Cerrar el twitter de Uribe, para proteger la vida de sus críticos.

Mi llamado- a riesgo de que me tilden de castrochavista o miembro de las FARC- es a una campaña nacional, para solicitar a la Red Social Twitter que cierre definitivamente la cuenta de Álvaro Uribe Vélez. Esa cuenta debe ser cerrada para proteger la vida de inermes académicos, periodistas o magistrados que no cuentan con decenas de escoltas como él.

En plenos albores de la sociedad de masas a comienzos del siglo XX, con el auge del periódico, la radio y la propaganda en la Alemania pre-nazi, el filósofo Oswald Spengler sentenciaba: “La prensa es hoy un ejército con especialidades cuidadosamente organizadas; los periodistas son los oficiales y los lectores son los soldados”. Hoy bien podríamos decir que “las redes sociales” son un ejército; los políticos populistas sus “oficiales” y sus fanáticos seguidores, sus “soldados”.

Es exactamente lo que hace Álvaro Uribe con el uso de la red social Twitter, donde de manera obsesiva, mal intencionada y perversa, la mayoría de las veces faltando a la verdad, evitando dar razones, acudiendo a la injuria, la calumnia y la criminalización de todo aquél que no piense como él, se despacha contra sus inermes víctimas. Él conoce muy bien su poder mediático, el cual reproduce cualquier contenido suyo con el único fin de aumentar los índices de audiencia (rating); sabe, igualmente, que le basta incitar y modular las pasiones de su numeroso grupo de seguidores, los cuales, como todo fanático, no atienden razones ni argumentos, sino que siguen fiel y ciegamente lo que dice su patrón. Uribe se comporta como el pastor, el patrón, el mandamás, el general y los seguidores y miembros de su partido como las ovejas, el agregado o el soldado. En sus seguidores existe la tendencia al automatismo, al comportamiento mecánico, carente de ideas, pero rebosante de vísceras y de pasiones.  Estas actitudes sumisas refuerzan el carácter autoritario de la personalidad de Uribe. y él lo sabe.  Por ésta razón explota el componente irracional de sus seguidores.

Este matrimonio, o mejor, este trio entre Uribe, las redes sociales y sus fanáticos seguidores han creado un coctel peligroso para la democracia del país. Su proceder es la inoculación del miedo en la sociedad, la explotación del terror psicológico, creando nebulosidades como el castrochavismo. Cabe preguntarse: ¿Es posible que un país como Colombia, con un sistema de clases y un sistema económico super-neoliberal, termine como Venezuela? ¿Es posible que un país donde  no ha habido gobiernos, ni tradición de izquierda, entre otras cosas porque a todos los han asesinado, llegue al poder? ¿Se le olvida a Uribe que el chavismo proviene de las filas militares y no de un partido político desmovilizado o de políticos que le apuestan a la vida sobre las locomotoras? Estos son espejismos que la clase política tradicional como Vargas Lleras, Uribe o Fernando Londoño, usan para amedrentar a un electorado sin cultura política. Lo que las clases privilegiadas colombianas quieren evitar es cualquier posibilidad de remover sus privilegios y atacar su endémica corrupción. Ellos, que han gobernado al país como a su finca y que conciben la política como un botín, se aterrorizan ante cualquier posibilidad de cambio; ellos, a quienes les interesan sus negocios, pero desprecian el medio ambiente, la naturaleza, los páramos, los pobres, la gente de la cual se alimentan como vampiros.

Uribe en las redes sociales usa dos herramientas de la actualidad, ambas nefastas para la democracia. La primera, la psicopolítica para manipular las emociones y los miedos de la gente. Así lo hicieron en la campaña del NO donde usaron la producción serializada de mentiras para confundir a la población y evitar la paz del país. La segunda, la Posverdad, que no es más que simplemente mentira, macartización y tergiversación del mensaje del otro para el propio beneficio.  La posverdad, que ha existido desde la política romana y aún antes,  es una herramienta para la manipulación serializada de las masas con el fin de obtener réditos electorales y políticos.

En la era de la “aldea global” es el espectáculo el que reina, el que se impone, es el gran ejército que a partir de la repetición y la producción serializada de contenidos crea la “verdad” y los “modelos de existencia”. En la aldea global el mundo queda convertido en una fuente de espectáculos para ser visualizados en la cama mientras se ve televisión y se come; o en el sofá mientras se mira el Twitter. Aquí, las redes excitan las subjetividades, modulan los afectos, tientan la atención y los sentidos y celebran su éxito al imponer el contenido de la mentira y el engaño. El mundo bajo su égida queda convertido en un cúmulo de imágenes, de sensaciones y percepciones sobre las cuales los humanos han perdido la capacidad de análisis, un mundo veloz, una “forma vida-frenesí” inasible. Por eso vivimos en una “sociedad teledirigida” donde “el mundo en imágenes que nos ofrece el video-ver desactiva nuestra capacidad de abstracción y, con ella, la capacidad de comprender los problemas y afrontarlos racionalmente”. Así piensa toda esa gente “sin criterio”, que va a votar ciegamente por “el que ponga Uribe”, como si ellos sólo necesitaran creerle al mesías y no pudieran leer, entender y valorar, por sí mismos, un programa político y determinar qué es lo mejor para el país.

El poder mediático de Uribe, cacareado y respaldado siempre por su abnegado séquito, es el que lo autoriza sin escrúpulo alguno a mancillar el nombre de opositores, periodistas, académicos, detractores. Uribe, sin ningún control, ni censura, acusa de violador o terrorista, o  afín al terrorismo a periodistas, profesores de Universidades públicas, magistrados o directivos de ONG´s. Es lo que ha sucedido con Daniel Samper o, más recientemente, con el destacado historiador colombiano Mauricio Archila. Con Alfredo Molano, con los electos magistrados de la JEP. Uribe los señala ante su ejército, su horda de seguidores; los injuria, los criminaliza, los calumnia, poniendo en riesgo sus vidas. Uribe les pone una lápida. Y lo hace sin ninguna responsabilidad, sin ningún argumento…en unos pocos caracteres.

Por eso, mi llamado- a riesgo de que me tilden de castrochavista o miembro de las FARC- es a una campaña nacional, para solicitar a la Red Social Twitter que cierre definitivamente la cuenta de Álvaro Uribe Vélez. Esa cuenta debe ser cerrada para proteger la vida de inermes académicos, periodistas o magistrados que no cuentan con decenas de escoltas como él. Esa cuenta se debe cancelar para que Uribe no promueva el exterminio de los recién movilizados, ni el asesinato de líderes sociales o profesores universitarios. Es una medida preventiva en medio de un país tan polarizado.

No es posible que Uribe y los suyos se excusen y escuden en la libertad de expresión para poner en peligro la vida de los conciudadanos colombianos que queremos la paz y un país diferente. La libertad de prensa y de expresión se debe proteger, pero con altura, con ideas, con argumentos, con profundidad y rigor, con fundamento y, si se requiere, con pruebas. No con señalamientos o aprovechando el poder de una imagen o, el hecho de ser, un ídolo de masas para condenar a diestra y siniestra.

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