La Reforma de Martín Lutero y la mundanización de la vida

En la conmemoración de los 500 años de la reforma luterana. En este artículo se exploran sus dogmas teológicos fundamentales, así como los fuertes impactos que este evento histórico produjo para el mundo occidental, entre ellos, haber mundanizado la vida frente al delirio trascendente de la Edad Media.

MARTIN

En 1517 aparecieron las 95 tesis de Martín Lutero. Así surgió la Reforma protestante que cambiaría el mundo europeo. En efecto, sus fuertes críticas a las prácticas de la iglesia existente contribuyeron a fortalecer el individualismo, el antropocentrismo; transformaron las relaciones entre Iglesia y Estado, aceleró el proceso de secularización y, desde luego, aportó al nacimiento de la ciencia moderna. La Reforma nació, como dijo Hegel en sus Lecciones de filosofía de la historia universal, “por la corrupción de la iglesia […] el impúdico e ignominioso tráfico de las indulgencias y la costumbre de expiar el mal y el pecado con el dinero”.

Como se sabe, el tema de las indulgencias fue un punto central de la doctrina de Martín Lutero. Por eso en la tesis 32 decía: “Se condenarán por toda la eternidad, con sus maestros, cuantos se creen que aseguran su salvación a base de cartas o perdones”. El pago de las indulgencias era para Lutero el símbolo de la perversión de los fines y la abominación de la iglesia, pues instauraba una religión meramente exterior, donde la misma salvación se compra, donde se pervierte absolutamente la fe. La práctica exterior de la iglesia es como buscar, dice Lutero, “tu alma dentro de tu bolsillo”. Calvino por su parte había recalcado: “la autoridad y el juicio de la iglesia no pueden reemplazar la verdadera fe del creyente. De ahí que esta lucha contra las prácticas externas era, a la vez, una lucha contra la idolatría y la superstición.

Para Lutero, se debía tomar en serio la caída del hombre, su estado de corrupción, frente a lo cual el hombre no podía hacer mayor cosa. De hecho, es orgullosamente presumido quien cree que por sus propios medios puede buscar la gracia de Dios. Lo único que el hombre cristiano puede hacer es tener fe y asumir la autoridad de las sagradas escrituras. Como se sabe, esto parte del principio de que sólo Dios sabe lo que tiene para nosotros. De él depende absolutamente la gracia y la predestinación. Sobre estos asuntos el hombre no sabe nada. De ahí que haya dicho Max Weber en su clásico libro La ética protestante y el espíritu del capitalismo de 1905: “El sentido de nuestro destino individual- está rodeado de tenebrosos misterios; que es temerario e imposible tratar de aclarar. El condenado que se quejase de su destino por considerarlo inmerecido, obraría como el animal que se lamentase de no haber nacido hombre. Toda criatura está separada de Dios por un abismo insondable, y ante él, todos merecemos muerte eterna […] Lo único que sabemos es que una parte de los hombres se salvará y la otra se condenará. Suponer que el mérito o la culpa humanas colaboran en este destino, significaría tanto como pensar que los decretos eternos y absolutamente libres de Dios podían ser modificados por obras del hombre: lo que es absurdo […], surge ahora un ser trascendente e inaccesible a toda humana comprensión, que desde la eternidad asigna a cada cual su destino según designios totalmente inescrutables, y que dispone hasta el más mínimo detalle en el cosmos. La divina gracia- siendo inmutables los designios de Dios- es tan inadmisible para el que le ha sido concedida como inalcanzable para el que le ha sido negada”.

Aquí encontramos resumida magistralmente parte de la doctrina reformada.  De tal manera que el rechazo a la religión exterior, a las indulgencias, la distancia crítica frente a la jerarquía eclesiástica, los sacramentos, el “repudio de la magia sacramental como vía de salvación” (Weber), etc., sólo pueden producir en el cristiano, que ahora se siente en un radical abandono, el sentimiento subjetivo, interior, esto es, que “[e]l proceso de la salvación tiene lugar exclusivamente en el corazón y en el espíritu”, es decir, por la fe, y ésta se entiende como ‘la certidumbre subjetiva de lo eterno, de la verdad existente en sí y por sí, de la verdad de Dios […], es el corazón, la conciencia íntima, la conciencia moral, la espiritualidad sensitiva del hombre, la que puede llegar y debe llegar a la conciencia de la verdad; y esta subjetividad es la de todos los hombres. Todos han de llevar a cabo por sí mismos la obra de la reconciliación”.

