Ángel [cuento corto]

Juan Bolívar no es solo nuestro ilustrador, también es un amante de las letras que se lanzó al vacío de la escritura con este cuento corto que presentamos a ustedes, para que valoren el trabajo de este joven estudiante de artes. 

angel

Por: Juan Bolívar

Mi ineptitud me ha dejado forjar, si acaso, dos relaciones primordiales que vienen siendo la misma: Con los libros  y con Dios. Con las mujeres hay una conexión, claro, pero, al igual que  todas mis otras relaciones con el mundo, es distante, atolondrada, e incluso, fatal.

Ayer, después de la clases de escatología, tomé el bus que me lleva  cerca  a casa, en Suba. Tengo que cruzar media Bogotá, por lo que siempre me acompaño de un libro, cosa de no tener tiempo muerto. Esta vez tenía entre manos  una edición de bolsillo de”Del cielo y sus maravillas” de Swedenborg. El estrépito de la gente, del tráfico y  del bus dando tumbos difícilmente deja entender lo leído; pero percibía los acentos del texto, las ideas me llegaban como vagas intuiciones. No fue así con una frase algo particular:”No hallándose el hombre en medio del cielo y el infierno, no tendría pensamiento, ni voluntad, menos aun libertad y elección, porque todas estas cosas las tiene el hombre por el equilibrio entre el bien y el mal”.

 Alcé la mirada para digerir  lo recibido, y entonces vi, por un resquicio, entre piernas, caderas y brazos cansados, sudados y sucios, un rostro, un rostro de una joven mujer que  no me atreveré  describir, pero de la que diré: tenía una mirada fija, serena, y atemporal como esas  Marías de Giotto en las escenas de la anunciación. La muchacha sostuvo la mirada al vacío por un par de minutos, (en tiempo objetivo, para mí fue mucho más) y de pronto, pudo sentir que yo le miraba. Nos miramos furtivamente. Me sonrió y entonces, me pareció vulgar.

Nosotros, ella y yo, nos bajamos del bus en el mismo sitio; un potrero, cementerio de perros, gallinazos y  quizá, algo más. Cada uno tomo un rumbo distinto y  pese a la tentación no volví a mirarle.

En la noche, antes de dormir, recé como de costumbre; agradecí al señor por la vida, por el sustento y por haberme salvado –ese día- del inapelable deseo de golpear a una mujer.

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