PERDÓN POR LAS MOLESTIAS

Es necesario hacer un alto. De nuestro país se dice con cierta razón, que las cosas se hacen a medias –se caen los puentes, los edificios, que existen políticas de gobierno más no de Estado, etc. –.  Tal parece que estamos condenados a lo coyuntural en detrimento de los procesos a largo plazo, en especial, en la política.

Desde que el gobierno nacional anunció el principio de acuerdo para negociar la salida al conflicto, muchos salimos en su defensa para poder poner fin al berenjenal de la guerra, eso sí, nos dijeron de todo, pero hoy el hospital militar reporta una baja de 97% de soldados heridos. El fin de la guerra con las Farc, la guerrilla más fuerte del país no es cualquier cosa, aunque para muchos no cuenta el haber logrado acabar con un conflicto armado de poco más de 50 años. Y aquí viene nuestra poca atención a los procesos de largo aliento, pues según datos solo el 18% del acuerdo de la Habana se ha cumplido.

Nuestra distracción resulta cara por no entender como sociedad que nuestro primer logro es acabar el conflicto. Desde luego, quedan muchas heridas abiertas y resulta entendible que desde el dolor de la pérdida de un ser querido se levante la voz ante la salida negociada en detrimento de la victoria militar. Sin embargo, haber sacado a las Farc del monte es acabar en parte, con el círculo vicioso de generar nuevas víctimas. En momentos en qué se discutía el plebiscito se decía que se entregó el país al terrorismo y hoy, tenemos a Timochenko recuperándose de una delicada cirugía a corazón abierto realizada el 7 de marzo de este año, a las Farc hundidas en las encuestas y a la clase política comprado al electorado con mercados y dinero.

Ante el desafío que plantea la posguerra preferimos, muy a nuestro estilo, dejar la construcción de un país distinto desde el territorio, para irnos en busca de una agenda que reivindique las demandas sociales insatisfechas (aprovechando la profunda crisis de los partidos y el clima de insatisfacción) donde priman los repudios condicionados, las indiferencias selectivas, inclusive, la radicalización de quienes en épocas pasadas llamaban a dar vuelta a la página de guerra inspirados en la reconciliación. Así somos, dejamos la tarea a medias.

Desde luego que tenemos razones para reclamar las demandas sociales insatisfechas. No obstante, imaginé que después de una guerra vendría un momento de calma, uno donde ojalá la República descansara, tomara aire para continuar con el eterno disenso de organizar una sociedad para todos. Pero no. Hemos alcanzado un triste 18% de lo pactado en la Habana y ya nos embarcamos en una lucha donde la temperatura está al máximo, donde trasiega el espíritu de la Violencia del 40 al 60 donde se mataba por política. Hoy gracias a las redes sociales sucede algo un poco distinto, no te mató, pero te elimino de mis amigos virtuales, te bloqueo o nos salimos del grupo de Whatsaap de amigos y familiares y de paso, no regresas a sus fiestas, mientras, en otros casos la muerte sigue siendo el costo por pensar diferente.

Estamos en medio de una discusión de sordos. Parece que según algunos, la crítica debe estar al servicio de una causa. Existe una especie de autocensura en el ambiente donde si críticas algunos levantas palmas pero hacerlo con otros te ubican en el plano de esquirol. Es difícil por estos días guardar la serenidad manifestada en no ensillar la bestia antes de comprarla, esa calma de entender que la realidad de un país supera la teoría de los académicos. Algunos les toca entonces recibir el pago de ejercer la crítica en momentos de fanatismo en clave con el triunfalismo, no entregarse a un líder, caudillo o mesías también es una opción. No caer en promesas que a la manera de cantos de sirena seducen pero que al despertar no dejan más que una sensación dolorosa o guayabo al ver la esperanza postrada a los pies de lo factible.

Muchos en realidad creen que la democracia se impulsa ahondando o radicalizando las diferencias, donde se divide estilo Moisés en el mar rojo. Dividir la sociedad me parece lo más arriesgado de esta ola de fanatismo, pues nos guste o no, estamos “condenados” al Otro, al que piensa diferente, de ahí que, mientras no seamos capaces de encontrar un terreno común sin imposiciones ni revanchas no seremos viables como sociedad.

Por último, algunos afirman que no se trata de personas sino lo que encarnan, sin embargo, nos quedamos tanto con el gobernante como con las consecuencias de su gobierno y esto aplica para todos. Al mismo momento, se dice que llevando la crítica a ciertos espacios se hace eco al miedo, siendo difícil de entender aquella lógica: conmigo o contra mí. Ante esto, debemos apartarnos de los extremos pues de aquellos no hay regreso.

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