En defensa de la buena filosofía* 2

Se trata hoy de hacer un llamado al pensamiento vivo, a valorar nuestra tradición filosófica latinoamericana y colombiana, a revivir la fiesta del pensar, pues si no lo hacemos estamos condenados a la ignorancia, negando simultáneamente la posibilidad de vislumbrar posibilidades en un país que tenemos que construir o, mejor, reconstruir. Es así porque hacemos y padecemos la historia, pero ante todo, porque somos, como dijo Silvio Rodríguez, la historia que tendrá el futuro, y es a ese futuro al que nos debemos. 

La lógica de la gestión, donde la razón es concebida como “cálculo”, como suma y resta, como pros y contras, de la que habló Thomas Hobbes, está produciendo una deforestación vital del mundo, de tal manera que este planeta será invivible tan sólo en 80 años, como han advertido recientemente los científicos. Es la irracionalidad absoluta: la gente sigue procreando a la vez que destruye nuestra casa común, como llama el Papa Francisco a la tierra en su encíclica ambiental “Laudato Sí”. No pensamos en las generaciones futuras, en nuestros hijos y nietos. Es la ciega irresponsabilidad con las generaciones venideras, con los otros. Es como si el humano de hoy, inserto como una tuerca en un mundo veloz, no pudiera mirar más allá de sus intereses inmediatos, de las falsas necesidades que la sociedad le ha creado; como si fuera incapaz de concientizarse de que el agua, el aire, la tierra, los bosques, son bienes comunes que nos sustentan a todos sobre esta esfera verde-azul. Por eso ya vivimos hoy una catástrofe vital, una crisis de la vida en todos sus órdenes. Esta crisis es producto de una idea chata, unilateral y recortada  del progreso que fue anunciada, entre muchos otros, por el filósofo alemán Theodor Adorno cuando decía: “La imagen de la humanidad en su progreso recuerda a un gigante que, tras sueño inmemorial, lentamente se pusiese en movimiento luego echase a correr y arrasara cuanto le saliese al paso”[1].

El progreso material es sólo una cara de la moneda. La otra es el progreso ético e intelectual que debe fijar el horizonte para la acción humana. Todo lo que el hombre hace debe estar enmarcado en una visión del mundo, en unos objetivos previamente establecidos, en una visión de la humanidad y de su bienestar en el futuro. Pero ese “horizonte vital” o esa “forma vida orgánica”[2], esto es, de comunidad e interrelación entre las esferas de lo cósmico, lo biológico y lo social, no puede ser fijado por la lógica de la producción, ni por la ciencia misma. Ese horizonte de acción humana puede ser determinado y alumbrado por las humanidades y la filosofía. Son ellas las que deben darle sentido a la acción, fijar los fines y valorar los medios para alcanzarlos. Es, pues, el pensamiento social el que le fija el horizonte a la ciencia. Es lo que no entienden los tecnófilos de diferente cuño. Esto implica superar la razón instrumental. Y esa superación requiere reivindicar y ejercer el pensamiento crítico.

Uno de los grandes inconvenientes para aceptar este papel de la filosofía y las humanidades tiene que ver con la fascinación actual por la ciencia y la tecnología. Es una especie de embrujo y de nueva alienación[3]. Si bien es cierto que las ciencias duras han hecho grandes avances para mejorar la vida humana, su salud, sus comunicaciones, su bienestar, también es cierto que la ciencia en sí misma no tiene nada que decir frente a problemas tan fundamentales para la vida de las sociedades como: qué entender por bienestar y por pobreza, los criterios para valorarlos; el concepto mismo de progreso, los derechos humanos, las cuestiones éticas del aborto y la eutanasia; los fines de la democracia, la política y el derecho; la importancia de la cultura y la no-violencia para la con-vivencia ciudadana; el respeto, la solidaridad y su relevancia para la vida en común; el problema de la felicidad; las cuestiones fundamentales en torno a la vida y la muerte; el sentido de nuestra existencia, etc.

