Un caso particular: la conciencia y el sueño

Esa gravedad que no perdona, que todo lo arrastra: al cuerpo envejecido, al animal enfermo, a la flor marchita; esa gravedad que nos llevará al sueño último: la muerte, la fusión total en la oscuridad, en la ausencia plena de la luz…

conciencia

Todo nacer es darse a la luz; al igual que todo despertar. En cada uno de estos eventos la luz se posa sobre nosotros; sentimos que nos violenta un poco. Y es así como lentamente se da el despertar de la conciencia, aquella que se va formando a medida que la infancia se desplaza lentamente hacía la adolescencia, la madurez y, finalmente, la muerte, pues en La infancia la conciencia es una tabula rasa, sin nada grabado sobre ella; si acaso lo que Jung llamó el inconsciente colectivo. Y como todo lo vacío debe ser llenado, la conciencia empieza a recibir datos de las vivencias diarias. La realidad empieza a posarse sobre ella; una determinada visión de la realidad incrustada por nuestros padres, la educación y las circunstancias.

Y lo que antes era vacío, tiene ahora dentro de sí unos contenidos apresados. Éstos empezarán actuar conscientemente cuando la conciencia tenga noción de su propia existencia, cuando ella pueda decir: yo existo; ese yo que es un algo, un alguien en permanente búsqueda, un yo que se reconoce como “salido”, como abierto al mundo. Es en este momento cuando la inocencia que acompaña a todo nacer y a todo despertar ha desaparecido para siempre, pues la inocencia es lo único que sólo se tiene una vez y se tiene cuanto más cerca se está de la oscuridad. Pues la luz suele manchar todo con su resplandor; la luz permite el conocer y el conocimiento es pérdida de la inocencia, amiga íntima de la ignorancia sobre las cosas. Por eso la inocencia nunca se recupera. Su anhelo es sepultado con la muerte, la cual arrastra la conciencia manchada hasta la oscuridad de la cual algún día brotamos como semilla dispuesta a darse al sol.

La conciencia es una especie de faro que brota desde la oscuridad; emerge a la luz y busca, registra el mundo; es la guardiana de la vigilia, aunque se puede estar despierto con la conciencia pasmada. Y la suspensión de la conciencia suele estar asociada a la calma, la impavidez, la tranquilidad, tal como se puede estar bajo el efecto de ciertas drogas: un estado donde el vivir registra los estados mismos de la conciencia, cuando ella misma parece desvanecerse en la vigilia en un río de estados, de sensaciones. Pero en otros casos, la conciencia es atención, esa forma activa en que el hombre está sobre las cosas, posado sobre ellas; también cuidándose de todo lo que rodea. En  este caso, el exceso de conciencia tensiona al hombre, lo pone en guardia con aquello en lo cual está sumergido: su mente, su cuerpo. Es la conciencia expectante, cuidadosa; la conciencia que no parece descansar y que intenta preverlo todo; trazar un camino seguro para desplazarse hacia el horizonte que parece halarnos y extendernos su camino; un horizonte que tal vez nos llama.

La vigilia, gracias a la atención que la suele acompañar la mayoría de veces, produce cansancio, implica un desgaste de la energía corporal. Y así, la fuente de esa luz, la fuente de la conciencia, la raíz de ese faro luminoso, empieza a debilitarse. Y entonces, la conciencia se queda sin energía de donde abrevar, se debilita. Es este estado en el que la conciencia “quiere” volver a la oscuridad de la cual salió en algún momento, ya no tiene fuerzas y suele entregarse, entregarse a la atracción que la hala. Y es ahora, cuando el cuerpo débil, depositario de la conciencia, busca también el reposo. Sin embargo, la conciencia parece resistir, no quiere perderse, no quiere irse, ni regresar a su fuente (con excepción de aquél que busca el sueño deliberadamente). La conciencia, suele, entonces, intentar mantener al cuerpo atento, colaborando a su labor escrutadora de la realidad toda. Es aquí cuando aparece al sueño, esa forma que tiene el cuerpo de vencer a la conciencia, de arrastrarla a la oscuridad y llevarla al reposo. El sueño es una manifestación de la falta de atención, de abandono de la luz y del deseo de sumergirse en la oscuridad a la cual tiende. Y así, por más que la conciencia se esfuerce, intenta mantener tenso al cuerpo, atento, el sueño acompañado de esa fuerza propia que es la gravedad la arrastra, la somete y logra apagarla.  Y tal apagamiento no es más que la derrota inevitable de la conciencia, de su pretensión de registrarlo todo contra el cansancio natural del cuerpo débil, sin energía. Esa derrota es más rápida y segura cuando se acompaña de alcohol, pues éste ayuda a adormecer la atención, la debilita. El alcohol se torna así amigo de la gravedad. Y de esta forma, ambos, cuerpo y conciencia, cuando han sido vencidos por el sueño, por esa especie de gravedad que arrastra la atención  de la mente y la tensión muscular, se funden en uno sólo y se entregan a la oscuridad renovadora. La luz se ha ido, la conciencia se ha apagado, el sueño ha vencido y nos entregamos al descanso, al relajamiento o,  quizás, a los sueños y sus pesadillas. Y estos sueños producidos en el dormir, no son más que el producto de un yo que revoletea en la mente, un yo que vive de otra energía: la psíquica.

Después, la conciencia amanecerá como un nuevo día, saldrá de nuevo a la luz, buscará acomodarse a ella, acomodarse a los lugares, acomodar al yo aún somnoliento en el tiempo y en el espacio… Durará un buen tiempo en el río de la vigilia, escrutando, registrando, para luego ser vencida de nuevo por el sueño, por la gravedad… Esa gravedad que no perdona, que todo lo arrastra: al cuerpo envejecido, al animal enfermo, a la flor marchita; esa gravedad que nos llevará al sueño último: la muerte, la fusión total en la oscuridad, en la ausencia plena de la luz…

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