MARTÍN HEIDEGGER Y LA CRÍTICA DE LA SOCIEDAD POMPOSAMENTE TRIVIAL

La descripción que hizo Heidegger de la vida cotidiana, en especial su alusión a los fenómenos de la habladuría, la curiosidad y la ambigüedad, pueden ser interpretados como una crítica al hombre dentro de la sociedad de masas regido por la sociedad del espectáculo actual. Es este legado de Heidegger el que explora en este artículo reflexivo.

 

“La publicidad oscurece todas las cosas y presenta lo así encubierto como cosa sabida y accesible a cualquiera”.
MARTÍN HEIDEGGER.

 

El estado cotidiano del hombre.

En el parágrafo 26 de Ser y tiempo Martín Heidegger se ocupa de “la coexistencia de los otros y el co-estar cotidiano”, tema que hace parte de su profunda analítica de la existencia, esto es, de la descripción del ser humano (Da-sein) que está en el mundo, el ser-en-el-mundo. Para Heidegger, el ser humano no es un mero sujeto que está frente a un objeto o conjunto de cosas. No. El hombre, el existente está dentro del mundo y éste lo constituye. Ese mundo es su horizonte de sentido, donde él se encuentra afectivamente y en un cierto estado de comprensión donde el oír es fundamental. Así mismo, en ese mundo el hombre se relaciona con las cosas, con los útiles, los usa, los utiliza. Pero además de estas características, el humano existente está con otros, convive, co-existe. El otro comparece, nos solicita, está abierto, no es un mero objeto o cosa, no es un añadido, por eso el hombre es un ser-con.

No podemos eludir este co-estar con otros, pues somos seres sociales que vivimos dentro de una cultura, tenemos unas costumbres, una nación, un lenguaje. Y si miramos la situación general en que nos empezamos a encontrar dentro del mundo con otros, nos damos cuenta que no nos diferenciamos mucho, pues en el proceso de nuestro crecimiento aprendemos todo del medio, de los demás. En realidad, crecemos imitando como decía el antioqueño Fernando González, somos producto inicial de la imitación de comportamientos, usos, costumbres. Es decir, el estar con otros, con la gente, con los demás, es en realidad el primer estadio en que vivimos. Por eso Heidegger sostiene que: “los otros son, más bien, aquellos de quienes uno mismo no se distingue, entre los cuales también se está”[1].

El hombre, pues, está entre la gente de “modo originario”. Esa “gente” es el público, el “uno” (el Man), lo indiferenciado, donde impera el impersonal “se”. Donde todo “se” me impone, donde cuando uso los medios de locomoción o leo el periódico estoy bajo la dictadura de la circunstancia. Entre la gente “Gozamos y nos divertimos como se goza; leemos, vemos y juzgamos sobre literatura y arte como se ve y se juzga […] El uno (la gente) que no es nadie determinado y que son todos  (pero no como la suma de ellos) prescribe el modo de ser de la cotidianidad[2]. Este es el punto: en la vida cotidiana el hombre está sometido a lo que se dice, se habla, se murmura, se interpreta, se comprende…en pocas palabras, estamos sometidos a la publicidad, lo público. Por eso en la cotidianidad el hombre está nivelado, vive en la medianía, tiene la tendencia a “tomar todo a la ligera y a hacer las cosas de forma fácil”. En este estado no somos un sí mismo auténtico, sino que estamos en una “absorción ocupada en el mundo”. Heidegger sostiene de hecho que éste es nuestro estado original y que el encontrarnos a nosotros mismos no es algo excepcional, sino simplemente una modificación de nuestro modo de ser.

