LA ESPOSA [cuento corto]

Los cuentos cortos de Patricia tienen el don de la persuasión. Son puntuales y letales, siempre la palabra justa en la acción justa, es un nocaut.  

 

Dormía plácidamente mientras lo observaba, 30 años a su lado y cuántos martirios, infidelidades y la caricia más larga que él le propinaba, era con sus fríos puños.  En una ocasión, una madrugada mientras llovía, estando en el carro tuvieron una discusión, sus tres hijos estaban atrás y vieron cuando su padre bofeteaba a su madre, ella desesperada salió del vehículo y corrió. Él se fue detrás y al regresar al vehículo, un sacerdote consolaba los niños, atendió las heridas de la esposa y luego llamó al padre para reprenderlo por semejante maltrato.

En su memoria, tal recuerdo vino como una mariposa y ahora, su relación era distinta, pues él ya no tenía salud y quizás voluntad para continuar como habían vivido. Ese día salieron hacer una diligencia, al regresar al carro, su esposo tuvo otro ataque y comenzó ahogarse, ella rápidamente lo metió al carro y comenzó andar.

– Tantos años Ignacio – musitó-. Y yo en estas. Quizás era mi destino. ¿Cuántas de tus amantes están aquí para salvarte cómo lo he hecho yo durante tu enfermedad? – apago el carro y lo miró. – Tenía que ser yo ¿verdad?, justamente yo la que estuviera sentada aquí para salvarte una vez más, mientras tú jamás me defendiste de mis años de dolor, tú eras mi agonía, mi enfermedad y nunca tu consuelo me amparó.

Él la observa comprendiendo que lo dejaría morir, entendió su venganza y levantó la mano para buscar una vez más que lo ayudará, con la esperanza en el último aliento de sus dedos. Observó la sonrisa y postura tranquila de su esposa y comprendió que todos esos años de angustia, solamente moldearon a una mujer fría que ha visto ir y venir a la muerte sin asustarse.

-Sarah…-. Musitó, pero no podía hablar, él quería decirle que lo sentía, que ninguna mujer le había ofrecido una compañía tan valiosa como la de ella y que quizás no la salvó del dolor porque también estaba sumergido bajo el mismo verdugo. La ira que concentró durante años era un caballo salvaje que intentaba domar pero lo único que consiguió fue herir a quien le había servido con tanto amor. Sin embargo, la salvaría, si lograba sobrevivir esta vez, borraría una a una las mariposas que se posaban dentro de su memoria. La miró por última vez suplicando una oportunidad más, pero ella hace un gesto negativo y le dice:

– No Ignacio, a mí no me pidas ayuda en algo que yo no sé, esto no es cómo hacer el tinto-. Le dijo devolviéndole una cálida sonrisa, mientras pitaba con desespero para que los médicos del hospital lo auxiliaran.

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