Mayo del 68 y la revolución libidinal de la juventud. -50 años después-

El filósofo italiano Antonio Negri, sostuvo en una entrevista algo que se volvió popular: “El siglo XX…finaliza en 1968”. Esto equivale a decir que el siglo XXI comienza con ese “acontecimiento-ruptura” que cristalizó en Francia y que fue, en estricto sentido, de carácter mundial.

En Francia tuvieron eco acontecimientos que venían sucediendo alrededor del mundo: la lucha por los derechos civiles y las protestas contra la guerra en Vietnam, en Estados Unidos; la descolonización de África y el entusiasmo revolucionario por Cuba, en América Latina; la Primavera de Praga, la Revolución cultural china, etcétera, es decir, los continentes hicieron presencia, a su manera, en las calles de París a través de los cuerpos concebidos como la geografía y el lienzo de la rebelión donde se expresaba el descontento frente al mundo existente y la realidad agobiante. Ahora, como los hechos históricos no surgen de la nada, mayo del 68 debe inscribirse en una totalidad histórica que lo hace inteligible, comprensible: ¿cuáles eran, entonces, las notas esenciales de la época de cuyo vientre surgió esa libidinal rebelión juvenil?

Los sesenta es una década que, a pesar de encontrarse a lomo de caballo en los años dorados del capitalismo (1945-1975), siente el cansancio y el desgaste histórico de una cultura que padeció la Segunda Guerra Mundial, los fascismos y totalitarismos, con sus millones de muertos y sus ideales filosóficos irrealizados y destruidos; es decir, es una época que pertenece ya a la llamada crisis de la modernidad tardía, tal como lo reflejaron María Zambrano en La agonía de Europa (1945) y Max Horkheimer y Theodor Adorno en Dialéctica de la Ilustración (1947); una época, pues, donde cristalizan también las patologías de la razón…donde la razón misma se ha pervertido.

Los sesenta es la época de la revolución social y cultural, de la irrupción de la juventud en el espacio cotidiano y urbano. Desde ese entonces, dice Eric Hobsbawn, “la juventud pasó a verse no como un paso para la vida adulta, sino, en cierto sentido, como la fase culminante del pleno desarrollo humano…la vida iba claramente cuesta abajo a partir de los 30 años”. Desde luego, lo joven es lo nuevo, lo que surge y estremece…es el tiempo que hay que gozar y valorar. La juventud tiene su irrupción en el medio social exteriorizando provocativamente, cual cínicos antiguos, conductas consideradas inaceptables en público, convirtiendo su irreverencia en arma, en protesta, en crítica encarnada. Esa juventud, también, crea un nuevo mercado de la moda, de los viajes…vive ávida de experiencias; es la juventud que, de acuerdo con el filósofo mexicano Bolívar Echeverría, es caracterizada ético-psicológicamente como iconoclasta, innovadora, y esa irreverencia es expresión de su espíritu libre…es una encarnación de su libertad. Pero es, a la vez, la “nueva clase”, si se me permite llamarla así, que no quiere ver sus anhelos y su vida soñada truncados y sepultados en el vientre de una sociedad burguesa “de la vida administrada” y del “hombre unidimensional”, para usar el título del célebre libro de Herbert Marcuse, texto que tanto influyó en las protestas en California en 1964 y en Berlín en 1967, antecedentes directos del mayo francés. Es, pues, contra esa sociedad conservadora, que los “está preparando para ser integrados en el sistema”, que se rebelan estos jóvenes.

Esto explica que la juventud se vaya lanza en ristre contra todo aquello que representa lo viejo, la tradición y la pesadez histórica…en fin, en contra de la historia anticuaria y monumental, como diría Nietzsche. Por eso sus blancos fueron la escuela como reproductora de un saber anquilosado, jerárquico, autoritario, castrador, creado para amaestrar; así mismo contra la universidad, su burocratización y educación técnica; contra la familia burguesa, sus costumbres, su beatería, su patriarcalismo; y contra los medios de comunicación. Como dice el historiador Carlos Antonio Aguirre Rojas, “es justamente aquí, en el seno de los tres aparatos de la reproducción cultural contemporánea, donde la marca del paso de la revolución de 1968 se imprime definitivamente”.

