En defensa de la buena filosofía* 1

La segunda razón que pretende justificar hoy el abandono de la filosofía, y de las humanidades en general, tiene que ver con el culto a la producción por la producción, en una lógica circular, sin sentido, vacía. Vivimos en una sociedad rápida, del exceso, la abundancia, donde la aceleración y la velocidad con que se dan los hechos hacen irrelevante todo.

“Fidelidad a la filosofía significa impedir que el miedo atrofie
nuestra capacidad de pensamiento”.
MAX HORKHEIMER[1].

Decía Miguel de Montaigne en el siglo XVI en su ensayo De la educación de los niños: “Notable es que las cosas en nuestro siglo sean tales que la filosofía, para las gentes de entendimiento, pase por nombre vano y fantástico, de uso nulo y de nulo valor, tanto en reputación como en efecto”[2]. La situación no es diferente hoy, pues en el mundo administrado en que vivimos, donde interesa la gestión, la manipulación de las cosas y los procesos; donde todo se ha convertido en una cifra, incluso el hombre mismo, la filosofía no parece tener lugar, ni parece tener nada útil que decir a la vida de la gente, ni a la civilización misma. En pocas palabras, la filosofía se ha vuelto obsoleta, carece de reputación y suena a algo “vano y fantástico”. Parece un enfermo en cuidados intensivos con respiración artificial.

Sin embargo, esta percepción es absolutamente miope y recortada. Tiene su origen en dos causas: la primera, el absoluto desconocimiento de la historia; la segunda, la manera como la “forma vida frenesí” del mundo actual concibe los saberes distintos a las llamadas ciencias duras: biología, informática, ingenierías. Expliquemos brevemente estos dos puntos.

En el primer caso, el desconocimiento de la historia tiene que ver con la manera en que hoy asumimos la relación con el pasado. No nos interesa nada de lo que fuimos, no nos interesa saber cómo hemos llegado a ser lo que somos, no nos interesa explicar la cadena de hechos que permiten comprender históricamente un fenómeno social. En este sentido, ¿cómo entender que somos en América Latina unos países dependientes, aún coloniales, que carecen de autonomía, iniciativa propia, y que copiamos a diestra y siniestra todo lo que se produce en Europa o Estados Unidos? ¿Cómo entender las causas del conflicto colombiano y, así mismo, lo que está en juego con el proceso de paz? Si no conocemos la historia, vivimos como en un “presente flotante”, sin raíces, sin asidero, sin ninguna deuda con las anteriores generaciones; es más, no asumir el pasado es no valorar lo que la lucha, la creación, los esfuerzos de otros, nos han dejado para el día de hoy; es subvalorar incluso la vida que otros han dado por las cosas de las que disfrutamos hoy, por ejemplo, los derechos de las mujeres, los derechos laborales y la creciente conciencia ambiental. Ese desprecio por el pasado es una especie de “peste del olvido”, de evasiones de la memoria, de las que habló García Márquez en Cien años de soledad[3].

El desconocimiento de la historia hace aparecer todo como si siempre hubiera estado ahí, como si hubiera salido de la nada, lo cual es absolutamente estúpido. La tan aclamada tecno-ciencia de hoy, sus múltiples aplicaciones, etc., han sido construidas con un esfuerzo intelectual de siglos. La ciencia natural moderna fue posible gracias al esfuerzo de filósofos-científicos como Francis Bacon, René Descartes, Galileo Galilei, Isaac Newton, etc., en el siglo XVII, en diálogo con la ciencia del Renacimiento y de la antigüedad; los derechos humanos son producto de las luchas de Fray Bartolomé de las Casas, de Jhon Locke, entre otros. El primero, gran filósofo y teólogo, denunció las atrocidades de la invasión española en América en el siglo XVI; el segundo, es el padre del liberalismo político que buscó proteger las libertades individuales frente a los abusos del poder de las monarquías. Los derechos sociales y las luchas por la igualdad y la justicia social son producto del pensamiento de Carlos Marx y de otros filósofos en el siglo XIX. Es decir, nada se nos ha dado gratis. Todo lo que tenemos hoy es un legado de otras generaciones que miraron más allá de su tiempo, y crearon utopías que se han materializado en la historia. Después de estos ejemplos: ¿cómo afirmar que la filosofía carece de utilidad? De hecho, si Montaigne tenía ese pesimismo en el siglo XVI, lo que vemos es que después de él, surgieron las más grandes filosofías de la modernidad, como la de Descartes, Kant, Hegel, Marx, Heidegger, para sólo citar unas pocas.

La segunda razón que pretende justificar hoy el abandono de la filosofía, y de las humanidades en general, tiene que ver con el culto a la producción por la producción, en una lógica circular, sin sentido, vacía. Vivimos en una sociedad rápida, del exceso, la abundancia, donde la aceleración y la velocidad con que se dan los hechos hacen irrelevante todo[4]. Esta “modernidad operacional”[5] somete todo a criterios utilitarios, medidos por la eficiencia y la eficacia en la producción. El lema es invertir menos, hacerlo más rápido y producir mucho más. Vivimos en sociedades obsesionadas con lo nuevo, con la innovación. Es la lógica de lo desechable. Y esta “lógica” basada en criterios cuantitativos, ha llevado, por ejemplo, a que los electrodomésticos y demás artefactos de uso casero o empresarial (computadoras, impresoras, celulares, etc.,) sean programados para funcionar por poco tiempo. Es decir, están programados para ser obsoletos e inservibles. Es lo que se llama “obsolescencia programada”. De ahí que debamos cambiar de impresora cada año o año y medio. Pero, ¿no es esta una política productiva irracional? Desde luego. Pues cuántos materiales, cuántos recursos naturales necesitamos para producir estos artefactos? ¿Cuántos desechos producimos? Ese tipo de preguntas no se las hacen los empresarios o industriales que sólo buscan acumular lo más que puedan; no se las hacen las trasnacionales que arrasan con la naturaleza y con la vida alrededor de todo el planeta.

*Prólogo del libro Filosofía para profan@s. Una guía para estudiantes, Editorial Desde abajo, de próxima aparición

[1] Crítica de la razón instrumental, Madrid: Trotta, 2010, p. 169.

[2] Montaigne, M. Ensayos (I), Buenos Aires, Editorial Orbis S.A., 1984, p. 115.

[3] Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, Edición Conmemorativa, Real Academia Española, 2007, pp. 56-62.

[4] Jean Baudrillard, Las estrategias fatales, Barcelona, Anagrama S.A., 1984, pp. 25- 73.

[5] Ibíd., p. 28

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3 Replies to “En defensa de la buena filosofía* 1”

  1. Bueno, creo que la razón de no recordar es porque el proceso de conocer nuestra historia es mucho más complejo y parte de despertar la conciencia tal y como nos guía (hasta cierto punto) el cuarto camino de Ouspensky

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