¡Adiós al trabajo, bienvenida la sociedad del tiempo libre!

Este texto del profesor Damián Pachón tiene ya sus años. Aunque haya que agregarle alguna que otra cosa por el paso del tiempo, es importante leerlo como un elemento actual, que no desentona en tiempos donde la política está en bastante cambio y que solo pueden lograrse, mediante una sociedad consciente y capaz de construir país. 

estas

 

“El desempleo es un problema estructural de la civilización. Frente a esta realidad tenemos tres opciones: o se redistribuye la riqueza y creamos la sociedad del tiempo libre; se siguen intentando reformas que son paños de agua tibia;  o, lo que sería un regreso a la barbarie, asistiremos a la instauración de una sociedad cada vez más eugenésica, jerarquizada, desigual, injusta y, por lo mismo, más represiva”.

DAMIAN PACHÓN SOTO.

 

En realidad todo político miente cuando en las campañas promete, por un lado, invertir en ciencia, tecnología y modernización y, por el otro, crear empleos. La razón es muy simple: las dos promesas son contradictorias. Y lo son precisamente porque las relaciones entre la inversión en ciencia y tecnología, tecnificación, modernización, etc., es inversamente proporcional a la creación de trabajos o empleos. Es decir, a mayor desarrollo de las fuerzas productivas menos trabajo físico y hasta intelectual de las personas.  Este es un problema constitutivo de la civilización, es inherente a ella, es estructural. Siempre lo ha sido. Desde el mal llamado “hombre prehistórico”, cada vez que la techne se desarrolló más, correlativamente se ahorró energía humana  aplicada al trabajo fatigoso.

Cuando apareció la imprenta por allá en 1451: ¿cuántos escribientes fueron liberados del trabajo? Cuando aparecieron los correos electrónicos a finales del siglo XX: ¿cuántos carteros y cuántos empleos se suprimieron en las empresas de mensajería? No sobra recordar que este fenómeno se empezó a hacer realmente notorio desde la era industrial cuyo símbolo fue la máquina  vapor. Lo que esto evidencia es que a medida que crece el desarrollo tecnológico, es decir, a medida que las sociedades iban materializando el sueño técnico-científico de la modernidad que inauguró teóricamente el inglés Francis Bacon en el siglo XVII, la tecnología como aplicación de la ciencia y de la técnica tendían a producir una liberación del trabajo. Sin embargo, conocemos la historia. En lugar de liberar al hombre de su fatiga, esfuerzo y penosas labores, el capitalismo lo que hizo fue sobre-explotar esa fuerza de trabajo. Es decir, al trabajo de la máquina se le agregaba el plusvalor extraído de la fuerza de trabajo del hombre sobre-explotado, mal pagado, a favor de una mayor acumulación de ganancia por parte de la industria en el siglo XIX. Desde luego, esto fue lo que permitió una mayor acumulación del capitalismo en Europa, una acumulación que tiene como lógica interna la desposesión. Pero, ¿qué es lo que se despoja con esta “acumulación por desposesión”, para usar una expresión de David Harvey? Marx lo sabía muy bien: la vida misma de las personas, su subjetividad viviente, las cuales fueron convertidas por las fábricas, las empresas- hoy las maquilas-, en meras mercancías, en cosas que “trabajan”. Eso ocasionó que las personas se empobrecieran material, pero también espiritualmente.

Ya en La ideología alemana escrito entre 1845 y 1846 y publicado por primera vez en 1932, decía Marx avizorando lo que se viene afirmando atrás: “Vemos que, cuando por ejemplo, se inventa hoy una máquina en Inglaterra son lanzados a la calle incontables obreros en la India y en China y se estremece toda la forma de existencia de estos reinos”[1]. Este es el problema de la automatización, es decir, la sustitución del hombre por la máquina debido a que ésta puede realizar su trabajo. Es lo que sucede hoy cuando se innova en un hardware o en un software en una compañía del Primer mundo, ocasionando a su vez, miles de despidos de trabajadores, no sólo en su mismo país, sino en los países de la periferia donde explotan a la mano de obra, pero que ahora, gracias a la innovación, simplemente, los privan de los medios de subsistencia. Esto sucede todos los días en todo el mundo. De ahí que hoy contemos con más de 200 millones de desempleados, millones de subempleados y millones de seres en el planeta sumidos en la miseria, cifras tendientes aumentar exponencialmente en las próximas décadas.

 

Desde los románticos alemanes, desde el mismo Rousseau que sabía que las instituciones eran las que producían la desigualdad entre los hombres; desde el mismo Baudelaire que comprendía que el progreso técnico no significa necesariamente progreso espiritual y humano, estas verdades son bien sabidas. Lo interesante del pronóstico de Marx es que afirme también que el fenómeno “estremece toda la forma de existencia de estos reinos”, es decir, en el caso de hoy, el desempleo estremece la vida de millones de personas, no ya en el reino, sino en la “aldea global”. Si bien Marx estaba de acuerdo con el crecimiento de las fuerzas productivas a nivel global, lo cual era necesario para la  instauración de la sociedad comunista universal, Marx también sabía que el objetivo de ese crecimiento era la realización personal. Por eso, cuando existiera suficiente riqueza y se aboliera la necesidad material, el hombre podía vivir en una sociedad donde el trabajo se convertiría en una “actividad personal” libre. En esa sociedad no se tiene una profesión obligatoria. Si a la persona le da la gana puede ser pescador, cazador, pastor o crítico[2]. Lo importante es que la sociedad le permita desarrollar su individualidad, su pluridimensionalidad humana. Por eso en Marx la actividad libre que sustituye al trabajo alienado no es ese esfuerzo laborioso y penoso. Es la mediación entre el hombre y la naturaleza que le permite a cada uno potenciarse, alcanzar su riqueza espiritual. Es una actividad que implica el goce; es la autorrealización de cada individuo. Esto es claro en los Manuscritos de 1844[3], donde además nos recuerda que “el hombre necesitado, cargado de preocupaciones, no aprecia [está impedido para apreciar, D.P] el espectáculo más hermoso”[4].

