacrifica muy fácilmente  su interés personal al interés colectivo; un tercer aspecto hace referencia a que los individuos cuando están dentro de las multitudes se sugestionan. La sugestión es una característica básica de las masas. Ello explica por qué según Freud, “el individuo sumido algún tiempo en el seno de una multitud  activa  cae pronto, a consecuencia de los efluvios que de la misma emanan o por cualquier otra causa, aún ignorada, en un estado particular, muy semejante al estado de fascinación del hipnotizado, entre las manos de su hipnotizador.”  La consecuencia de esto es que la personalidad consciente cede, “la voluntad y el discernimiento quedan abolidos.” Entonces, el individuo volcado hacia una multitud parece no tener conciencia de sus actos. El problema ahora es que el ímpetu de una sugestión lanzará al individuo a realizar y ejecutar ciertos actos.

Le Bon, concluyendo, afirma: “Así, pues, la desaparición de la personalidad consciente, el predominio de la personalidad inconsciente, la orientación de los sentimientos y de las ideas en igual sentido, por sugestión y contagio, y la tendencia a transformar inmediatamente en actos las ideas sugeridas, son los principales caracteres del  individuo integrado en una multitud. Perdidos todos sus rasgos personales, pasa a convertirse en un autómata sin voluntad.” En ésta conclusión está el meollo para entender la actuación del equipo de fútbol, el comportamiento de los seguidores de tal equipo, así como los actos de las denominadas barras bravas.

El Equipo de fútbol, como su nombre lo indica, actúa colectivamente. Ese actuar colectivo implica dejar la individualidad y actuar en comunidad. La individualidad creadora sólo tiene manifestación en los jugadores excepcionales cuando realizan alguna “jugada” fantástica bien elaborada. Asimismo, es el número, once jugadores, de los que depende el poder del conjunto; ese número los hace sentir más fuertes y por ello realizan los mejores esfuerzos para alcanzar el objetivo común: el gol o la derrota del equipo contrario. No hay duda que si bien en las multitudes aflora, especialmente el inconsciente, en el equipo como tal hay más presencia de racionalidad consciente que en la fanaticada y en esas asociaciones llamadas “Barras Bravas.” Esto es así porque el juego en equipo requiere estrategia, planificación, etc., sin lo cual no funcionaría bien el juego.

Pero es en los espectadores fanáticos donde todas las características de las multitudes enunciadas afloran en todo su esplendor. Los fanáticos, en primer lugar, se contagian y sugestionan por un mismo sentimiento, por una misma pasión: el juego mismo.  Actúan como robots hipnotizados, pues las reacciones y los comportamientos son los mismos. En ese momento han perdido sus rasgos individuales,  porque su atención está en el juego; aquí hay disminución de la capacidad reflexiva, impera la inmediatez, lo esporádico, la reacción incontrolada. También está presente en cada individuo esa sensación de fortaleza y omnipotencia invencible. No hay duda que en un partido de fútbol los seguidores de los equipos se sienten más fuertes al estar apoyados por todos sus compañeros, por todos los hinchas del conjunto. Esto no tendría ningún problema sino estuviera asociado con la violencia.

La multitud, gracias a las características descritas, tiene una propensión a actuar violentamente. Esto es lo que sucede en los estadios. Cuando un hincha del equipo contrario arremete contra un miembro de mi equipo, o un fanático de mi equipo o dice algo contra el equipo mismo, la ofensa se siente como algo colectivo. En estos momentos la solidaridad insconsciente y violenta de toda la hinchada reacciona contra el agresor, pues se ha atentado contra lo que Freud llamó los “lazos libidinales” que unen a las masas. Pero son esos mismos lazos libidinales los que dirigen y potencian las reacciones de los dos bandos en contienda. Aquí la reacción explota en actos violentos, irreflexivos, tal como lo explican Le Bon y Freud.  Ese actuar es un actuar inmediato, que convierte las pasiones en acciones agresivas. Por eso este tipo de comportamiento, es un comportamiento primario.

Y cuando digo primario lo estoy diciendo desde el psicoanálisis. Lo primario es el inconsciente; lo secundario, según Freud, es la memoria, la reflexión, el discernimiento, la racionalidad, el principio de realidad. En la estructura primaria del individuo está lo más arcaico del hombre, pero especialmente, lo que podríamos llamar, lo más animal. De ahí que cuando se presentan esas desagradables trifulcas en los estadios o en las salidas de él, podamos decir, sin temor a equivocarnos, que lo que está en escena no es más que lo más animal del hombre. En realidad estas Barras actúan como manada. Son unos salvajes que en grupos de 20 o 30 pueden asesinar a puntapiés a un solo individuo. También en grupos, al sentirse poderosos, pueden arremeter contra otra Barra Brava, es ahí cuando parecen manadas de lobos, hienas o leones defendiendo lo suyo.

Quiero decir, que estos comportamientos no son muy diferentes a los que se han presentado en la historia con los fanáticos religiosos o los defensores de ideas políticas, quienes según, el intelectual colombiano Darío Botero, “han derramado más sangre a través de la historia que cualquier otra causa.” Basta mirar la historia para comprobar la animalidad de las actuaciones de las multitudes religiosas o las multitudes políticas. Los ejemplos más cercanos a nosotros son la Iglesia Católica y Los partidos Políticos en Colombia, los cuales nos ofrecieron un verdadero festín de Sangre en la época de la Violencia.

Por otro lado, Le Bon sostiene que en las multitudes se disminuye la capacidad intelectual del individuo, se regresa al comportamiento de los niños y los primitivos. Esto es así porque el que actúa preponderantemente es el inconsciente.  Y no hay nada más primitivo e incivilizado que dos fanaticadas del fútbol dándose coces, puños y acullilleándose. Por eso las fanaticadas violentas no son más que masas impulsivas. En estas multitudes, incluso, según Le Bon, desaparece el sentido de autoconservación, por eso es que las manadas arriesgan la vida por su pasión, pasión que no es otra cosa que un ideal que absorbe la potencialidad individual.

Hay, si hacemos una lectura desde el Psicoanálsis, un alto e inevitable componente de violencia en el fútbol, pero también hay lazos de amor entre los miembros del grupo, pero como todo amor, es excluyente, y no admite a otros. Freud dice que esto es lo que sucede con las religiones, en ellas hay amor por un jefe, líder, Dios, es el amor vertical, pero también hay amor entre los hermanos, es el amor horizontal. El problema es que cada religión es dogmática, cree tener la verdad absoluta, etc., y por eso es intolerante con las demás. De este pequeño asunto han resultados las más cruentas guerras religiosas  y la historia ha sido testigo de una de las más grandes carnicerías: la Noche de San Bartolomé en el siglo XVI en Francia. Las cosas entre las Barras Bravas del fútbol no son tan diferentes, pues en ellas la lógica de estas multitudes es igual a la del fanático.

Son múltiples las objeciones que se me podrían hacer, por ejemplo, sacando a flote el sentido de unión, la alegría, el entusiasmo; el sentido de unidad nacional que el fútbol crea, etc., O que hay otros deportes colectivos donde las cosas son iguales o diferentes, etc., etc., etc. Puede que todo esto sea cierto, pero lo único que he tratado de hacer aquí acercarme a una “psicología de la masa” en el futbol, para mostrar algunos componentes de irracionalidad, pérdida de la realidad  y automatismo que se presenta en este deporte, debidos principalmente al sentimiento gregario, de rebaño, que opera en parte de sus manifestaciones.

 

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