¿Cómo derrotar el miedo que despierta Petro?

Conversé con un colega, profesor en filosofía y, para mi sorpresa me dijo: “Yo iba por Fajardo, pero ahora voy por Duque para que no suba el “mamerto” de Petro”. Al principio me estaba enojando, cavilé: “¡sí un “filósofo” piensa así, ¿qué podemos esperar del resto de ciudadanos?”. De hecho, el colega reconoce la peligrosidad de un Uribe III, no desestima los indicios que relacionan al patriarca paisa con las mafias y el paramilitarismo, pero, para él, siempre será más peligroso Gustavo Petro pues podrían volverse realidad muchas de sus “pesadillas”.  Por ejemplo, se podría afectar su estabilidad de clase media trabajadora, sus relativos privilegios, su comodidad. Siguiendo el hilo de argumentos del colega profesor, podría inferirse que para muchos colombianos es más peligrosa la llegada de la izquierda democrática al poder que la misma mafia oligárquica o la corrupción en el poder.

Más tarde, reflexionando con calma, tuve que reconocer que el colega tenía en parte razón. Petro genera miedo y con sólo argumentos racionales, como lo había intentado con mi amigo, no se puede derrotar una emoción tan básica y contagiosa, que además ha sido reiterada por ilustres líderes de opinión (Daniel Coronell, Claudia López entre otros). Es evidente: en Colombia llevamos años cultivando el miedo a una propuesta alternativa a la derecha hegemónica desde hace más de 200 años. La derecha, usando varios “aparatos ideológicos” ha sido hábil en reiterar un mensaje de conservadurismo y domesticación; podríamos aceptar que ha sido exitosa, si se quiere, en construir un sentido común cortesano, colonial.

Por tanto, creo que quienes somos seguidores o defensores de las propuestas de la “Colombia Humana” que lidera Petro, tenemos que responder una pregunta, si es que tiene acaso respuesta: ¿cómo derrotar el temor que despierta Petro? y, esto, reitero no se hace con poderosas razones, sesudas inferencias ni datos contundentes ─¡mucho menos con memes!─. El miedo, es una emoción primaria, transmisible por contagio y en el caso colombiano (con el asunto de la “venezolanización de la política”), entendible. Algunos han señalado el posible papel del arte para enfrentar estas “pasiones tristes” como las llamó el filósofo Spinoza. Puede ser. Debería ser.

Quizá también valga la pena resaltar que no se trata sólo de Petro, se trata de lo que representa y, sobre todo: a quiénes representa. No sólo se trata de Petro como líder popular, incluso no se trata de un movimiento social, se trata de una sociedad, de un pueblo hoy en movimiento y, ante esto, no hay margen seguro para apuestas ni predicciones. Tendríamos que insistir, que la política es también el arte de volver posible lo que el sentido común normalizado, hegemónico (clasista, racista, machista, sexista, homofóbico), no has hecho interiorizar como imposible. No se trata pues sólo de Petro.

Nos resta pues invitar ─inventar─ muy respetuosamente a la gente a que se atreva, a que se arriesgue, a que le dé una oportunidad a un proyecto diferente, a un proyecto popular, pero, creo que debemos preguntarnos por el cómo hacerlo.

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