El día que conocí a Julio Cortázar 1

Es un texto que se escribió hace algunos años, tiene tres partes y es un gusto poderlo tener de nuevo, con correcciones, con ajustes y con las partes listas para publicarlas en los siguientes días. Hablar de Cortázar es un placer y más, esta breve historia de un individuo que quiere conocerlo como es, como se conocen a las personas que se admiran.  

cortazar-Boulat

 

A Gabi, por ser la primera lectora

Un conocido suyo me dijo que estaba en el café de la Rue du Cherche- Midi y allá llegué a buscarlo pero no lo encontré. Decidí sentarme y tomar algo, llevo dos semanas buscándolo y nada que puedo dar con su paradero. Muchos me han dado direcciones o lugares donde frecuentemente está pero cuando llego, otro me dice que ya se ha ido. ¿Encontraré a Cortázar? En una ciudad como París es difícil encontrar a alguien. Sus calles gigantes y su movilidad constante, lo envuelve a uno hasta el punto de no querer salir de los cafés, de no perderse de esa atmósfera intelectual que te invade por completo.

Entré hasta la mesa del fondo, pedí un buen whisky; habían unas tazas de café y unas servilletas sucias, hace poco algunas personas dejaron el lugar porque las tazas aún permanecían tibias y las servilletas se veían húmedas. Una linda chica se acercó y limpió la mesa, recogió las tazas y se fue, en su partida se cayó una servilleta mal doblada, en ella se visualizaba algo escrito en esfero, la recogí como un documento sagrado, como la sensación de saber que era una pista, algo que me serviría para mantener la ilusión. “entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena flores o de peces”. Era como caer en los tiempos perfectos de un jazz, como dejarse empujar por las notas en el pentagrama, suave y delicado como un contrabajo.

Tomé mi whisky y salí de inmediato, encendí un cigarrillo y la profundidad de las calles me generaban un vacío en el pecho, como un vértigo al cruzar por un puente delgado y maltrecho. No sabría dónde buscarlo ni mucho menos para dónde tomar rumbo. Fumé un poco y me concentraba en los lugares donde podía estar Julio, pero era imposible, por más que recordara las indicaciones de los unos y los otros, París es tan inmenso que no hay forma de abarcarlo con el pensamiento. La gente camina y camina y yo, en medio de la acera, sólo me restaba hacer lo mismo. Llegué a un pequeño quiosco, compré el periódico y leí un poco más por angustia que por querer saber de mí país. De repente, sentí una mano en mi hombro y un saludo muy fraternal, era Roberto-Michel, el franco-chileno que con su cámara andaba por ahí buscando un buen ángulo.

Nos conocimos en la casa de Norberto Allende, él trabajaba en aquel entonces en la traducción al francés de: El tratado sobre recusaciones y recursos. Ese día fue a pedir algunas consideraciones a Allende sobre la traducción de su libro, allí bebimos un poco y hablamos de varios temas entre políticos y literarios. Lo conocí y me pareció un tipo amable, aunque con un misterio en su voz, en su mirada, algo que no supe descifrar. Me saludó y nos sentamos en la silla de madera de un gran parque y le conté que andaba en busca de Julio y soltó la risa, lo miré con seriedad y le pregunté:

  • ¿Por qué se ríe?
  • Buscar a Julio es complicado pero no imposible, es trabajo complejo. Pero no te alteres. Él se encuentra en la Rue Monsieur-le-Prince, pero es mejor que lo hagas mañana.

Tomamos unos tragos y recordamos varias cosas de Chile, Argentina y Colombia, lugares en los cuales estuvimos alguna vez y recordamos con mucha nostalgia. Ya sabes como funcionan estas cosas del extrañamiento, del ser un poco Ulises.

En la mañana estuve escribiendo un poco, debía entregar una crónica al periódico que hace quince días no me envía dinero y estoy sobreviviendo con lo que gano gracias a unos artículos para un diario parisino. Me tomé mi tiempo, tenía la leve intuición que podía encontrar a Julio a eso de las cinco de la tarde. Leí un poco y tomé algunos apuntes que me parecieron necesarios para mi libro. Es complejo escribir fuera del país, hay tanto que contar, que organizar ideas se vuelve un trabajo de archivador.

Llegué a eso de las cuatro de la tarde a la Rue Monsieur-le-Prince, con la emoción de encontrar a Julio decidí llegar temprano para estudiar un poco sus movimientos, quería ser yo quien lo encuentre y no él a mí. El sonido de un saxofón me llamó la atención fuertemente, era un hombre alto, color negro y con una melodía inconfundible. Sí, era Johny, lo supe a lo lejos y lo confirme cuando sentados en unas sillas de madera, vi a Bruno y a Dédée como siempre, cerca de Johny, cuidado sus locuras, sus descuidos, su vida… Me acerqué con precaución y escuché un poco, me dejé llevar por su melodía y disfruté de sus movimientos, sudaba bastante y no era por el sol, pues hace una semana que en París el cielo está nublado. El pobre Johny, una vez más no se encuentra bien.

Al terminar su presentación, sacó las monedas del estuche del saxofón y  no las contó, se las entregó a Dédée, me miró fijamente y me dijo: “sé qué buscas y aquí no está”. Solté un suspiro de nostalgia, pero de inmediato respondió: “ve al Quai de Conti, allá seguramente encontrarás algo”. Inmediatamente se metió Dédée a la conversación: “no hagas caso, Johny está muy mal y no sabe lo que dice”. Se alejaron sin despedirse, caminaban a paso lento y yo, me senté en la misma silla donde estaba Bruno, miraba un poco el parque y quedé con la inquietud si era posible encontrar a Julio.

 

 

 

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