El papel político de la mentira en la construcción de la dictadura de la derecha

La dictadura fue una institución romana creada para conjurar el peligro en que se encontraba la República al ser atacada-especialmente en sus fronteras- por un enemigo externo. En esos casos, se nombraba a un magistrado con poderes excepcionales a quien se le conferían potestades especiales y temporales limitados para eliminar el peligro. De tal manera que una vez acabada la rebelión o el levantamiento que ponía en peligro la existencia misma de la comunidad política, la dictadura terminaba.

Ya en la modernidad, y en la práctica, esta figura conservó algunos de esos caracteres, especialmente, el de presentarse como “solución” en los momentos de crisis o amenaza social. Ahora ya no es el magistrado el que atiende el problema, sino que es el caudillo político, el líder carismático, el führer o el militar, los llamados a salvar la patria o la nación. Eso sí, después de extremar el peligro y convencer a la comunidad política del apocalipsis que se aproxima. Estas construcciones teóricas, donde impera la urgencia, el decisionismo, y la ausencia de deliberación y controles políticos y jurídicos, se las debemos a Donoso Cortés y a Carl Schmitt, éste último vinculado al régimen nazi.

Ésta concepción es la base del triunfo de Álvaro Uribe en el año 2002, y es la que se nos pretende imponer con la campaña de Iván Duque. Uribe, como lo hicieran Caro y Núñez en 1886, le apuesta a una regeneración de la república, la cual se encuentra, según él, al borde del abismo con la inminencia del castro-chavismo. Ellos saben que vivimos en la sociedad del miedo, y engañan para producirlo y sacar réditos políticos. Duque, como “menor de edad” e instrumento de su mentor, repite el mismo slogan.  Y, como sabemos, los eslóganes simples y repetidos masivamente, taladran la mente del pueblo, calan en la gente.

¿Qué está a la base de esta estrategia aparentemente simple? La respuesta es sencilla: una determinada concepción de la mentira, la cual puede ser usada para atemorizar y lograr los objetivos, y una concepción del hombre o, lo que llamaremos con el filósofo e historiador de la ciencia Alexander Koyré, una “antropología totalitaria”, tal como aparece en su conferencia La función política de la mentira moderna escrita en 1943, cuando se encontraba en Estados Unidos después de haber huido del nazismo.

Koyré ha dicho que la mentira es constitutiva de los regímenes totalitarios. Esto es cierto. Ya George Orwell lo ilustró magistralmente en su libro 1984. Sin embargo, no sólo de ellos, pues desde siempre la mentira ha estado presente incluso en los regímenes democráticos. Incluso, como es sabido popularmente, casi que política es sinónimo de mentira. Todo político miente, ya sea por conveniencia, por estrategia o por mera maldad…Pero lo hace. También en las relaciones sociales y amorosas, las llamadas mentiras chiquitas o piadosas son toleradas. Sin embargo, la mentira tiene un límite: pues si fuera absoluta y generalizada, acabaría con la confianza de todos y la convivencia social se tornaría imposible.     

En política, la mentira suele ser aceptada en caso de guerra, espionajes, relaciones exteriores, en fin, cuando se trata de la famosa razón de Estado. Pero en las sociedades modernas, con los actuales avances tecnológicos y la era del espectáculo y la información, mentir se ha vuelto una constante en la actividad política, especialmente, en época electoral. Es tan así, que las promesas de los políticos son asociadas con las mentiras: casi que prometer es mentir. Y lo que ha mutado profundamente en la actualidad, es que si la mentira era (y sigue siendo) propia del régimen totalitario, hoy se ha extendido a todos los regímenes democráticos. No hay elecciones donde no se digan mentiras, no sólo sobre lo que hará un candidato, sino sobre lo que se dice del otro, del contrincante. En este juego de estrategias, “la mentira es un arma” que es usada para atemorizar, confundir, desviar, atizar y movilizar. Es lo que hace el uribismo hoy en Colombia.

