El día que conocí a Julio Cortázar 2

Aquí está la segunda parte del texto que narra el día que conocí a Julio Cortázar. Un buen lector del escritor argentino lo encontrará primero que el personaje que narra esta historia. 

Fueron más de tres horas esperando a que Julio apareciera. Las aguas inquietas del muelle son movimientos desolados y tristes. No sé quién estaba más triste, si el hombre que buscaba de un lado a otro desesperado una moneda, tal vez una hoja importante que el viento arrastra con delicadeza o yo, que sigue impaciente buscando a Julio sin poder tener suerte para verlo aunque sea de lejos. La noche se acerca, no hice otra cosa que esperar sentado, de pie, contra la pared y con la cara expuesta al cielo azul claro, como si fuera un cielo perfecto, que incluso lo es, pero no para mí en este momento, no para mis intenciones.

Siento frío y es que pasa eso en París, te sientes bien con el clima y luego todo cambia y te golpea de pronto un frío doloroso, de ese que recala en los huesos y no tienes otra opción que ajustar el abrigo, apretar fuerte para que esa sensación no te acabe de repente. Caminé porque no había nada más que hacer, el hombre se fue y luego, una hora después o tal vez más,  lo volví a ver. Caminaba directo al Quai de Conti, seguía un poco desesperado y su paso ligero lo hizo perderse por una esquina oscura que dirige al muelle. Yo caminé con la cabeza agachada, peleando con algo que no estaba, que no era visible pero que me molestaba, ahí, justamente en la cabeza. Un café de la Rue des Lombards aún permanece abierto, es como un salvavidas entre tanta tempestad. Entro y al fondo hay una mesa que me gusta, me gusta porque es redonda y está limpia, porque desde allí puedo mirar la calle, a la gente que aún camina por ahí con afán de llegar a sus casas. Yo no tengo afán, la duda me persigue y es desgastante pensar que ya no se puede, que no logré encontrarlo y me pregunto: ¿Valdrá la pena?

Madame Léonie es una mujer de sesenta años, lo deduje por su caminar y su cara. Alistaba sus cosas para irse, se acercó a mi mesa y me pidió la mano, la entregue como quien se resigna a su destino, a un mundo perdido que ya no vale la pena conocer. “La vida es corta para quien espera demasiado”. La mujer que ahora enciende un tabaco y deja mi mano sobre la mesa, con la palma bocarriba, bota su humo entre mis dedos húmedos por el frío o por el miedo ¿Quién lo sabe? Nadie me había leído la mano y la verdad es que no creía en esas cosas. “Todos los fuegos el fuego, todos los hombres el hombre”. Y cerró mi mano y me miró fijamente: “hay que volver al muelle”. La mujer se fue, aún fumaba el tabaco y yo con el café sobre la mesa no tuve otra opción que irme, caminar de nuevo al muelle a buscar algo que no había entendido, a creer una vez más que era posible encontrarlo. El hombre no es otra cosa que una maleta llena de esperanzas y sueños, algunos ya caducados y otros tan lejanos se convirtieron en una motivación más no serán un fin.

Allá aún estaba el hombre que ya resignado miraba las aguas tranquilas que golpean suavemente al muelle. Sin más opción me acerco para romper su silencio con mi obsesión.

  • ¿Ha visto usted a Julio Cortázar?
  • Le digo si usted me dice ¿Dónde está la Maga?
  • No sé quién es la Maga.
  • Bueno, yo no le puedo decir si usted no me dice.
  • Pero es injusto, yo no conozco a la Maga y no puedo ayudarle, en cambio usted sí sabe en donde está Julio y no me quiere decir.
  • Mejor acompáñeme a unas copas y le cuento algunas cosas de Julio.

Llegamos a su departamento, un lugar grande, con dos habitaciones. Allí había otros tipos, tomaban licor, quizás un whisky o vino. No lo sé, yo solo tomé cerveza de un barril pequeño, como artesanal. Un tipo está en el tocadiscos, coloca una canción de Jazz e imita con su trompeta la trompeta de Parker y entonces, pensé en Johnny, pensé en ese moribundo. La reunión llevaba un rato de haber empezado, hablaban de todo a la vez, de literatura y lo mezclaban con pintura y luego la música, la filosofía y hasta algo de política, pero luego todos callaban, nadie quería hablar de su país y su miseria de gobernantes. Hablar de Goethe me emociona, entré rápido a la conversación y reímos un poco, el tipo de la trompeta me mira extraño, como molesto, no le gusta mis apuntes, quizás no le gusta mi risa, lo que tomo, mis miedos, mis obsesiones.

La magia se perdió de inmediato, una chica de  aspecto un poco juvenil apareció en el umbral y luego todo fue silencio. Era la Maga, y lo descubrí porque el tipo que me llevó  a su casa quedó petrificado, luego de un buen rato las cosas volvieron a su normalidad hasta que se escuchó la pelea en el cuarto que parecía del nene, una habitación más pequeña que estaba cerrada cuando llegué y que ahora, es el epicentro de una pelea. Él le reclamaba por las horas que duró en el muelle, ella le reclamaba por algo que no escuché bien.

Todo quedó en silencio, uno de los del grupo declaró sin aviso: “Desde la muerte del hijo esto se ha puesto peor”. Al rato salieron y sonreían, como si estuvieran enamorados, como si se necesitaran para siempre. Siguió la conversación entre todos sobre todo. La Maga le dio algo de luz al ánimo del hombre que ahora estaba más activo y siempre volvía su mirada a ella que pareciera no entender nadad de lo que hablábamos. La misma Maga me entrega un papel, está doblado y no me dice nada, simplemente se va para la habitación grande y cierra la puerta. El papel no fue un secreto para ninguno de los presentes, igual, no les importó. Abrí el papel doblado en cuatro partes iguales. “Él no te va a decir nada, siempre hace lo mismo”. En otro tipo de letra la nota terminaba: “Sé que un día llegué a París, sé que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen  y viendo lo que otros ven. Es mejor que te vayas, aquí no encontrarás nada más que un juego de egos estúpidos”. La verdad tenía razón, aunque me sentía bien, era asfixiante por momentos, tanto narcicismo.

Bajaba las escaleras del departamento y en otro piso, un hombre luchaba para que la mujer volviera a su cama.

  • Ya te dije que esta es otra casa, que esta no está tomada.
  • ¿Y quién lo asegura? Ya no podemos confiar…
  • Estás mal Irene, ya pasó, eso fue en Argentina, esto es París, es Francia. Digámosle al señor que entre a la casa y nos diga qué ve, qué oye y qué siente. ¿Podría usted ingresar por favor?

Yo que no entendía bien que era lo que pasaba, entré por ayudar al hombre y porque nunca he podido decirle que no a la gente y menos, a esa mujer que se aferraba tanto a esa escalera sucia y rota. El departamento estaba organizado, limpio y tenía un aroma como a mate. Regresé a la puerta, donde estaba ella sentada mirando hacia adentro, a la sala iluminada.

  • Tiene que creer, el departamento no tiene nada.
  • Usted no sabe que es tener la casa tomada, dominada y controlada por eso.
  • ¿Por qué?
  • Por eso que no nos deja dormir.
  • Vamos Irene, la casa no tiene nada. Ya el señor lo comprobó. Muchas gracias señor.

Salí a la calle y me quedé con la pregunta: “¿Cómo tu casa está tomada? ¿Qué te puede obligar a no vivir en tu propia casa?” Ya en mi departamento, pienso en las palabras de madame Léonie y de la Maga, ahí puede estar la clave ¿pero cuál es?

 

Lea la primer parte: El día que conocí a Julio Cortázar 1

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