FILOSOFÍA EN LA CIUDAD

Actualmente, la filosofía como campo y como conjunto de formas de pensar y reflexionar nuestro actuar en el mundo y en nuestra vida de a pie, ha tenido grandes renovaciones que han hecho que dicho saber esté dando de qué hablar para el público de este mundo tan cambiante.

 

Por: JOHN ALEJANDRO PÉREZ*

Filosofar, es decir, hacer filosofía se ha considerado una actividad sin ninguna utilidad práctica ni profesional.  No sobra recordar a los profesionales de la materia las palabras de quienes nos han escuchado a la hora de decir nuestra decisión sobre estudiar filosofía: ¿Y de qué va a vivir? ¿Y qué va hacer? Y otros no tan largos etcétera.  Las respuestas a estas preguntas, atisbando nuestras primigenias vocaciones, no eran menos vagas: De la filosofía, voy hacer filosofía. Pero la cuestión de la utilidad en este contexto y mundo actual determinado por la productividad y el consumo se determina en términos de instrumentalidad y de ganancia monetaria, cuestiones que a simple vista parecieran lejanas para la filosofía.  ¿Y por qué digo que a simple vista?

Porque como reflexión de lo cotidiano y su cultivo crítico de las respuestas que vamos dando a dichos cuestionamientos cotidianos y prácticos, la filosofía es una actividad más abierta y dinámica de la que algunas academias o centros universitarios nos dicen.  Una filosofía apodada práctica, una que quiero diferenciar de la conocida filosofía academicista y universitaria.  En estas líneas voy a explicar lo que significa este término para mí, y la utilidad que yo le doy, de hecho me da igual llamarlo filosofía práctica o filosofía personal. Ante todo no es lo mismo que la práctica filosófica, ni es algo enfrentado, de hecho es una gran herramienta y fuente de filosofía práctica.

 Yo llamo filosofía práctica a aquella sabiduría de vida que me resulta útil, que queda grabada en mi interior y me sirve de recurso para afrontar los problemas de la forma en que quiero afrontarlos, es decir, me acerca al proyecto personal que tengo premeditado para mí mismo. 

No pedimos a un amigo que nos ayude cuando tenemos un esguince de tobillo o una úlcera, no nos va a curar bien, no sabe hacerlo, no se ha preocupado nunca por saber hacerlo. La filosofía reúne el conocimiento de mentes especialmente destacadas que se han dedicado al estudio y la reflexión de la existencia y el conocimiento, reflexiones que en un primer momento pueden ser leídas, y que en un segundo momento son susceptibles de ser utilizadas. Para los que demostramos cierto interés a nuestra existencia, no hay un recurso mejor que el saber filosófico y la práctica filosófica.

“La filosofía es una actividad que con discursos y razonamientos procura la vida feliz.”
Epicuro, Siglo IV (A.C.)

¿Por qué la filosofía práctica?

“La filosofía es una actividad que con discursos y razonamientos procura la vida feliz.”, enseñaba Epicuro, particularmente, en su “Carta a Meneceo”, o el ejercicio del arte de saber regir la vida. Esta particular manera de entender y practicar la filosofía se ha venido relegando a una única dimensión.  Con esto, no voy a cuestionar ni a criticar a la filosofía, (profesión que quiero y estimo), sino a una forma particular de entender a dicha actividad: La académica.  Hay una creencia popular sobre que el hecho de que dirigir nuestras vidas no es algo complicado, de hecho no dirigir nuestras vidas es extremadamente sencillo. Siempre habrá quien quiera hacerlo por nosotros.  Además, la utilidad de las personas ha dejado en segundo plano a las propias personas, es decir, nuestro lugar en el mundo se ve más condicionado por lo que hacemos y lo que tenemos, que por nuestra simple condición de personas y nuestro potencial personal.

La filosofía práctica planta cara a estos dos problemas, es una forma de enfrentarlos desde un cambio interior, el manifiesto sería; “quiero entender mi existencia, quiero tomar las riendas de mi vida siendo el tipo de persona que me gustaría ser”. Esta es la fuerza motriz que en mi caso me hace no parar de aprender, pensar y buscar la sabiduría que me ayude a alcanzar ese estado.

 “Lo más maravilloso del mundo es saber cómo pertenecer a uno mismo.”
 Michel De Montaigne, Siglo XVI

Como lo ha señalado Alain Badiou[1], la filosofía es inherentemente axiomática, es el despliegue consecuente de una intuición fundamental, estas intuiciones son de carácter individual, resultado de la experiencia y trabajo sobre uno mismo y el contexto en el cual cada uno se desenvuelve, ya que el filósofo no toma de la mano, sino que entrega los medios para llevar a cabo una marcha solitaria: no se hace el trayecto de otro, no se puede filosofar en su lugar, así como tampoco se puede sufrir, vivir o morir en lugar de otro.  Esta actividad cotidiana que es el filosofar vincula dos aspectos que usualmente suelen verse de forma disociada: La vida y el discurso, el verbo y la carne.

Estos vínculos entre palabra y vida se producen a través de encuentros, de co-existencia de planos, (como lo diría Deleuze) y de resonancias que dan origen a un discurso filosófico.  En palabras de Pierre Hadot: “ El discurso filosófico debe ser comprendido en la perspectiva del modo de vida del que es al mismo tiempo medio y expresión y, en consecuencia, que la filosofía es, en efecto, ante todo, una manera de vivir, pero que se vincula estrechamente con el discurso filosófico” (Hadot: 85: 1998).

Tal vez, esta sea una de las muchas tareas que tiene un arte y una actividad filosófica; una actitud permanente de crítica y reflexión, que se centre no solo en los temas de la filosofía, sino en tratamientos filosóficos de problemas que se nos presentan en nuestra cotidianidad, que amerita un proceso de trabajo, práctica y esfuerzo permanente por construirse a sí mismo, al mundo y a los otros, como una especie de obra de arte y sobre todo,  con una ambición socrática: Conocerse a sí mismo.

Un conocimiento que debería apuntar hacia una ampliación del campo filosófico de visibilidad abierto por la concepción universitaria y disciplinar de la filosofía, dado que ésta fue incapaz de abrirse a dominios prohibidos, como las emociones, la corporalidad, el sentido común, y los saberes ancestrales.  Un pensamiento, una sabiduría integral en la que la filosofía disciplinar o de salón pueda “enlazarse” con otras formas de producción y tratamiento de saberes y de reflexiones, con la esperanza de que la filosofía sea menos un ejercicio teórico, descarnado y carente de toda vitalidad y más una actividad y ejercicio práctico de constante tratamiento reflexivo. Ya que, si se me permite la analogía jurídica, la filosofía es cuestión del mundo y sus afanes y no, como pretenden algunos, solo de terminología y jurisprudencia.

*Filósofo y profesor universitario

[1]  Alain Badiou, “Manifiesto por la filosofía” Ed Catedra. Pg 12

 

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