¡Cómo han cambiado las cosas! [Cuento]

Nos encanta presentar este tipo de textos. No sólo contamos con José Alejandro y sus maravillosos microcuentos, sino que ahora nuestro colaborador Andrés Gónzalez se lanza con este cuento corto que recomendamos sin lugar a dudas.

El anfitrión es el abogado Marcos Piedrahita, uno de esos abogados como todos en Bogotá por estos días. Tiene el mismo traje de paño que le he visto en las últimas cuatro fiestas; el sombrero negro que con el uso se está tornando gris y zapatos viejos que aunque arrugados, brillan como si fueran nuevos. Su bigote es del mismo tono de su cabello, es una mezcla entre blanco y gris que a simple vista demuestra experiencia, mas no vejez. Es curioso que luzca triste y esté invitando a una fiesta. Quizá quiere dejar atrás su intento de suicidio ocurrido el mes pasado a causa de la muerte de Gaitán. Hace ya un año de su muerte y Marcos no ha logrado superarlo o por lo menos, no hasta el sol de hoy. No todos aquí son abogados y médicos como es normal dentro de los amigos de Marcos. El jardinero se coló a la fiesta por la puerta trasera junto con el cura del barrio. Ambos vienen a ahogar las penas con alcohol por la muerte del gato del cura, ya hace cuatro años.

Marcos contrató unos músicos para dar ambiente a la fiesta, cuatro hombres muy elegantes tocan “Como se adora al sol”, la nueva canción de los cuyos mientras tres parejas, en el centro del salón bailan al compás de un FA mayor.

Al entrar me asignan la mesa número siete, junto a la ventana. Allí está el doctor Miranda y su nueva prometida, la que causó el escándalo de la separación con su ex esposa. Unos minutos después, en la misma mesa la señora Rodríguez, “la roba cubiertos del barrio” se sienta a mi lado y me sonríe como diciendo: “¿Vino a lo mismo que yo?” Lamentablemente sí, también estoy esperando  que sirvan la comida.

Ya avanzada la charla me doy cuenta de que todo se ve diferente, los músicos no están y en su lugar suena un disco negro con una aguja encima. Las mujeres tienen un peinado que cubre su frente y el lugar es extrañamente más alegre. Salgo a fumar un cigarrillo y los autos no son los mismos -incluso el que me trajo a la fiesta-, el mundo no es más 1949, todo ha cambiado mientras se alzaron las copas.

Al regresar, el doctor Miranda y su prometida no están, al parecer llevan buen tiempo en el baño y hay una larga fila para entrar. Invito a bailar a Martha lo único que sé, merengue. Pastor López es lo último por estos días y toda la reunión se levanta para por fin “prender la fiesta”. En mitad de la canción justo cuando la cosa se ponía buena, Marcos decidió dar unas palabras de agradecimiento. Eso mató la fiesta. Preferí salir por otro cigarrillo y dejar al abogado con su retahíla. El tipo que me vendió el cigarrillo era, en definitiva, el más extraño que he visto en mi vida. Tenía una camiseta de flores manga corta, pantalones anchos al final y el cabello seco, largo, sucio y enredado. Se subió en una camioneta larga, pero pequeña. Estaba llena de un símbolo circular con una “Y” y por medio en por todas partes, y luego me dijo al sacar la cabeza por la ventana: “Peace and love my little brother”. Extrañamente había muchas camionetas iguales en la calle en ese momento. Creo que el tipo era tan famoso que toda la ciudad copió su estilo. ¡Cómo han cambiado las cosas!

El cura se está gozando esta fiesta como nadie, la verdad es que luce como el tipo del cigarrillo… Tiene afro, una camisa de rayas verdes y unas escandalosas sandalias amarillas. Peace and love my little brother.

El jardinero está demasiado ebrio para darse cuenta de que está besando al doctor Miranda y no a la chica de la barra. ¡Qué despelote! Luego de unos minutos se va la luz, son sólo unos pocos segundos, segundos que bastaron para que todo cambiara de nuevo y esta vez más loco que nunca. El camarero entra con las mangas de una camisa azul en medio de la bandeja, ¿Qué imbécil le arranca las mangas a la camisa?

I want to break free. La chica de la barra es demasiado extraña, sirve el trago con las piernas separadas y la espalda encorvada. Tiene cabello rubio, brazos peludos, bastante maquillaje y unas curvas extrañamente marcadas. Al cura le creció el cabello de un momento a otro. El jardinero usa chaqueta de cuero y botas de punta metálica, sus labios dejaron los del doctor Miranda y ahora bebe en la barra un vodka en las rocas. Trató de coquetearle a la chica de la barra. Consiguió un beso y un papel con su dirección, teléfono, nombre y un beso de labial fucsia. La de la barra se llama Francisco, ¡Los nombres de las mujeres de hoy en día! Marcos fue quien le arranco las mangas de su camisa y las lanzó al mesero, posiblemente para exhibir su brazo viejo y arrugado con el tatuaje de la palabra “Punk” en medio del bíceps. La fiesta huele a alcohol con marihuana. ¡Cómo han cambiado las cosas!

Los invitados no paran de bailar, y al parecer nadie quiere irse de tan extraña fiesta. Han bailado desde rancheras hasta rock y son iguales, pero extrañamente diferentes a como entraron, incluso yo, que saqué a bailar a todas sin tener noción de mover las piernas. La señora Rodríguez me quiere esta noche en su cama, o eso le entendí mientras bailábamos un vallenato. La necesidad tiene cara de perro y la verdad es que ¿Qué hay de malo en hacerlo con una señora de 69 años? Aún no sube al séptimo piso, y todavía, diría el jardinero “aguanta que la taladren”.

Luego de intentar robarle un beso a Martha y una cachetada monumental por el intento, me despido de todos mis colegas y recojo mi abrigo en la entrada del salón. Los carros no son los mismos, los edificios no son los mismos, la ciudad no es la misma y sólo han pasado unas cuantas horas. Al salir veo un gran cartel que dice: “¡Sí a la homosexualidad! ¡Sí al paro de maestros! ¡Sí al ateísmo!” Creo que prefiero no salir a ese nuevo mundo, estoy confundido y muy angustiado, y la verdad es que no dejo de preguntarme: ¿Tardarán mucho en servir la comida?

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