Mayo del 68 es, con todo, mucho más que esto. Es, también, la eclosión de nuevos sujetos y nuevos movimientos, entre ellos, los hippies, las mujeres, los homosexuales, los pacifistas, los ambientalistas, los comuneros; surge el movimiento por la reforma de las cárceles y el movimiento anti-psiquiatría. Estos nuevos sujetos fueron vistos por Marcuse como los desclasados, al margen del sistema, que sustituirían al proletariado, ya que los obreros habían sido absorbidos por la Sociedad Industrial Avanzada y ya no eran en verdad, “una clase revolucionaria”, más bien eran conformes y conservadores, por eso correspondía a la “nueva izquierda” acometer la tarea.

En estos años también proliferan fenómenos de una nueva época como la crisis de la pareja, el auge del amor libre, el aumento de los divorcios, el uso de la píldora anticoncepción, la democratización sexual del cuerpo, el rechazo de la represión sexual, a los cuales se le suma el rock como protesta, las drogas como consumo lúdico; el uso de la minifalda y la exhibición estética del cuerpo. Todo ello en el marco de la rebeldía anti-sistema y anticapitalista. De ahí, también, la “impugnación radical de la cultura antidemocrática, autoritaria, jerárquica, sorda a los reclamos de la sociedad civil del Tercer Mundo”, y la consiguiente actitud anarquista, que enarbolaba la frase: “la libre elección de amos, no suprime ni a los amos ni a los esclavos”, como magistralmente lo había expresado Marcuse, quien con su libro Eros y civilización llamaba también a una erotización de la sociedad, a la instauración de la sociedad del tiempo libre y a la consecuente crítica del consumismo, la frivolidad, el materialismo unilateral y las falsas necesidades.

Visto de manera global, mayo del 68 es un “gran rechazo”, un gran momento de la historia de la segunda mitad del siglo XX, que ganó con entusiasmo, alegría, juego, creación, ingenio y riesgo, parte de las libertades con las que contamos hoy; poniendo en acción y en escena una razón libidinal, la interacción de las singularidades afectivas y el espontaneismo que desafiaron las lógicas disciplinarias y el encuadramiento de las pautas y normas sociales vigentes. Fue una fiesta revolucionaria que agrupó a estudiantes, mujeres, obreros, intelectuales; fue un cataclismo de los afectos comunes contra el peso de la historia…una apuesta, un ensayo, un reproche, que dejaría huellas profundas en las entrañas de nuestro tiempo.

Mayo del 68 fue, ante todo, una revolución cultural, porque políticamente careció de un horizonte claro, un programa definido, estrategias concretas, organización de demandas. Hablando desde el punto de vista de Ernesto Laclau, mayo del 68 (que lo influyó notoriamente) careció de una articulación política de los distintos sujetos que surgieron, de tal manera que lo político, como institución de lo social, no apareció en el horizonte revolucionario. El constructivismo político, forjador de identificaciones, y definición de adversarios para el antagonismo político, no se intentó. No estuvo presente el proyecto político de hegemonizar el sentido común y de disputar la hegemonía cultural del todo social, para construir un orden nuevo. Por eso, su lógica dista mucho de la de los indignados españoles del siglo XXI, cuyo ideario tomó forma en el partido político Podemos.

Por último, la carencia de los revolucionarios de mayo, se comprende bien si tenemos en cuenta que el movimiento mostró un ethos consecuente con el desencanto democrático de la época: no se hace la revolución con grandes cuerpos doctrinarios, ni concepciones o ideologías, ni con partidos que nos representen; tampoco buscando la toma del poder. Como dijo el filósofo francés Jean-Luc Nancy en La verdad de la democracia: fue “una afirmación de ser en el mundo a despecho de todos los proyectos de construir o alumbrar el sentido del mundo”. Y, con todo, esa “afirmación del ser en el mundo” puede considerarse, a mi juicio, un acto político, donde la explosión libidinal de la libertad individual busca hacerse compatible con un nuevo modelo de libertad social, de libertad para todos.

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