El uribismo usa dos tipos de mentiras en su actuar electoral. Acude a la mentira simple, en la cual hay abiertamente la intención de mentir, pues la intencionalidad es la esencia de la mentira. Por eso, lo contrario de la mentira no es el error o la falta de conocimiento, sino que implica el deseo consciente de engañar. Esta mentira es la que opera con el tema del castro-chavismo. Aquí es el temor a la futura crisis la que legitima tergiversar los hechos. Pero existe algo que Maquiavelo llamó la mentira de “segundo grado”, que es, a mi juicio, la más peligrosa, pues en ella “se miente a la luz del día”, es decir, se afirma,  se dice públicamente lo que se va a hacer, pero los efectos calculados de lo que se dice son previstos por el jefe, su círculo cercano, su partido. En este caso, se puede cantar lo que se va a hacer a los cuatro vientos, pero se calculan las reacciones de la gente y se les hace creer a los opositores que la razón es otra. En estos casos, la mentira se usa para lograr objetivos soterrados y ocultos. Por ejemplo, puedo decir en público y con sinceridad que hay que reducir las cortes porque el pago del salario de los magistrados le cuesta mucho al país. Los seguidores lo creerán, sin embargo, el objetivo oculto, real, timado, puede ser el deseo de evitar que sigan las investigaciones que la Corte Suprema de Justicia adelanta. Esa es la táctica de Uribe y de Iván Duque con su propuesta de crear una única Corte. Ellos quieren volver trizas la Constitución no porque los magistrados le cuesten mucho al Estado, o para agilizar el acceso a la justicia, o para evitar el “choque de trenes” cuando las altas Cortes entran en conflicto, sino para evitar que las investigaciones en contra de Uribe que realiza la Corte Suprema de Justicia sigan adelante; o para evitar que la Corte Constitucional frene el deseo del uribato de perpetuarse indefinidamente en el poder.  Con la mentira de segundo grado dicen una verdad, revocar las Cortes, pero mienten en su justificación, pues lo que quieren es debilitar los poderes de la rama judicial, para así tener un poder omnímodo sin controles, y poder defender sus particulares intereses.

La mentira en una sociedad del miedo es más efectiva. Por eso es fácil lograr que la gente crea…pues la creencia se afianza por el temor, por el pánico, por las inseguridades, por el deseo de conservar un estatus, los bienes o la riqueza. Eso lo sabe el uribismo y le ha funcionado. En este caso, la gente no votará por Gustavo Petro o Sergio Fajardo, pues prefiere la seguridad a la esperanza, el Status quo al cambio. Fue la estrategia que llevó al triunfo del No en el plebiscito de 2016, donde el “uso generalizado de la mentira” logró imponerse logrando sus fines.

Quien se dirige a una sociedad con estas estrategias tiene lo que Koyré llama una “antropología totalitaria”, esto es, tiene una determinada concepción del hombre, donde éste, básicamente, es subestimado y subvalorado. Quien miente así ante una sociedad considera a los hombres carentes de razón, de juicio, de discernimiento. Uribe y Duque, junto con su partido, están seguros que la masa y sus seguidores no captan las contradicciones de su discurso, son impermeables a la duda e incapaces de pensar, es decir, los considera homo crédulos, gente que sólo desea certidumbres. Sólo es la élite la que piensa, pues hay una aristocracia del entendimiento formada por el jefe y su grupo de confianza. Esto quedó claro recientemente cuando en una entrevista con Daniel Pacheco, José Obdulio Gaviria sostuvo que Uribe era un hombre superior intelectualmente, él mismo un hombre de la media, y los demás, hombres inferiores que debían ser gobernados y dirigidos. El uribismo, por ejemplo, en las sandeces que suele decir María Fernanda Cabal, están convencidos de que “las masas creen todo lo que se les dice a condición de que se les diga con suficiente insistencia”. En estos casos, “cuando más burdas, descaradas  y crudas sean las mentiras, más fácilmente serán creídas y seguidas”.