El hombre puede estar en el mundo de dos maneras: la anteriormente descrita que Heidegger llama “impropiedad”, donde estamos perdidos en la Gente, en el “uno”, y el modo de la propiedad o autenticidad donde somos un “sí propio”, que comprendemos el mundo y sabemos de nuestras posibilidades de ser. El estado de la impropiedad o inautenticidad también se conoce como la “caída” y describe, en realidad, al hombre en la sociedad de masas moderna. Al final del parágrafo 34 Heidegger sostiene que él sólo está describiendo dos modos posibles de ser, que su descripción del hombre “entre” la “gente” no es una crítica moralizante ni nada semejante a una “filosofía de la cultura”, sin embargo, lo cierto es que bajo esta descripción meramente ontológica se solapaba una crítica a la sociedad de masas que emergía en los años 20 del siglo pasado con los procesos de modernización, urbanización, el crecimiento demográfico, la irrupción del periódico, la radio, la mayor intercomunicación del mundo, la cada vez más intensa organización de la sociedad y el papel impersonal del hombre dentro de los mecanismos y engranajes sociales. Era algo que la sociología alemana ya sabía, entre ella, la de Georg Simmel y Max Weber. Por eso sostiene Rüdiger Safranski, biógrafo de Heidegger: “La descripción heideggeriana del mundo de la vida impropio tiene una clara relación crítica con la época, aunque el autor lo negara siempre. En cualquier caso, la crítica a la masificación y al crecimiento de la ciudad, a la nerviosa vida pública, al capricho folletinesco de la vida espiritual, desemboca en la descripción de un ser ahí que no vive de su propio ser sino que es vivido por el uno”[3] (la gente).

Por lo demás, “un ser que no vive de su propio ser sino que es vivido”, no es otra cosa que un ser alienado, así el mismo Heidegger, con la astucia de su lenguaje, no lo reconociera y buscara no decir lo que ya Hegel y Marx habían dicho, tal como aparece en el parágrafo 38. Esta afirmación se corrobora si nos atenemos a Gianni Vattimo cuando dice: “la comprensión preliminar del mundo que constituye el Dasein (el ser humano existente) se realiza como participación irreflexiva y acrítica en un cierto mundo histórico-social, en sus prejuicios, en sus propensiones y repudios, en el modo ‘común’ de ver y juzgar las cosas”[4]. De ahí que no reconocerse crítica ni reflexivamente en el mundo en el que el hombre vive y ha sido creado por el mismo, no es otra cosa, pues, que alienación, lo cual no implica que por el sólo hecho de “percatarse” se supere ese estado cultural o social.

Crítica de la comunicación y la sociedad de masas.

En la descripción del estado de “caída” del hombre impropio en su cotidianidad, Heidegger alude a tres fenómenos fundamentales que son herramientas útiles para caracterizar al hombre masificado de hoy: la habladuría, la curiosidad y la ambigüedad[5]. En cuanto a la habladuría, si bien Heidegger reitera que la palabra no tiene en su exposición un sentido peyorativo (o  moral), se refiere a este fenómeno como: “esa repetición y difusión, por cuyo medio la inicial falta de arraigo se acrecienta hasta una total carencia de fundamento”, es decir, lo que se repite en la habladuría es superficial, es una comprensión “a medias” de las cosas; es la “posibilidad de comprenderlo todo sin apropiarse previamente de la cosa”. Así se cierra la vía a una mejor comprensión del mundo dentro del cual estamos, así se se obstruye la posibilidad de una mejor comprensión. Es un estado donde lo que se repite y lo que se difunde públicamente, impide la discusión y la interrogación; donde los contenidos se dan por entendidos, pero donde realmente no se ha entendido nada, por eso es que hay un desarraigo o un desprendimiento frente a la cosa de la cual se habla. Así es la vida cotidiana actual. En ella no se cuestiona, no se crítica nada por el hombre masa, “se come entero” todo lo que circula gracias a la publicidad y al bombardeo mediático.

