“Responsabilidad moral y exterminio de líderes sociales”

Cada persona es corresponsable de la manera de como es gobernada

Jaspers, El problema de la culpa.

 

Karl Jaspers, el famoso filósofo alemán, sostuvo después de la Segunda Guerra Mundial que el pueblo germano era responsable por lo sucedido en el Holocausto. Lo mismo podemos decir de esa masa de colombianos que votaron por el uribismo-duquismo en las pasadas elecciones del 17 de Junio, frente a la ola de asesinatos de los líderes sociales en el país. Van más de cinco en una sola semana y los ya casi 300 asesinados desde la firma del acuerdo de paz. No se trata de terrorismo ético, sino de una realidad que se nos impone frente a la indiferencia de los medios de comunicación, del mismo gobierno saliente, y de la sociedad representada en esos 10 millones de votantes, que hoy parece gozar de buena conciencia sólo porque evitó con su voto que el país se volviera como Venezuela, tal como les vendieron la candidatura de Gustavo Petro y tal como les “construyeron” su conciencia los medios masivos y el periodismo parcializado de este país con la “política del miedo”.

La cuestión de fondo es: ¿por qué responsabilizar también a ese porcentaje de colombianos que votaron por el uribismo? ¿Acaso la responsabilidad no es personal? ¿Por qué de instaurarse un totalitarismo de derecha en Colombia, no culpar más bien al gobierno entrante y sus aliados que han engañado a la población? ¿Es el pueblo colombiano que apoya a Uribe una simple víctima? No lo creo. Y esto es analógico al caso alemán: Erich Fromm, entre muchos otros, puso de presente en su libro El miedo a la libertad las tendencias reactivas de la clase media baja que apoyó el nazismo y el efecto que sobre esa mayoría tuvo la propaganda nazi: ellos apoyaron el asesinato de millones de judíos y la eugenesia social de una raza que se creyó superior: no permanecieron callados, muchos aplaudieron esas políticas, tal como aquí algunos creen tener la conciencia limpia porque creen que esos líderes son guerrilleros o que sus muertes se deben a “líos de faldas” como aseguró una vez el fiscal.

En Alemania se descubrieron resentimientos inconscientes de los pro-nazis y esas investigaciones ayudaron a dilucidar el fenómeno totalitario. En el caso colombiano, no sólo una gran parte de las clases altas apoyan al uribismo, sino que él ha logrado crear, gracias a los medios, un personalismo y un odio generalizado y colectivo en la sociedad. Uribe convirtió su experiencia personal con la guerrilla en un odio nacional que ha manipulado no sólo para luchar contra las FARC, el proceso de paz, sino contra cualquiera que piense diferente, contra cualquiera que se oponga a su proyecto neoliberal y guerrerista; contra toda manifestación popular e indígena que reclame sus derechos, contra las reivindicaciones de las minorías sexuales.

En Colombia, también la clase media, con alguna calidad de vida, sucumbió al miedo y votó por Iván Duque. Lo hicieron quienes tienen pequeñas empresas y algunos bienes pensando que un gobierno supuestamente socialista les iba a quitar todo. Esto se pudo lograr en un país con una baja cultura política, donde la gente no entiende las diferencias entre liberalismo social, socialismo, comunismo o socialdemocracia. Sin embargo, ¿es muy difícil que los millones de votantes del uribismo comprendan que quienes asesinan a los líderes sociales son los opositores al proceso de paz, los que se oponen a la restitución de tierras, en fin, a todos aquellos que han vivido de la guerra y quieren mantener un status quo para su propio beneficio? No lo creo. O es fanatismo, ceguera intelectual o abierta complicidad.

Ahora, si es imputable al pueblo colombiano una responsabilidad moral por lo que está pasando y por lo que puede pasar, esto se debe a la terca ceguera de no querer ver lo que es evidente, lo cual tiene en el fondo también la adhesión incondicional a quien pretenda pasar y posar por Cristo. El uribismo ha logrado movilizar el odio del pueblo colombiano. Ese odio ha pasado por encima de unos cánones mínimos de racionalidad y ha desembocado en un actuar irracional que sigue ciegamente lo que el uribismo manda. Si no existiera cierta irracionalidad ciega en esa masa que sigue a Uribe, cómo explicar que su ideología de ultraderecha se mantenga a pesar de: una primera reelección, vínculos claros de gran parte de los miembros de los partidos políticos uribistas con los paramilitares, esto es, la llamada parapolítica; reuniones de funcionarios del gobierno con paramilitares en la Casa de Nariño; relaciones con esos mismos grupos  de algunos de sus ministros más cercanos del expresidente; la complicidad comprobada de miembros de la fuerza pública con los paramilitares, alianzas que terminaron en masacres en varios lugares del país; el no tan exitoso procesos de paz de los paramilitares, que en su momento confesaron haberle “hecho conejo” a la sociedad colombiana desde el principio de las negociaciones; el rearme ascendente de esos grupos en diferentes lugares del país bajo el nombre de “Águilas negras”, Bacrim, Clan Usuga; los falsos positivos donde varias divisiones del ejército colombiano asesinaron civiles de barrios pobres de Bogotá y el país y los hicieron pasar por guerrilleros a cambio de ascensos y bonificaciones; el intento del gobierno de minimizar la realidad de los “falsos positivos” aduciendo que hubo falsas denuncias para “desprestigiar a miembros de la fuerza pública”, pero que hoy ya cuenta con condenados por esos hechos.

 No olvidemos que en esos años de uribismo (2002-2010), también se vivió la represión militar a estudiantes, profesores, indígenas; la criminalización de la protesta y el asesinato de sindicalistas; las violaciones de los derechos humanos; la descalificación de los informes presentados por las ONG´s por violación de derechos humanos en Colombia; las “chuzadas” ilegales (interceptación de llamadas) a miembros de la oposición política, periodistas y magistrados de las altas cortes que investigaron la parapolítica; los excesos cometidos por el DAS por orden directa de la Casa de Nariño; la presencia en el gobierno de un oscuro personaje como José Obdulio Gaviria, que asimiló política con guerra, con lo cual se alineo con Carl Schmitt, el teórico constitucionalista del nacionalsocialismo, el mismo que hoy chantajea a las militares que defienden la JEP; la financiación irregular del  referendo para reelegir al presidente Uribe; los negocios turbios y el enriquecimiento de los hijos del presidente; en fin, toda una serie de acciones que no pueden ni deben pasar inadvertidas en una sociedad mínimamente decente.

Todos estos hechos, sin contar los muchos que se quedan por fuera, ¿no hubieran producido ya un despertar en un pueblo sensato? Por eso hay que repetir y asentir con Karl Jaspers: los pueblos también son responsables cuando son cómplices de los asesinatos, de los exterminios, y de la barbarie cometida por sus gobiernos, máxime cuando los apoyan procurando sólo mantener su propio bienestar personal, y cuando inducidos por las políticas e ideologías de odio, anestesian la reflexión y el pensamiento crítico aplaudiendo todo lo que el gobierno hace…eso es lo que le pasa a gran parte de la población colombiana. Es cierto, como dijo Saramago, “hay verdades que no conviene decir en voz alta”, pero que deben decirse para que nos estremezcan, para que pensemos en nuestra responsabilidad, en nuestro juicio, en nuestro criterio, en nuestros intereses, en nuestros demonios y en nuestras miopías. Tal vez sólo así, in extremis, enderecemos el rumbo.

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