El día que conocí a García Márquez

Un año después tomé la responsabilidad de leer Cien años de soledad, lo hice con la convicción de que era hora de ponerle la cara a una obra que me estaba esperando y sin mucho afán, la leí concluyendo con gran precisión: de que si mi vida iba estar rodeada de libros, que sean en primera fila los de Gabo.

En la conmemoración de los 50 años de la publicación de Cien años de soledad, se vuelve a revivir las famosas anécdotas que narran los momentos incómodos, brillantes y desoladores que el escritor de Aracataca vivió en México con dos hijos abordo y una esposa que sin pensarlo dos veces, se echó al hombro las responsabilidades del hogar. Yo que soy un amante de este tipo de historias, hay unas que repito sin cansarme, porque no deja de deslumbrarme como el gran Gabo navegó por aguas turbulentas para construir su gran obra.

Esta vez no quiero contar más historias, quiero hablar de mi experiencia al conocer  a García Márquez, cómo fue ese encuentro y cómo logró él, que me enamorara de sus novelas y cuentos que me han acompañado a lo largo de una década. Cada lector guarda en la caja negra de su cabeza el momento en el que se volvió lector, algunos recuerdan a sus padres leyendo, a la familia leyendo, a un amigo que invitaba a la lectura o al simple hecho de acercarse a la biblioteca de la casa, tomar un libro y dejarse llevar como el hombre que sin miedo, se encomienda a su perro lazarillo por las calles congestionadas de una ciudad. En mi vida conocí personalmente a Gabo, jamás lo vi de lejos, no creo quizás haber tenido la más mínima posibilidad de encontrarme con él así fuera por error. Cuando yo llegué a la lectura, Gabo ya había publicado el primer tomo de sus memorias y se había retirado de la escritura para descansar y recibir a los amigos como debía ser.

Ese mismo año, se celebraron los ochenta años de Gabo con la edición especial de su gran obra, en Cartagena de Indias y con la compañía de su entrañable amigo Carlos Fuentes. Antes de llegar a la lectura de la gran novela, dos años atrás me crucé con uno de sus cuentos, quizás el cuento que más me gustaba en ese entonces: Un día de estos. Siempre voy a recordar al niño que angustiado se convierte en un puente de luchas ideológicas entre su padre el odontólogo y el alcalde del pueblo, un dictador militar. Ese niño me recordó, que la inocencia péndula entre el odio y la venganza de dos hombres hechos y derechos que no hacían otra cosa que escapar el uno del otro, con ansias de destrozarse, acabarse hasta saciar su deseo, su odio. Leí el cuento una y otra vez, para mi clase de literatura del colegio, para demostrar que yo sabía más de libros que los juiciosos del salón, para demostrarme a mí mismo que esto era lo que quería hacer el resto de mi vida: Leer. Inconscientemente me había hechizado, me había envuelto con esos elementos que solo él guarda en esa caja de herramientas que le sirvió para conquistar al mundo entero.

Había visto de lejos Noticia de un secuestro en la biblioteca de mi casa, un libro grande color rojo y negro con una ficha de ajedrez. Tal vez así era, no lo sé, el recuerdo es difuso. Pero nunca me motivé a leerlo, no le vi la importancia de recrear un secuestro y de entender el papel de la crónica. Aun sabiendo que fue el libro más vendido en esa época en Colombia, no me dio el empujón para leerlo. Después de aquel cuento, seguí con otro y me terminé de envolver en las redes de su gran poder narrativo, la historia de Totó y Joel quienes llenaban el apartamento de sus padres de agua para poder viajar en un bote que habían ganado con esfuerzo al pasar el año escolar en limpio y ocupar los mejores puestos en el colegio. La magia de un cuento que hacía creíble lo increíble me mostró que Gabo era un mago, un brujo de las letras. Fui un poco más allá y mi ambición me llevó a ahorrar durante algunas semanas un poco más de 20.000 pesos para pedir por internet Del amor y otros demonios. La crónica que escribió gracias a una petición inconsciente del maestro Zabala que lo envío a ver como desenterraban los restos de algunos duques y personalidades famosas de la colonia. Lo leí completo, con errores de comprensión, con momentos de aburrimiento, con falta de rigurosidad, pero lo leí. No me sorprendió en su momento, no fue tan importante para mí como lo es ahora, una década después de haberlo leído.

Cien años de soledad estaba en la lista de libros por leer, por comprar, por dejarse dominar pero no sentía que tuviera el recorrido como lector para enfrentarme a tan gran obra. Así que decidí acercarme a El amor en los tiempos del cólera y para sorpresa mía, me encontré con una historia descorazonada, angustiante y llena de verdades sobre el acto de amar, llevándome a entender que ésta novela era más profunda que la ganadora del premio Nobel.

Un año después tomé la responsabilidad de leer Cien años de soledad, lo hice con la convicción de que era hora de ponerle la cara a una obra que me estaba esperando y sin mucho afán, la leí concluyendo con gran precisión: de que si mi vida iba estar rodeada de libros, que sean en primera fila los de Gabo.

Con golpes directos a la cabeza, entendí el poder de la escritura de García Márquez. Una tarde, no sé si de lluvia o de sol, solo recuerdo que estaba terminando Cien años de Soledad, en el sofá del apartamento y con un silencio puro, ese que se respira en mi casa, aunque estén las otras personas que la habitan, el apartamento siempre mantiene un silencio casi sepulcral, preciso para leer en calma la melodía del escritor de Aracataca. Los matices y las trampas, los puentes y las velocidades de esos veinte capítulos de cantidad de páginas casi iguales, me revolcó por dentro el afán de la escritura, el afán por entender que leer no es un acto sencillo sino el ejercicio más complejo y comprometedor que puede tener una persona que sabe, que ese libro le cambiara la vida.

Crónica de una muerte anunciada se convirtió en el libro por excelencia para entender como el ser humano se convierte en cómplice de la injustica. No me queda nada más que terminar de organizar mis pensamientos sobre los libros de Gabo, de ampliar el horizonte y saber que lo que escribió el Nobel, es un árbol frondoso que tiene dos caminos: el de la escritura y el del deleite. Aunque la primera debe tener la segunda, nunca la segunda contiene la primera.

Siento que no conozco del todo a Gabo, ni lo entiendo totalmente. Otra mañana cualquier comprendí que la escritura es un arte y una tarde, supe que no era fácil. Que lo único que se puede hacer para mantenerse en este mundo caótico y lleno de dolor es leer, leer en cualquier lado para hacerle el quite a la muerte, para salir de la rutina, para abandonar lo injusto y darle campo a lo necesario y justo; que mi vida no está completa, pero con la lectura, tengo una vida prestada que vale la pena vivir cada vez que abro un libro. Todo esto los aprendí del hombre que dedicó toda su vida a una sola cosa, aprender a contar, narrar historias que llegaran con trampas para enredar al lector y no dejar que se despegue de su silla. Conocí a García Márquez de la única forma que se conoce a un escritor, desde las hojas de sus libros, desde la melodía de sus palabras.

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