Fe, gracia y predestinación, son, pues, los pilares de la iglesia reformada que cambiarían para siempre la faz de Europa. Estos principios ponen en cuestión las obras del hombre, las cuales no pueden cambiar el designio divino. Las obras pertenecen, más bien, a una religiosidad exterior, a un principio de autoridad, y no a la fe interior. Sin embargo, éstas no son del todo prohibidas por los reformados, pueden realizarse efectivamente, pero deben estar precedidas por la fe o, de lo contrario, son inútiles. Al respecto dice Calvino: “Para ser buena, una obra debe ser hecha con fe en Cristo y en comunión con él”. Y dice Lutero en La libertad del hombre cristiano de 1520: “Estas buenas obras, sin embargo no deben realizarse con la idea de que gracias a ella se va a justificar el hombre ante Dios […] Estas obras tienen que hacerse sólo con la finalidad de lograr la obediencia del cuerpo para purificarle de sus apetencias desordenadas y para que dirija su atención a las tendencias malas y exclusivamente a su eliminación”.

El nuevo cristiano puede efectuar obras, más no buscando la salvación o el favor divino, sino simplemente para alabar a Dios; las obras son desinteresadas en sí mismas, no se hacen para esperar nada a cambio. Por eso la única autoridad aceptable es la de la Biblia, dice Hegel, pues “cada cual debe adoctrinarse por sí mismo en ella, cada cual debe reglar por ella su conciencia”.

Ahora, estas doctrinas no implican que en el hombre se produce “una huida del mundo”. Por paradójico que parezca, esas no fueron las consecuencias de la doctrina de la fe interior. Todo lo contrario. Como lo ha mostrado Weber, el protestantismo mutó en un ascetismo intramundano, en una racionalización de la vida y en un desencantamiento del mundo que tuvo que ver- no como única causa- con la consolidación del espíritu del capitalismo en Europa, especialmente, en los Países bajos y en Inglaterra. De todas formas, para el reformado se pertenece a dos reinos, el terrenal y el celestial, y se está sometido a la ley secular y a la ley divina. Y si bien los dos reinos de la Iglesia y el Estado son distintos por su naturaleza, ellos son complementarios. De ahí que el Estado debe imponer su autoridad y la ley y el ciudadano debe obedecer sin miramientos. Tanto en Lutero como en Calvino existe una teología política donde el poder está legitimado por Dios y donde la única fuente de autoridad es la divina. No hay aquí espacio para la doctrina de la soberanía popular en el sentido moderno: “El gobierno secular es una orden de Dios para el bienestar de los hombres en un mundo caído”, dice Forrester. Ese gobierno secular- a pesar de la doctrina de la fe- no está al margen de la vida del cristiano y “nos lleva a servir a nuestros prójimos”. De tal manera que el amor a Dios y el servicio al prójimo se unen: “Tanto la ley como el evangelio, la razón como la fe, el Estado como la Iglesia, la Filosofía como las Sagradas Escrituras, son necesarios para la vida en este mundo”. En Calvino encontramos claramente esta idea: “El oficio de la ley consiste en advertirnos de nuestro deber de incitarnos a vivir en santidad e inocencia”.

El protestantismo con Lutero alabó la profesión, rechazó la ociosidad. Asimismo, en el calvinismo, el aislamiento interior del individuo creyente desembocó en un mayor compromiso con los otros gracias a la doctrina del “amor al prójimo”. Así las cosas, el mundo es, un “Teatro de la gloria de Dios”, y el cristiano elegido, aquél que sin saberlo forma parte de la “Iglesia invisible”, existe sólo para “in majorem Dei gloriam”, aumentar la gloria de Dios, haciendo lo que debe hacer. Y eso que debe hacer es un conjunto de actividades concretas, impersonales, “al servicio de la utilidad del género humano”.

Fue así como se inició el proceso de lo que Weber llamó el desencantamiento del mundo o secularización y se mundanizó la vida, lo cual permitió el nacimiento de las monarquías modernas, la separación de Iglesia y Estado, el “activismo práctico”, la acumulación capitalista y el crecimiento de la Industria en Europa y, desde luego, se abrió la puerta a la investigación científica de la obra de Dios, pues así como cada uno se enfrenta con la Biblia, también surgió un impulso por estudiar personalmente el Libro de la Naturaleza, al margen de la tradición y la autoridad. La Reforma, pues, también contribuyó al nacimiento de la ciencia moderna.

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