Las manera como hoy combatimos la pobreza, asumimos el bienestar, concebimos el medio ambiente como medio, recurso o instrumento, etc., son producto de criterios meramente matemáticos, operativos, administrativos y, en últimas, cuantitativos. Sin embargo, lo que ofrecen las humanidades y la filosofía son construcciones discursivas que fundamentan cualitativamente esos mismos conceptos. El bienestar integral, la paz, la convivencia, las necesidades humanas, etc., no pueden ser atendidas única o exclusivamente con criterios cuantitativos… requieren ser ampliados, fundamentados, justificados y legitimados atendiendo a las diversas concepciones del mundo de la gente, de sus comunidades y de la población en general. Me pregunto: ¿qué pueden decir las ciencias empírico-teóricas, fácticas, productivistas, administrativas, sobre qué entender por democracia, por qué es útil, por qué es imposible vivir y realizar las aspiraciones de la vida en una sociedad totalitaria? Estoy seguro que no pueden decir mucho, o nada. Sólo las ciencias sociales, las humanidades, la filosofía, pueden darle un horizonte a la democracia, definir su importancia para el desarrollo de la pluridimensionalidad vital humana. Pensar lo contrario es, por ejemplo, creer que los derechos humanos en la democracia se satisfacen con bienes materiales, pero ¿qué sería de la libertad de opinión, de información, el libre desarrollo de la personalidad, la libertad de cultos, la búsqueda de la felicidad, la solidaridad, la fraternidad, etc.? ¿Basta con atiborrarse de bienes? ¿Basta con sólo tener vivienda, comida, electrodomésticos o ropa? Una sociedad así, que desatienda la vida integral del hombre, su espiritualidad, está destinada al aburrimiento, a la indiferencia, a la des-conexión vital, y puede abocarse fácilmente a la violencia. Ya es ampliamente demostrado que eso que se llama bienestar social, implica personas sanas, tanto corporal como espiritualmente. Y eso siempre será así porque el hombre es un ser trascendente que construyó (y sigue construyendo) su humanitas (humanidad) yendo más allá de las condiciones meramente materiales de existencia. Asumir sólo criterios cuantitativos implicaría, por lo demás, ofrecer argumentos para borrar de la tierra la diversidad cultural y espiritual del planeta, todas nuestras creaciones religiosas, mitos, esperanzas, anhelos; todas nuestras prácticas de regocijo, de diversión. En fin, todas las cosas que nos hace humanos.

concebir la filosofía y las humanidades como un saber para la vida; un saber al alcance de tod@s que no es exclusivo de cerebros privilegiados, un saber que tiene algo que decirnos en torno a la muerte, la trascendencia humana, las crisis, la autoeducación, el trabajo, las habladurías y el chismorreo en la sociedad de masas; también sobre la cultura política, las relaciones de poder, el conflicto y la sociedad, teniendo en cuenta que la ciencia nos facilita bienestar pero puede decir muy poco sobre otras cuestiones humanas.

Se trata hoy de hacer un llamado al pensamiento vivo, a valorar nuestra tradición filosófica latinoamericana y colombiana, a revivir la fiesta del pensar, pues si no lo hacemos estamos condenados a la ignorancia, negando simultáneamente la posibilidad de vislumbrar posibilidades en un país que tenemos que construir o, mejor, reconstruir. Es así porque hacemos y padecemos la historia, pero ante todo, porque somos, como dijo Silvio Rodríguez, la historia que tendrá el futuro, y es a ese futuro al que nos debemos.

[1] Theodor Adorno, Consignas, Buenos Aires, Amorrortu, 2003, pp. 34-35.

[2] Damián Pachón Soto, Preludios filosóficos a otro mundo posible, Bogotá, Ediciones Desde Abajo, 2013, cap. IV.

[3] Para comprender qué significa alienación, ver el texto que aparece más adelante titulado “¿Por qué no somos dueños ni de sí mismos, ni del producto de nuestro trabajo? La teoría de la alienación de Marx”.

 

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