Por su parte, la “curiosidad”, una palabra en sentido positivo relacionada con el origen mismo del conocimiento y el deseo de saber, en la descripción que hace Heidegger del hombre cotidiano en medio de la publicidad, adquiere un sentido negativo. En su análisis, la curiosidad tiene que ver con la “tendencia al ver”, con la primacía de la vista en el mundo occidental, de la prelación que tiene la visión como forma de percibir el mundo en desmedro de los otros sentidos. El problema aquí es que el hombre busca sólo dejarse llevar por el aspecto del mundo y esto implica que no se detiene a comprender lo visto, sino que desea “ver por ver”, tan sólo ver. De ahí que “si busca lo nuevo, es sólo para saltar nuevamente de eso nuevo a otra cosa nueva”, es abandonarse al mundo, dejarse poseer por él. Ese exceso de curiosidad es lo que José Gaos llamó “afán de novedades”. El hombre quiere lo nuevo, se deleita con lo recién aparecido, lo recién venido y en esa esquizofrenia curiosa por todo, no se detiene en nada, no mora en nada, no se para a analizar y tratar de comprender las cosas…no se demora en el ente, en los objetos y problemas que hay en su mundo y que le pasan simplemente frente a los ojos. Es una “incapacidad de quedarse en lo inmediato”. Lo que siente el hombre es una inquietud y una excitación constante por lo nuevo que comparece. De ahí que, sostiene el filósofo alemán, en “esa incapacidad de quedarse en las cosas, la curiosidad busca constante distracción”. Esto simplemente quiere decir que el afán de novedades implica no contemplar calmadamente, sino distraerse con todo lo que atropella la mirada. Y este estado de curiosidad tiene relación también con la habladuría, pues es ésta la que determina qué es lo que debe verse, lo que debe mirarse, leerse u oírse. Y el resultado es que la habladuría y la curiosidad nos hacen creer- por el simple hecho de que participamos y no nos perdemos de nada, “ni de la corrida de un catre” como se dice popularmente en Colombia- de que tenemos una “vida plenamente vivida”[6].

Por último, el resultado conjunto de la habladuría y la curiosidad es la tercera categoría que usa Heidegger: la ambigüedad. En ella no se tiene certeza de lo realmente comprendido, “todo parece auténticamente comprendido, aprehendido y expresado, pero en el fondo no lo está”, no tenemos en realidad nada claro sobre las cosas, pero parecemos tenerlo claro. Y es así como nos autorizamos a hablar de todo, a opinar de todo, pero sin haber entendido nada. Por eso es que el hombre cotidiano cae en el mundo y es absorbido por todo lo que en el circula, se ve, se dice, se opina. Es una con-vivencia inauténtica donde no se es un “sí mismo”, donde somos vividos por los otros; donde no tenemos un punto crítico nuestro, diríamos, sino donde estamos sometidos al repetir incesante de la “gente”. Es una cotidianidad donde “hemos desertado de sí mismos”, pero esa renuncia- no voluntaria según Heidegger- nos hace vivible la vida, nos tranquiliza, nos da seguridad en el estar-en-el-mundo, en su comercio con los otros.

Heidegger y la sociedad del espectáculo.

En realidad, como ya advertí, lo que hace Heidegger aquí, a su pesar, es una crítica del hombre masa, un hombre que José Ortega y Gasset describió a finales de los años 20 del siglo pasado de la siguiente manera: “es el conjunto de personas no especialmente cualificadas […], es la cualidad común, es lo mostrenco social, es el hombre en cuanto no se diferencia de otros hombres, sino que repite un tipo genérico…implica la coincidencia de deseos, de ideas, de modos de ser en los individuos […] Masa es todo aquél que no se valora así mismo…sino que se siente ‘como todo el mundo’ y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás”[7]. Esta descripción del hombre-tipo recoge bien lo que la sociedad actual produce, lo que sus industrias culturales crean y fabrican. En el actual mundo globalizado, tecnológico y mediático, el ser humano está desde su infancia sometido a un bombardeo de imágenes, de publicidad, de mensajes, que reproducen ciertos valores sociales y crean ideales de vida y de sociedad. La primera escuela del niño actual es la Internet, la televisión o el videojuego. Sus espacios tradicionales de socialización han sido desplazados por los mass media. Por su parte, la constante esclavitud al trabajo y la lucha por la existencia de los adultos impide que se ocupen de su formación integral, crítica, creativa, reflexiva, sino es que ellos mismos no están sometidos a la tiranía de la imagen televisiva.

