¿Cómo escribieron los más grandes? 1

Enseñar a escribir es muy difícil. Es más, esas carreras de escritura creativa pueden ser productivas pero no garantizan nada. Andrés González recopila algunos consejos que pueden servirles a algunas personas que intentan dedicarse al mundo de la escritura. A otros, esta lectura les seguirá directo sin causar ningún efecto y está bien, no todos los consejos, no todos los textos como todos los libros, están hechos para todas las personas.

 

La gran mayoría de lectores tuvieron la fortuna de encontrar un libro, un poema o un escritor que representó su entrada en la  literatura. En mi caso la literatura me encontró a mí. Hace un par de años (admito con vergüenza) pasaba siempre por mi mete la idea de que la escritura era un afán de los escritores por vender, publicando sagas de tres y cuatro libros que, con suerte, pueden convertirse en la película que vería y juzgaría años después en la pantalla grande. No me encontró John Green, Blue Jeans o Rainbow rowell para introducirme en la literatura. Creo que si hubiese sido así, estaría en duda mi permanencia en la literatura. No, corrí con la suerte de que Michel Tournier y su libro Viernes o la Vida Salvaje apareciera en una pequeña lectura escolar para engancharme al mundo de los libros.

Hoy en día, no hay nada más gratificante para mi que poder decir que he leído los consejos de los mejores para tener una noción de escritura. Comparto con ustedes unos cuantos consejos que le ayudarán en su camino en el arte de escribir. Como lectores hemos corrido con la suerte y el privilegio de contar con escritores como Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, Julio Cortázar, Isaac Asimov, William Faulkner, Rosa Montero, Philip K. Dick entre otros. ¿Usted recibiría un consejo de ellos? Pues si es así, bienvenido a este post.

 Julio Cortázar

Puesto que voy a ocuparme de algunos aspectos del cuento como género literario, y es posible que algunas de mis ideas sorprendan o choquen a quienes las lean, me parece de una elemental honradez definir el tipo de narración que me interesa, señalando mi especial manera de entender el mundo

Un cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del mundo, comprometido en mayor o en menor grado con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Este escoger un tema no tan es sencillo. A veces el cuentista escoge, y otras veces siente como si el tema se le impusiera irresistiblemente, lo empujara a escribirlo. En mi caso, la gran mayoría de mis cuentos fueron escritos -cómo decirlo- al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi consciencia razonante, como si yo no fuera más que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena. Pero eso, que puede depender del temperamento de cada uno, no altera el hecho esencial, y es que en un momento dado hay tema, ya sea inventado o escogido voluntariamente, o extrañamente impuesto desde un plano donde nada es definible. Hay tema, repito, y ese tema va a volverse cuento. Antes que ello ocurra, ¿qué podemos decir del tema en sí? ¿Por qué ese tema y no otro? ¿Qué razones mueven consciente o inconscientemente al cuentista a escoger un determinado tema? A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba de ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotan virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía consciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más complejo y hermosos? Muchas veces me he preguntado cuál es la virtud de ciertos cuentos inolvidables. En el momento los leímos junto con muchos otros, que incluso podían ser de los mismos autores.

El cuentista está frente a su tema, frente a ese embrión que ya es vida, pero que no ha adquirido todavía su forma definitiva. Para él ese tema tiene sentido, tiene significación. Pero si todo se redujera a eso, de poco serviría; ahora, como último término del proceso, como juez implacable, está esperando al lector, el eslabón final del proceso creador, el cumplimiento o fracaso del ciclo. Y es entonces que el cuento tiene que nacer puente, tiene que nacer pasaje, tiene que dar el salto que proyecte la significación inicial, descubierta por el autor, a ese extremo más pasivo y menos vigilante y muchas veces hasta indiferente que se llama lector. Los cuentistas inexpertos suelen caer en la ilusión de imaginar que les basta escribir lisa y llanamente un tema que los ha conmovido, para conmover a su turno a los lectores. Incurren en la ingenuidad de aquel que encuentra bellísimo a su hijo, y da por supuesto que todos los demás lo ven igualmente bello. Con el tiempo, con los fracasos, el cuentista capaz de superar esa primera etapa ingenua, aprende que en la literatura no bastan las buenas intenciones. Descubre que para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con sus circunstancias de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse este secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su sentido más primordial. Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige. Ninguno de ustedes habrá olvidado El barril de amontillado, de Edgar A. Poe.

Ernest Hemingway

  1. Un escritor de nuestro tiempo tiene que escribir lo que no ha sido escrito antes o superar a los escritores muertos en lo que hicieron. La única forma en que puede decir cómo va, es compitiendo con los hombres muertos. Pero la lectura de todos los buenos escritores podría desanimarlo. Entonces debe ser desanimado. Empecé muy tranquilo y le gané al señor Turgenev. Después entrené muy fuerte y le gané al señor Maupassant. He empatados dos veces con el señor Stendhal, y en la última creo que le saqué una pequeña ventaja. Nadie va a lograr que me suba a un ring de boxeo con el señor Tolstoy  a menos que esté loco o siga mejorando.
  2. Escribe frases breves. Comienza siempre con una oración corta. Utiliza un lenguaje vigoroso. Sé positivo, no negativo.
  3. Un escritor, si sirve de algo, no describe. Inventa o construye a partir del conocimiento personal o impersonal. Un aspirante a escritor debe salir y ahorcarse porque encuentra que escribir es imposiblemente difícil. Después debe ser despedazado sin misericordia y forzado por sí mismo a escribir tan bien como pueda por el resto de su vida. Por lo menos tendrá el cuento de su ahorcamiento para comenzar.
  4. Seriedad absoluta en lo que se escribe, es una de las dos necesidades categóricas. La otra, por desgracia, es el talento. Uno debe aprender acerca de sí mismo. Lo importante es trabajar todos los días. Yo trabajo desde alrededor de las 7 hasta el mediodía. Después voy a pescar o nadar o cualquier otra cosa que quiera. La mejor manera es detenerse cuando uno marcha bien. Si uno hace eso, jamás se bloqueara.
  5. yo ni pienso ni me preocupo hasta que vuelvo a empezar a escribir el próximo día. De esa manera, tu subconsciente seguirá trabajando sobre el tema todo el tiempo, pero si te preocupas, tu cerebro se cansará antes de que vuelvas a empezar. Pero trabaja todos los días. No importa lo que haya ocurrido el día o la noche antes levántate y muerde el clavo. Cuando un escritor escribe una novela, debería crear gente viva; personas, no personajes. Las personas de una novela, no los personajes construidos con habilidad, deben ser proyectadas desde la experiencia asimilada del escritor, desde su conocimiento, desde su cabeza, desde su corazón y desde todo lo suyo.

Escribo una página magistral por cada noventa y una de mierda. Intento arrojar toda la mierda en la caneca. El don más esencial para un buen escritor es tener un detector de mierda interno. Es el radar del escritor y todos los grandes lo han tenido. Si vas a escribir tienes que averiguar qué es lo que no te sirve. Por el amor de dios, escribe y no te preocupes por lo que los muchachos dirán, ni de si será una pieza magistral o qué.

 

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