Lo anterior engrana perfectamente con la mentalidad religiosa. Con Freud en la Psicologías de las masas y análisis del yo, se puede deducir fácilmente la correspondencia que hay entre las iglesias y los partidos políticos, especialmente en relación con el líder, en nuestro caso, lo que representa Uribe para cierta mentalidad popular. ¿Qué caracteriza la mentalidad religiosa? En La voluntad de poder de Nietzsche dice Darío Botero Uribe: “el seguidismo, la disciplina a todo trance, el culto a la personalidad de líderes, la persecución de herejes, la abolición de la crítica, y la conversión de tesis sociales discutibles en dogmas de fe”. Todos estos elementos, sin duda alguna, están presentes en la personalidad autoritaria del uribismo. Por ejemplo, el castrochavismo es una de esas “tesis sociales discutibles” que ellos convirtieron en “dogmas de fe”, considerándolo el mayor peligro que amenaza la existencia misma que tiene el sistema político colombiano. Es una tesis que la masa sigue, que cree y no cuestiona. Podríamos decir, entonces, que la mentalidad religiosa es pólvora para el uso político de la mentira y el logro de sus objetivos.

Ahora, todos los anteriores insumos son puestos al servicio de los intereses particulares del Uribismo. Y sin duda, uno de los mayores anhelos del Centro Democrático ha sido construir una especie de dictadura en Colombia. Para ello, es necesario que quien esté a la cabeza del Estado, se presente a sí mismo como el “defensor de la constitución”, tal como pensaba Carl Schmitt. Y el defensor de la Constitución, para poder hacerlo, debe ponerse por fuera de ella, es decir, debe quedar sustraído de los controles jurídicos del Estado. Ese siempre ha sido el sueño de Uribe, y explica muy bien los múltiples encontronazos que tuvo con las Cortes durante su gobierno. No hay que olvidar, también, que fue justamente el Tribunal Constitucional el que le impidió su relección indefinida en el año 2010. Por su parte, una vez obtenidas las mayorías en el congreso, o compradas con parte de la torta burocrática, el parlamento avalará todas sus propuestas y así disminuirá el control político sobre los funcionarios de Iván Duque. Con estas pretensiones lo único que se busca es debilitar el Estado de Derecho y producir un retroceso constitucional de siglos en Colombia. Pues el Estado soñado de Uribe es aquél que él encarna con su voluntad, como su representante, sin incómodos controles que le permita llevar a cabo su gobierno populista. ¿Populista? Sí. Pues la dictadura y el totalitarismo han sido justificados históricamente por las masas, por el pueblo, como bien lo mostró Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo. Éstas han legitimado a los caudillos. El Centro Democrático lo sabe, y por eso busca instaurar su Estado-patrón, sin controles jurídicos y políticos, legitimado por la “voluntad unitaria” del pueblo, voluntad expresada en los millones de votos del Partido. Lo curioso es que así funciona Venezuela, un populismo de izquierda que en la época de Hugo Chávez se legitimó en las masas populares. De tal manera que, de lograr revocar las Cortes, el Uribismo habrá conseguido transformar el Estado, y construir así su sueño postergado de materializar su dictadura soñada, y edificar un Estado de bolsillo al servicio de sus intereses, con un gobernante sustraído a cualquier limitación jurídica; en fin, una dictadura al servicio del neoliberalismo, con mínima inversión social, con protección al empresariado, extractivista, depredadora del medio ambiente, con una visión mercantil de la salud y la educación; preferiblemente sin oposición política, militarista, autoritaria, y negadora de la diversidad, la pluralidad, la protesta social y la crítica.

Lo que está en juego en las elecciones presidenciales, pues, no es nada más ni nada menos que la constitución misma con sus valores, principios y libertades. Hay que decir, finalmente, que sería una dictadura que, a diferencia de la romana, no sería temporalmente limitada, sino que tendría deseos de perpetuidad.

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One Reply to “El papel político de la mentira en la construcción de la dictadura de la derecha”

  1. A Colombia no le sirven los extremos, le sirve la concertación en todos los órdenes, de la mano de una economía sana y futurista y un respeto absoluto a la ley y una aplicación de ésta real y fuerte sin discriminar el sujeto y sin politizar su ejercicio.

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