Amor, motel y amistad [relato]

No era la primera vez que caminaba en la madrugada por las calles de Bogotá. De hecho, Chapinero siempre ha sido ese lugar mágico por el cual he transitado infinidad de veces en muchos horarios y en diferentes estados anímicos y fisiológicos. Esta vez no iba solo, y Bogotá en lo que respecta a la zona de chapinero, estaba fuera de control.

 

No alcancé a decirle: “Vamos nena”, cuando las luces se encendieron en la discoteca. Rayos, ver tantas caras rojas, el sudor deslizándose por la cara y las ropas pegadas al cuerpo después de treinta minutos de reggaetón y champeta corridos en donde los más habilidosos, soportaron la maratónica exigencia de un Dj que jamás habló por micrófono. Antes de salir de la discoteca, visualicé a lo lejos universitarias que luchaban con el deseo desaforado de querer vomitar, sentadas en el piso y en las sillas de unas mesas improvisadas, mantenían la cabeza agachada mirando el piso mientras las piernas abiertas, sostienen los brazos y el cuerpo cansado. Los baños se llenaron y la salida aún permanecía despejada, no querían irse y nosotros, emprendimos camino por las calles desoladas de un domingo.

Ningún taxi se detuvo, quería terminar de pasar la madrugada con mi novia y aunque el lugar estaba a doce cuadras, no fue un acto voluntario caminar hasta allá. Con lo primero que nos encontramos fue con un grupo de habitantes de la calle, algunos de ellos con bolsas de bóxer que inhalaban despacio, mirando a la nada y nosotros, que somos de barrio popular, no dejó de sobresaltarnos la escena de hombres condenados por la droga, de olores repugnantes de orines y mierda, un poco de sudor y de calle, asfalto, freno, caucho. Las calles bien alumbradas y los carros que pasan a gran velocidad por la calle 13, un bus de antaño, de esos que tienen radio y la palanca de cambios está forrada por un terciopelo con cara de perro. El bus iba lleno y pareciera una ruta fantasma, un bus fantasma que me recordó los años en que esos buses con la guerra del centavo, robaban pasajeros que hasta colgados, viajaban con el miedo incesante de perder la vida mientras terminaban un rosario de bolsillo.

Son las 3:20 de la mañana y la gente camina por las calles, homosexuales, lesbianas y travestis, todos en estado de embriaguez se quedan para hablar de todo y de nada, una mujer con cigarrillos y chicles venden sin cesar a las almas sueltas de la madrugada capitalina. Una mujer es sostenida por dos hombres, insulta con fuerza a tres travestis afrodescendientes que de lejos, a paso lento, devuelven los insultos. Sus traseros prominentes quizás por la silicona excesiva que amenaza con reventarse y regarse por esas piernas largas y forradas en medias de malla. Bogotá huele a peligro, un viento fuerte que nos hace crujir los dientes, nos golpea con fuerza y no entendemos cómo aquellas mujeres de faldas cortas y camisas de tirantas, pueden andar por ahí y ponerle el pecho al viento desgarrador del norte. Seguimos sin mirar atrás hasta que un grito rompe nuestros nerviosismos excesivo: “¡Déjeme en paz, coma mierda!”. Un gancho derecho se ajusta en la nariz de un hombre. Pierde la postura y cae sobre el asfalto frío y sucio de la calle 13 con 62. El otro boxeador intenta parar un taxi y sin resultado, emprende la huida ante la amenaza del hombre que con esfuerzo, logra levantarse del piso. Miramos de lejos, seguimos caminando y el frío no deja de dominar estas calles que se llenan de gente que espera un bus, otros esperan taxi y otros simplemente fuman mientras ven pasar el crepúsculo reflejado en las ventanas y rejas de los locales de ropa, comida y corbatas.

