Reír, jugar y actuar

Directores como Johan Velandia y su grupo de actores, son la cara representativa de que el teatro en Colombia requiere respeto, que es una profesión admirable y que cuando el trabajo se goza, el público disfruta.

No importa el orden en que las palabras del título se pongan, el resultado es el mismo. La puesta en escena es eso, risas constantes, un juego en el escenario y una actuación admirable por parte de Santiago Alarcón, Rafael Zea, Andrés Toro, Carolina Acevedo, Paula Estrada y Jimena Durán. Bajo la dirección de Johan Velandia, los Bonobos es una obra que requiere de concentración por parte del público que sin darse cuenta, se deja llevar, se deja seducir porque el tono picaresco enreda a ese espectador que suelta carcajadas y siente la pena de estos tres hombres que al comienzo pueden generar “repudio” pero luego, se convierten en sus cómplices.

¿Qué es capaz de hacer un hombre por sexo? ¿Sinceridad o apariencia? ¿Qué tan ciego es el amor? Dos de estas preguntas no están explicitas sobre las tablas de una obra jocosa y “acelerada”, sino que es el ejercicio del público que  noche a noche después de disfrutar en el Teatro Nacional la Castellana, se van para sus casas pensando en la pobre vida de estos hombres que a la final, sus actos justifican los medios.

Hablo de una obra “acerelada” porque después de las primeras citas que tienen los Bonobos con las mujeres que buscan pareja por internet, las escenas presionan el acelerador para contar el constante dinamismo de un sordo, un mudo y un ciego que intentan tener sexo con mujeres que los desearan y no que tuvieran que pagar por sus servicios. Aquí viene la pregunta que está de forma explícita: ¿Qué es capaz de hacer un hombre por sexo? Pues estos Bonobos, son capaces de fingirle la voz a un mundo, de darle visión a un ciego y poner a escuchar a un sordo. Tres mujeres que no son tan tontas terminan descubriendo el complot de estos tres sujetos ambiciosos al sexo resumiendo su actuar en: confunde y reinarás.

La obra avanza, las risas y el cinismo no se detienen, la ironía reina en las tablas. Se deshace la madeja de mentiras y trampas que han construido estos Bonobos hasta que la sagacidad de Jessica, quien es policía, empieza a unir las piezas de un rompecabezas que no es claro para la inocencia de Ángeles y el desparpajo de Bea. Entonces la segunda pregunta aparece: ¿Sinceridad o apariencia? Estas mujeres deciden tomar el toro por los cachos, se vuelven protagonistas y le dan vuelta al magistral plan de estos amantes a la copulación. Primero juegan con ellos, los llevan al punto más alto de su ridícula actuación para aparentar una vida normal y terminan llegando al plano de la sinceridad, del reconocimiento de sus actos pero sobre todo, al tono de una responsabilidad por mentir.

Ya, en el ocaso de la obra, cuando todo ha sido descubierto, queda en el aire, en el aire del mismo teatro, la sensación que todo esfuerzo merece su recompensa, que toda soledad requiere de compañía y que todo acto lleva su consecuencia. ¿Qué tan ciego es el amor? No sé, que lo diga Alex, que se dejó llevar por la voz melodiosa de Ángeles y encontró en ella los ojos que no ha podido tener. La autoridad de Jessica obliga a que Danni el sordo, pueda comunicarse con libertad, aunque suene extraño. Por último Fran, el bonobo más precoz, se deja llevar por la espontaneidad de Bea que busca la forma más certera de conectarse con su amor.

Una comedia de este talante, una adaptación precisa y concreta para un público que no es nada tonto, porque el público de teatro no come entero, no se deja seducir tan rápido. Solo puede ser un éxito por la sensibilidad y la libertad que ofrece un director como Johan Velandia que no solo ve su trabajo reflejado en el Teatro la Castellana sino, en el Fanny Mickey en donde se presenta Tratado de culinaria para mujeres tristes. Una puesta en escena de la famosa obra del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince quien ya conoció la adaptación y dio su aprobación.

Dos obras que se han robado el interés teatral de los ciudadanos y que expone con claridad, que en este país siempre se ha hecho buen teatro. Directores como Johan y su grupo de actores, son la cara representativa de que el teatro en Colombia requiere respeto, que es una profesión admirable y que cuando el trabajo se goza, el público disfruta.

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