En la era de la “aldea global” es el espectáculo el que reina, el que se impone, es el gran ejército que a partir de la repetición y la producción serializada de contenidos crea la verdad y los “modelos de existencia”. En la aldea global el mundo se convirtió en una fuente de espectáculos para ser visualizados en la cama mientras se ve televisión y se come. El mundo como espectáculo entretiene, divierte, distrae. Los medios de comunicación lo saben, y por eso imponen la agenda del día  a día. Ellos tiene el poder de borrar el pasado, de crear el futuro, y de volver trivial lo importante e importante lo trivial. Los medios excitan las subjetividades, modulan los afectos, tientan la atención y los sentidos y celebran su éxito al imponer el contenido de las habladurías, al atraer la curiosidad y promover la ambigüedad y el chisme como modelo generalizado de atención. Con sus prácticas, todo se vuelve ambiguo, en especial la visión que tenemos del entorno y de sus dinámicas. De ahí que la crítica y la capacidad reflexiva se ven menguados, lo cual favorece a los poderes establecidos de turno. El mundo bajo su égida se ha convertido en un cúmulo de imágenes, de sensaciones y percepciones sobre las cuales el hombre ha perdido la capacidad de análisis, un mundo veloz, una “forma vida-frenesí” inasible. Por eso vivimos en una “sociedad teledirigida” donde “el mundo en imágenes que nos ofrece el video-ver desactiva nuestra capacidad de abstracción y, con ella, la capacidad de comprender los problemas y afrontarlos racionalmente”[8].

Martín Heidegger, uno de los grandes filósofos del siglo XX, comprometido política y filosóficamente con el nazismo se percató de estos fenómenos. Y lo hizo en 1927 en su libro cumbre Ser y tiempo sin imaginar que el nazismo llevaría la propaganda al éxtasis, incitando las masas al delirio y el paroxismo frenético con sus ideas, su cine, su radio: el espectáculo reproducido como arma y medio para la muerte…el espectáculo que sustentó el totalitarismo. Como es bien sabido, los miembros de la Escuela de Frankfurt, en especial, Löwenthal y Theodor Adorno, se percataron de los medios que usó Hitler para embrujar la población: la industria cultural y la creación de los ídolos de masas que luego se volvieron común denominador de la reproducción cultural y social. Hoy el ídolo de masas no sólo es el político populista o carismático, sino la estrella de cine, las famosas y bellas modelos, los cantantes polémicos, y los futbolistas de turno. Son los nuevos héroes, los nuevos modelos, cuyas tonterías repiten los medios a diario, haciendo de la estulticia la noticia principal. Así funciona el neoliberalismo y así promueve sus mercancías, cuyo fetichismo está más elevado que nunca: ventas, gangas, promociones, últimos modelos y diseños. Es la tiranía de la imagen la que se impone y excita el neolatrismo (adulación acrítica de lo nuevo) como anotaba Heidegger. El neoliberalismo mediante el uso de los mass media mantiene en un estado de feliz imbecilidad a la población mundial, imponiendo una sociedad pomposamente trivial y sonámbula, con su reflexión anestesiada y en profundo letargo. Así se produce una conciencia escindida, desgarrada por el río de sensaciones televisivas, incapaz de abstraer y demorarse en la profundidad de las cosas y los problemas. Es la sociedad del show perpetuo y “en todas partes donde reina el espectáculo, las únicas fuerzas organizadas son las que quieren el espectáculo”[9]. De ahí que hoy en día la verdad y la posibilidad de emancipación pasa necesariamente por una lucha contra estos poderes y con el uso y creación de medios alternativos para buscar una comprensión auténtica del mundo y así avizorar las posibilidades de ser de la multitud mundial.

[1] Ser y tiempo, Editorial Trotta, 2003, p. 143.

[2] Ibíd., p. 151.

[3] R. Safranski, Un maestro de Alemania. Martín Heidegger y su tiempo, Tusquets Editores, 2003, p. 198.

[4] Vattimo, Introducción a Heidegger, Barcelona, Gedisa, 2002, p. 41.

[5] Ser y tiempo, pp. 190-202.

[6] Ser y tiempo, p. 195.

[7] Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Ediciones Orbis S.A., Barcelona, 1983, pp. 41-42. Las supresiones son mías, D.P.

[8] Giovanni Sartori, Homo videns. La sociedad teledirigida, Santillana, 2007, p. 136.

[9] Guy Debbord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, Barcelona, Anagrama, 1999, p. 33.

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