Mierda que ciudad tan jodida. Llegamos a la cuadra de los moteles, las parejas caminan de arriba hacia abajo, todos buscando una habitación a buen  precio, nadie quiere jacuzzi ni sauna, o de pronto sí, pero 260.000 pesos es el abuso de los dueños de estos lugares justificándose en las fechas especiales de amor y amistad. La gente sólo quiere una buena noche de sexo y dormir hasta que el sol golpee la ventana, o el celular suene.

No es fácil conseguir una habitación, un hombre no mayor de 27 años camina con una mujer de 24 y otra que a simple vista, parecía de quince. “Está muy niña para andar por acá”. Dije en voz baja mientras mirábamos en qué lugar podíamos entrar y que fuera accesible al dinero que llevaba en mi billetera. El trio entró a un motel, supe que no era tan niña como pensaba, estaban desesperados buscando una habitación, como el resto de las diez o más parejas que estábamos andando de arriba para abajo. Vi la cara del joven, entre confundido y feliz, seguía a las mujeres sin decir nada, era una linda faena, el sueño de algunos hombres, a él se le estaba a punto de cumplir.

Otra mujer, esta vez afrodescendiente con otra de gorra plana. En la misma misión que todos nosotros, no perdieron tiempo y tomaron un taxi a un lugar desconocido, pero exacto para acabar las ganas que se traían. “que nochecita” dije en voz baja. Mierda que ciudad tan jodida. Una última oportunidad, un jalador-tipo que invita a las parejas a entrar al lugar-, se concentraba en un sus audífonos hasta que rompimos su calma con la pregunta: ¿Hay habitaciones disponibles? El sujeto nos miró y llamó por el radio a recepción. –sí, hay una habitación sencilla. El alma vuelve al cuerpo y el frío ya se va yendo sin que nos demos cuenta, simplemente lo seguimos por un parqueadero desocupado, entramos a la recepción y una mujer daba como cortesía un trago de ron y otro de aguardiente. No tomamos porque un hombre de vestido formal, tomaba sin parar al lado de una mujer alta y de cuerpo escultural. En la recepción, con el datafono listo, una mujer de unos cincuenta años, registra la clave para cancelar la habitación y la tercera persona que la acompaña a ella y a un hombre de sesenta o quizá un poco menos de edad. Otro trio y era el segundo que veía en la noche.

El lugar estaba lleno, lo supe por el correr constante de las personas encargadas de entregar la habitación. Pasaron algunas horas, tal vez dos o tres, entre el sueño un llanto me despertó del mal dormir en el que me negaba despertarme, una mujer lloraba a lo lejos, hablaba de abusos y de traición. Un hombre sube hasta la habitación, es muy cerca a la nuestra, golpea una, dos y tres veces, un hombre atiende, dice que todo está bien y la que llora, está loca. “Es una loca”. Todo se calma, pronto vuelve el llanto de la mujer, un toque en la puerta, dos toques, tres toques, el hombre que parece un policía por la voz de autoridad, pide que abran la habitación, esta vez la voz es de una mujer. “No pasa nada, todo está bien”. El llanto sigue, mierda otro trio.

Otro golpe a la puerta, el hombre atiende, no entiende qué es lo que pasa, la mujer sigue llorando. “Usted debe hacerse cargo de la mujer, vinieron en grupo, es su responsabilidad”. Dice la autoridad. “No, la vieja está loca”. Sentencia el hombre que imagino sin camiseta y en pantalón, sin zapatos atendiendo a las autoridades. “Si quiere lléveme a la estación, pero devuélvame el celular”. Vuelve a decir el hombre que sigo imaginando en el umbral de la puerta. Silencio puro, he dormido, me he quedado dormido y no sé cuánto tiempo ha pasado. ¿Será que el hombre fue arrestado? ¿Quién era la mujer que lloraba? Pienso un poco en el escándalo, otra mujer grita, son las 7:00 am, llora a lo lejos, es otro piso, el hombre le grita puta, me vuelvo a dormir y entre sueños, pienso en Chaparro y en Pink Tomate y digo: Mierda que cosa tan jodida…

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