Ficcionario y el arte del buen leer [Reseña]

El libro de Ricardo Silva como ya lo dijimos, camina sobre una cuerda, por un lado puede caer ante la crítica de que es un libro aburrido y complejo, tal vez desorganizado. Por otro lado, puede caer en que es muy elaborado para un público cualquiera, entonces, el libro camina, suave y sin desgastarse sobre esa línea, que los buenos lectores entenderán.

El último libro de Ricardo Silva presenta quizás, inconscientemente dos caminos de lectura. El primero va dirigido a una clase de literatura, cine y música de manera básica y concreta. El segundo es ya, para un público más especializado que entiende entre línea lo que busca plantear el autor en cada uno de sus treinta y cinco capítulos que van entre la forma, el estilo y los trucos que tiene un escritor a la hora de realizar su proceso de ficción.

Retomando el segundo aspecto, es hablar de un tú a tú, de ponerse frente a frente con los conocedores o aprendices de la literatura o de la escritura-este abarca más público- y como un buen mago, abrir el camino para entender sus trucos sin decir cómo los hizo. Es como si se dejara la puerta de la casa abierta, cada transeúnte decidirá si entra y explora la sala, de ahí no pasa porque sufre quizás de pena o porque no le interesa. Otros tal vez, van hasta la cocina y rebuscan en la alacena y la nevera, pero otros, van al baño, revisan y analizan qué champú usa la familia, cuántos jabones tienen de reserva, van al dormitorio y verifican si meten la pijama debajo de la almohada como ellos, si la cama tiene o no tiene sobre sábana, si la ropa interior se separa de las camisetas o si existe un cesto para la ropa sucia. Creo entonces, que Ricardo Silva si deja la puerta entreabierta y hay que entrar, visualizar bien, como buscar una moneda en la oscuridad, como tantear el terreno para no golpearse con las mesas ni tumbar los portarretratos.

Quizás, pienso que muchos lectores que compraron el libro se lo llevaron para su casa con el fin de querer descubrir al Ricardo Silva escritor pero más, al Ricardo Silva persona, ser humano que come, duerme y se preocupa como cualquier otro, pero la verdad es que no, ese Ricardo Silva no está a la vista, no es fácil hallarlo, por lo menos no en el sentido que muchos quisieron verlo. Está lo humano, eso es muy claro, pero este libro no es para eso, es para descubrir los gajes del oficio, los pormenores del trabajo diario de un escritor que poco a poco se ha ganado a su público que a veces, es bien reacio a las nuevas novelas, a los nuevos autores. Y para complementar-sin ánimo de ofender-, el libro está lleno de analogías y metáforas que hay que desmarañar con dedicación y responsabilidad, porque como dice el mismo Ricardo: “Es lo más seguro que una obra que divierta, que de eso se trata en últimas el asunto, lleve dentro una serie de revelaciones que un lector atento esté en la capacidad de desenterrar de encontrar su propia profundidad”. Aquí entonces, me pregunto: ¿Qué ha podido sacar el lector que no es tan riguroso, que carezca de cierta formación de Ficcionario? La pregunta me lleva a analizar que quizás, muchos lectores se hayan agotado ya que las referencias al cine o a la música escapan del conocimiento de ese lector. Por otro lado, la clase magistral y bella de literatura que va uno encontrándose en el pasar de los capítulos, abre también la posibilidad a que el receptor de Ficcionario, aumente su placer y su gusto por las letras, ya que, es tan amplio el campo de recomendaciones, que de leer alguno de esos libros, sabrá leerlos en alguna clave.

Sin embargo, el paseo o recorrido cultural que hace Silva por la música, el cine, el teatro y las letras, lleva al lector que no es tan formado, digamos que no se trata de distinguir ni desmeritar, hablo de un lector que no le interese el arte de la escritura ni mucho menos el papel del escritor y por ende, este libro es para brindarle una formación y un listado de cosas que podría hacer, por ejemplo, películas para ver en diciembre, o libros que recomendar, es para los profesores de lengua castellana, sirve como actualización.

Hablar así de Ficcionario no es malo ni quiero que se malinterprete, es un libro que habla sobre ese oficio tan complejo que es escribir y por ende, el texto está hecho para ir detrás de cada una de las metáforas y analogías que propone el autor. Como también pasa por la crítica política, cultural y hasta de la tecnología en específico de las redes sociales, Ficcionario busca que su lector sea el que sea, se enamore del arte de leer y se anime al arte de escribir, sabiendo que no todos se enamoraron de la lectura ni todos van a escribir un libro.

Ficcionario es un libro para leer con lápiz en mano, con libreta lista y con la biblioteca a espaldas. En mi estudio tengo los libros separados, están las novelas, los de periodismo y los ensayos literarios, o bueno los ensayos. También ahí mismo, se encuentran esos libros que sirven como guía al escritor, al lector competente, al amante de la literatura y puedo decir, sin temor a equivocarme, que Ficcionario entra al grupo de libros del talente de: El arte de la distorsión y Viajes con un mapa en blanco de Juan Gabriel Vásquez, Clase de literatura de Julio Cortázar, Conversaciones en Pricenton, Viaje a la ficción y Cartas a un joven novelista de Mario Vargas Llosa, Formas breves de Ricardo Piglia y otros tantos que no quiero escribir para no extender el texto, y aunque crean que es exagerado, el fin de esta organización, es entender que son libros con claves literarias y de escritura fundamentales. El libro de Ricardo Silva como ya lo dijimos, camina sobre una cuerda, por un lado puede caer ante la crítica de que es un libro aburrido y complejo, tal vez desorganizado. Por otro lado, puede caer en que es muy elaborado para un público cualquiera, entonces, el libro camina, suave y sin desgastarse sobre esa línea, que los buenos lectores entenderán, que este libro busca es mostrar los oficios del escritor, pero también, los oficios de un lector y ahí, en esa bolsa, caben todas la concepciones del mismo.

Para mí, este libro es una herramienta, una clave para entender los trasegares de la escritura a la luz de otros escritores. Como tal, el libro necesita de ojos bien entrecerrados y bien abiertos, de bocas que digan y que exclamen sobre la verdadera utilidad que le puede dar.

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