Redes sociales, fanatismo y política en época preelectoral

Vivimos un renacer del fanatismo y del fascismo en todo el mundo. Al parecer, la erosión de los valores que produjo la mal llamada posmodernidad, desembocó en la vuelta a las intransigencias ideológicas de las tres primeras décadas del siglo pasado, que produjo la muerte y las masacres que todos conocemos.

En épocas de elecciones, decía Luis López de Mesa, Colombia se vuelve un país camorrero. Con esto, el maestro antioqueño hacía alusión a la tendencia histórica que tienen los partidos de azuzar peleas entre los colombianos en época pre-electoral. Éstas prácticas eran propias de tiempos en que existía una adscripción hereditaria a un partido, de tal manera que también los odios se heredaban. Y si bien hoy estamos- nominalmente- en un país pluripartidista, esos odios se siguen reproduciendo, ya no por herencia, sino por estrategia política y utilizando las redes sociales como herramienta.

Recordemos que a comienzos del siglo XX, con el auge del periódico, la radio y la propaganda, en la Alemania pre-nazi, el filósofo Oswald Spengler sentenciaba: “La prensa es hoy un ejército con especialidades cuidadosamente organizadas; los periodistas son los oficiales y los lectores son los soldados”. Hoy bien podríamos decir que “las redes sociales” son un ejército; los políticos, los “oficiales”, y los fanáticos seguidores, los “soldados”. El político, usando Facebook o twitter,  señala y arrea a su séquito contra el adversario o el enemigo. Es exactamente lo que hace Álvaro Uribe con el uso de la red social Twitter, donde de manera obsesiva y la mayoría de las veces faltando a la verdad, evitando dar razones, acudiendo a la injuria, la calumnia y la criminalización de todo aquél que no piense como él, se despacha contra sus inermes víctimas, poniendo, en muchos casos, sus vidas en peligro. Pero no sólo él lo hace. Hemos visto como de mala fe otros sectores políticos usan las redes para subir fotos y videos falsos, para propagar odios y para tergiversar contenidos del oponente. Interesan los votos, no la verdad; el triunfo, no los medios; la difamación, no las ideas. Impera el dogmatismo, no la crítica; la irresponsabilidad de lo que se dice, no los argumentos; el exceso, no la mesura. Es el extremismo propio del fanatismo.

Este matrimonio, o mejor, este trio entre los políticos, las redes sociales y sus fanáticos han creado un coctel peligroso para la democracia del país: lo que impera es el insulto, el oportunismo, las manifestaciones de violencia, el ataque personal, la ignorancia atrevida, el delirio de persecución, la arremetida insensata contra el otro. Es una política del señalamiento y la macartización; es la explotación de los miedos sociales, la inculcación del terror psicológico, creando espumas de verdad y vendiendo mentiras. En este proceder no hay ningún compromiso moral con la verdad, sólo con los útiles réditos. El resultado es la creación de identidades donde “unos son los buenos” y los otros, los diferentes, “son los malos”. Es la típica concepción de la política como la relación amigo-enemigo, legado que dejó al autoritarismo hispánico el devoto Donoso Cortes y acogió, luego, para la Alemania nazi, el célebre constitucionalista Carl Schmitt.

Lo peligroso del asunto es que éstas técnicas están alimentadas por los neo-fanatismos. Éstos no sólo se difunden por las redes, llevando a la acción directa, y al ataque físico y verbal del oponente, sino que se reproducen así mismos. Son las actitudes de las sectas cristianas y evangélicas que se manifestaron contra la supuesta cartilla homosexualizante de Gina Parodi, contra el proceso de Paz en la denigrante campaña del No en el plebiscito del negro dos de Octubre de 2016; o las hordas que pisotean una camiseta que contiene el logo del nuevo partido de las FARC, tal como se vio en días pasados en Medellín.

Vivimos un renacer del fanatismo y del fascismo en todo el mundo. Al parecer, la erosión de los valores que produjo la mal llamada posmodernidad, desembocó en la vuelta a las intransigencias ideológicas de las tres primeras décadas del siglo pasado, que produjo la muerte y las masacres que todos conocemos. Ese fanatismo “autómata y mecánico” está al vaivén de los intereses políticos y revelan el fondo bestial del entusiasmo de todos aquellos que le temen a la diferencia y a la diversidad. Ese fanatismo es azuzado por el político carismático, el patrón de turno, la personalidad autoritaria y narcisista, que ve en el accionar de las masas una extensión de su poder y de sus delirios.

El fanatismo actual es un producto de la unión de la política y de la religión. El resultado ya lo conocemos. Como sostuvo el filósofo colombiano Darío Botero Uribe: “Los credos religiosos y los partidos políticos, han derramado más sangre a través de la historia que cualquier otra causa”. De seguir así, es el futuro que le espera a Colombia, justo en un momento donde una gran parte de colombianos nos ilusionamos con la paz, y queremos pasar la página de la violencia para intentar construir otro modo de vivir, de convivir.

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