Un día de estos [Crónica]

Luego llegaron las convulsiones, llegó la muerte exagerada de neuronas, llegó la parálisis, entró al quirófano. Perdió la movilidad, perdió el habla, perdió la fuerza.

Algún día

A papá hace tres años le habían indicado que si no se cuidaba, podrían operarlo de la próstata. El otro riesgo era que adquiriera un cáncer, cosa que suena peor. Los años pasaron y como lo pensé, lo terminaron operando por un descuido tonto e irresponsable. La intervención salió perfecta y en la noche, a eso de las 10, mi padre estaba en una habitación en el piso once con una vista que llena de emoción a los que llevan a Bogotá en el corazón.

Cuando ingresé a la habitación para saludarlo de nuevo y que se diera cuenta de que estuve todo el día esperándolo, descubrí que su compañero de cuarto estaba muy mal. La recuperación de papá es lenta, perdió mucha sangre y la anemia no se hizo esperar. El señor 1, el paciente compañero, está postrado en la cama, parece que lleva tiempo sin abrir los ojos, sin moverse. Mi consideración a simple vista: está en coma. Su esposa es una mujer quizás de 45 o 48 años, carismática y muy amable, de aspecto joven y a simple vista, nadie determinaría que lleva más de diez años cargando tremenda cruz.

Son las once de la mañana y hago la fila para pedir la ficha. He venido con mi madre en el Renault Logan negro de mi papá. Desde que se enfermó no he hecho otra cosa que manejar cada vez que puedo y creo que es importante. Hay otra fila para tomar el ascensor, el celador encargado, se acerca a cada uno de los visitantes y pide que le mostremos la ficha, una especie de pasaporte para poder viajar por el ascensor y visitar al ser querido. Vamos hasta el piso once, las puertas se abren en cada piso seleccionado, se bajan personas y suben otras, es un constante ciclo. Hemos llegado al piso de papá, caminamos un poco desorientados, no recordamos bien los pasillos de  la noche anterior, dura poco la duda, llegamos a la habitación 11-22, allí está ella, sentada en una silla de espaldar alto y de un material parecido al cuero, ha pasado la noche ahí, con la incomodidad infinita de un centinela. Así lleva ocho días, nada comparado a la vez que vivió tres meses en este Hospital.

Entró al ejército en la línea de suboficiales, su grado: Sargento Mayor. En 2007 le descubrieron una masa cancerígena en la cabeza que obligó después de su extracción, quimio y  radioterapia. Convulsiones y pérdida de memoria fueron las primeras consecuencias de un paso a paso a un calvario que terminaría en una muerte neuronal.

A un año de adquirir la pensión, el paciente 1 ya alejado de la vida militar, le tocó jugársela toda por una tutela que le diera por derecho una pensión que mal o bien, se la ganó con dedicación. Hablar del logro de la pensión también es hablar del trabajo de su esposa, ella, que desde que descubrió que su vida había cambiado para siempre, se echó encima la obligaciones de la casa, la educación de la hija de 9 años y la formación de su hijo de 15 que aún no entendía muy bien que era lo que pasaba ni lo que se venía. Ella, la esposa, presenció los deslindes de significado y significante que su esposo sufría a diario. Ella que lloraba en silencio, esperaba que fuera cuestión de tiempo y que los tratamientos fueran efectivos para encausar su vida en el tramo en el que se embarcó cuando le dijo sí en la iglesia a un hombre que no paraba de reír.

Primero entonces, fue el olvido de las cosas simples, el control del televisor, el esfero o la agenda, esas cosas tan comunes terminaron siendo el martirio de su existencia. El no poder nombrar las cosas, el no poder reconocerlas ni señalarlas con el dedo como lo haría José Arcadio Buendía cuando llegó la peste del insomnio, lo convirtió en un hombre extraño para él mismo, para el mundo.

Luego llegaron las convulsiones, llegó la muerte exagerada de neuronas, llegó la parálisis, entró al quirófano. Perdió la movilidad, perdió el habla, perdió la fuerza. Su esposa, un héroe de verdad, se enfrentó al Hospital, al miserable sistema de salud, con abogado abordo logró que le dieran el medicamento para evitar las convulsiones; pañales, el alimento que viene en un pote que se conecta directo al estómago para cubrir la alimentación necesaria. El oxígeno y otras cosas para mantenerlo con vida, aunque escuchara constantemente que no había nada que hacer.

Una tercera operación rompió por completo las ilusiones. Ya en estado vegetativo, los doctores fueron claros: “una convulsión más y no hay reanimación”. El paciente 1 está a la deriva de la suerte divina, de la paciencia de su esposa y su hija que ya tiene la edad para cuidarlo y relevar a su mamá en el siguiente turno con la silla de espaldar alto y material que se parece al cuero. Su madre ha conseguido una camilla hospitalaria, el paciente 1 ha salido con traqueotomía, las venas están destruidas por los tratamientos, se ha ido para su casa a la merced de su héroe, de su hija y de su madre. Su madre estuvo día y noche con su esposa padeciendo el dolor inmenso que es ver a un  ser querido así, pero mientras los ojos se fijaban en el paciente 1, la madre moría de apoco. A los quince días después de dejar a su hijo en una cama hospitalaria, con un respirador artificial y con la certeza de que todo era cuestión de tiempo, murió.

El tiempo que pasó tan fugaz y rompiendo todos los pronósticos médicos, el paciente 1 seguía con vida, con esa vida que está en abrir los ojos y mover la boca como un acto de reacción tal vez involuntario de vez en vez. Muchas veces esas reacciones concuerdan cuando le hablan y cuando extraen flemas de sus pulmones con una manguera que entra por su traqueotomía. La mañana del 3 de enero todo fue confusión. El paciente 1 empezó a tener fiebre y un nivel alto de glucosa, la ambulancia que llegó a la residencia ubicada en Suba, lo recogió para llevarlo de Urgencias de nuevo al Hospital Militar Central. Una infección en su traqueotomía obligó al sistema inmunológico a reaccionar y combatir a los enemigos que amenazaban con adelantar el momento fatal.

Después de estabilizar y empezar a controlar la situación, el paciente 1 fue llevado al piso 11, habitación 22, ocupó el puesto 1 y durante ocho días, vio desfilar a tres pacientes que lo acompañaron de forma esporádica antes que mi papá llegara el 11 del mismo mes a hacerle compañía por cuatro días.

Conocí la historia de forma accidental pero no desinteresada. Me había llamado la atención el paciente 1 no de forma morbosa, sino curiosa narrativa, si se puede acuñar el término. Papá salió del hospital el lunes 15, la esposa del paciente 1 seguía turnándose con su hija cada 24 horas mientras el hospital aceptaba el cambio de traqueotomía para evitar en el futuro otra infección, la lucha estaba difícil, pues como pasa en Colombia, los pacientes que ya no generan un “reto” o interés para los médicos son dejados a un lado, de últimas para realizar los procedimientos. Sin embargo, ella, su héroe, estaba ahí a su lado y él lo sabe, esperando juntos el último paso para volver a su casa y seguir esa vida de cuidados intensivos, de cuidados excesivos que no son un capricho sino una necesidad. Por más triste y desolado que sea el diagnóstico, seguirá hasta que Dios, como dice ella, se lo quite, pues ruega todos los días para que el todo poderoso siga manteniendo con vida a su esposo.

 

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