Todo esto nos debe llevar a pensar en la situación actual. Hoy hay suficiente productividad y alimentos. La riqueza material de la sociedad actual puede perfectamente permitir que se elimine la necesidad de millones de personas, que se elimine la escasez. Estamos en una época donde la automatización  y la tecno-ciencia pueden producir la “sociedad del tiempo libre”, tal como ya lo postulaba Marcuse el siglo pasado en libros como El hombre unidimensional y Eros y civilización[5]. Eso implica, como lo apuntaba Charles Fourier, que el trabajo pueda ser convertido en juego y gratificación. Pero eso no se hace porque atentaría contra la ganancia que produce el capitalismo y que monopoliza unos pocos en el mundo. Tampoco se hace porque implicaría por lo menos tres cosas. La primera, la disminución de las jornadas de trabajo. En realidad, concebir al hombre únicamente como un ser trabajador y consumista (que no fue el caso de Marx) es una actitud miserable. El hombre no necesita laborar 8 horas diarias ni atiborrarse de cosas. En cambio, puede laborar dos o tres- como lo proponía Paul Lafargue- y dedicar el resto del día a su crecimiento, al deporte, al arte, la lectura, la creación, etc. Pero eso requiere tener sus necesidades básicas satisfechas y es aquí donde se necesitaría la segunda medida: la redistribución de la riqueza, es decir, la apropiación pública de “lo común” tal como se plantea hoy en la filosofía del filósofo italiano Antonio Negri. Eso no implica hombres iguales. Todo lo contrario. Implica que la diversidad de la riqueza humana se materialice. En tercer lugar, se requiere, como lo postulaba Marcuse: “la negación de la necesidad de una producción despilfarradora y destructiva, inseparablemente atada a la destrucción”[6], lo cual supone, correlativamente, que la población global actual modifique sus hábitos de consumo, su relación con la naturaleza, sus costumbres y su noción de lo que significa el desarrollo y el progreso humano. Si no somos conscientes de la necesidad de estas transformaciones radicales en la civilización, con toda seguridad tendremos que afirmar con Marcuse que: “El más alto desarrollo de las fuerzas productivas coincide con el más alto grado de opresión y de miseria”[7].

El desempleo es, en estricto sentido, una consecuencia de la lógica técnico-científica de las sociedades de nuestro tiempo; el trabajo físico, alienado está en cuidados intensivos gracias a la tecno-ciencia y sus desarrollos, tal como lo planteó Jeremy Rifkin en su libro El fin del trabajo (1995). La reducción de las horas de trabajo, pagando salarios dignos, puede generar más empleo, pero a largo plazo, al seguir creciendo la demografía mundial, el problema seguiría siendo el mismo. Por eso es necesario tener en cuenta lo que plantearon Marx, Fourier, Marcuse, entre tantos otros. Aquí la utopía tiene cabida, pues ésta no es más que- como dijo Ignacio Ramonet, “una verdad inmadura”. Si no nos “perturbamos” frente a lo que sucede, si no buscamos soluciones a largo plazo, tendremos que seguir escuchando a los políticos prometiendo contradicciones e imposibles; tendremos que seguir escuchando a los economistas, técnicos y demás engendros de esa zoología darwiniana puesta al servicio del capitalismo diciendo las mismas sandeces que no solucionan nada a nivel estructural. Si no lo hacemos, con toda seguridad la historia nos lanzará encima una sociedad eugenésica, jerarquizada, con el 75% de la población convertida en desechable- como vaticinaba ese genio de la imaginación José Saramago-; y, sin duda alguna, más represiva.

[1] Karl Marx, “La ideología alemana”, en: Marx y su concepto del hombre de Eric Fromm, México, Fondo de Cultura Económica, 2011, p. 220.

[2] Ibíd., p. 215.

[3] Eric Fromm, Marx y su concepto del hombre, Op. Cit.., p. 51-53.   

[4] Karl Marx, “Manuscritos, en: Ibíd., p. 142.

[5] Damián Pachón Soto, La civilización unidimensional. Actualidad del pensamiento de Herbert Marcuse, Bogotá, Ediciones Desde abajo, 2008, p. 144 y ss.

[6] Herbert Marcuse, “La rebelión de los instintos vitales”, en: Ideas y  valores, No. 57-58, Bogotá, Universidad Nacional, 1980, p. 15.

[7] Herbert Marcuse, Razón y revolución, Madrid, Altaya, 1994, p. 304-305.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.