Ortega y Gasset y la filosofía latinoamericana

Síntesis de la conferencia “Ortega y Gasset y América Latina: la filosofía como crítica de la cultura”, dictada por el autor en el Instituto Cervantes de Tokio y en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe,  el pasado 31 de mayo de 2018.

Me alegra estar de nuevo con ustedes, por segunda vez en el Instituto Cervantes. La vez pasada hablé sobre María Zambrano, y el tema de hoy tiene mucho que ver con ella. Esta conferencia es sobre Don José Ortega y Gasset, maestro de Zambrano, sin duda alguna el más famoso y conocido filósofo español del siglo XX. Mi objetivo es tejer las relaciones entre Ortega y América Latina, específicamente, mostrar cómo su presencia en nuestro continente, por más de medio siglo, permitió el florecimiento de la llamada filosofía Latinoamericana y nuestro acercamiento a la filosofía alemana. Veamos:

[…]

En 1898 España pierde las últimas posesiones en América Latina, Cuba y Puerto Rico, al igual que las Filipinas. Ese año termina la experiencia imperial de 406 años para los ibéricos, justamente en manos de Estados Unidos. Este hecho, termina con la grandeza de España, la cual, a decir verdad, había perdido su hegemonía en el mundo moderno desde el siglo XVII. Sin embargo, el hundimiento definitivo del imperio, deja a España sin nada, sola frente a una Europa que desde el siglo XVI había tomado otro rumbo y que la aventajaba en ciencia, técnica, filosofía y desarrollo capitalista. La nostalgia por el pasado, y el sentido de derrota, se hicieron presentes de manera inevitable en la generación de su época. Por eso, autores como Miguel de Unamuno, Azorín, Del Valle-Inclán, Pio Baroja, entre otros, van a sentir vivamente esa crisis espiritual.

Con esa generación, llamada después La Generación del 98, se va a encontrar el joven Ortega y Gasset, quien tan sólo contaba con 15 años, pues había nacido en 1883. Esa generación se preocupa por la situación de su patria, y busca la manera de recuperar la grandeza de su nación. La pregunta era: ¿cómo salvar a España de su evidente derrota histórica? Y mientras Miguel de Unamuno pensaba que la salvación estaba en una vuelta hacia sí misma, hacia su tradición, pues España era reacia a los valores europeos y al progreso, el joven Ortega criticaba la Universidad y veía en ella “una realidad tristísima”, donde los profesores repetían “unas palabras muertas” a las nuevas generaciones. Por eso, sin vacilación, Ortega se propuso elevar a España a la “altura de los tiempos”, esto es, modernizarla para que encontrara su propio rumbo en la historia.

El diagnóstico que realizó Ortega tenía varios frentes: primero, España estaba aislada de Europa, tras los Pirineos donde, como se llegó a decir, iniciaba África; segundo, estaba atravesada por los múltiples separatismos, los cuales evidenciaban la ausencia de un Estado-nación y la necesidad de construirlo con un proyecto de incorporación; tercero, se encontraba en un claro atraso frente al desarrollo capitalista de Europa; cuarto, carecía de ciencia y filosofía; quinto, no tenía una minoría eminente que guiara los destinos de la nación. Esto llevó a Ortega a decir, en 1922, en su libro España invertebrada: “Somos un pueblo, pueblo, raza agrícola, temperamento rural. Porque es el ruralismo el signo más característico de las sociedades sin minoría eminente. Cuando se atraviesan los Pirineos y se ingresa en España se tiene siempre la impresión de que se llegaba a un pueblo de labriegos”.

Ortega y Gasset, que provenía de una familia pudiente y culta, y cuyo padre dirigía el importante periódico El imparcial, desde muy joven fue consciente de todos estos problemas, y por ello va a poner su formación en filosofía alemana y su pluma en los periódicos al servicio de la causa nacional. Ortega llevó la filosofía a la plaza pública, y en el periódico mismo se engendró parte de su filosofía.

En 1910 Ortega gana la cátedra de Metafísica en la Universidad Central de Madrid, claustro donde iniciará su carrera como maestro hispánico por más de 20 años. Y en 1914 ofrecerá al público su primer obra Meditaciones del Quijote, texto que preludia su filosofía posterior, pues es allí donde encontramos su popular frase: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”, frase que, como el mismo Ortega dijo en 1932, “condensa en último volumen mi pensamiento filosófico”. En ella estaba también, su proyecto político y una concepción de la filosofía como esclarecimiento de la circunstancia y como crítica de la cultura.

[…]

El saber riguroso que había cultivado el pueblo alemán serviría no sólo para desentrañar a España, iluminarla en su entraña histórica, sino para orientarla, pues el “saber es una orientación” cuando se está perdido, desorientado. Por eso, puso manos a la obra e inició la fundación de revistas, periódicos, colecciones y apoyos editoriales. Había que hacer circular el saber para lograr que España, adentrándose en sí misma, saliera a flote y se pusiera al nivel de Europa. Eso lo llevó a fundar la revista El faro en 1907, Europa en 1909, España. Semanario de la vida nacional en 1915, el Espectador en 1916; cofundar el diario El Sol en 1917, y en 1923, crear el medio de difusión filosófica y científica más importante, no sólo para España, sino para América Latina: la Revista de Occidente. Ortega también participó en la proyección latinoamericana de la Editorial Calpe, que a partir de 1925 empezó a llamarse Espasa-Calpe, cuya labor comercial contribuyó a las ansias de perfección del pueblo español y también de Latinoamérica, pues se difundió en México, Argentina y otros países.

En la Revista de Occidente Ortega animó la publicación del pensamiento alemán y europeo contemporáneo. En ella vieron la luz obras como: la Sociología de Georg Simmel, El Yo y lo inconsciente de C. G. Jung, historias de la filosofía con las que se llenaba el vacío en la formación de los estudiantes; El otoño de la Edad Media del holandés Huizinga, los trabajos de Max Weber, Lujo y capitalismo de Werner Sombart, Lo santo de Rudolf Otto que tanto influyó en María Zambrano, el popular Teoría del conocimiento de Hessen, que aún hoy circula; las Investigaciones lógicas de Husserl, El puesto del hombre en el cosmos y El resentimiento en la moral de Max Scheler, Lecciones sobre filosofía de la historia universal de Hegel, traducida por José Gaos, para sólo mencionar algunos.

Por otro lado, en la editorial Espasa-Calpe se publicó el fundamental texto La decadencia de Occidente de Oswald Spengler, traducida por Manuel García Morente y con prólogo de Ortega, el cual contenía una biológica interpretación de los ciclos culturales, además de ser una biografía de la época post-Primera Guerra Mundial. También apareció en esa editorial las Bases para una concepción biológica del mundo de Jacob Von Uexküll, con el cual se superaba el mecanicismo en la explicación de los fenómenos vitales. Todas estas obras ampliaron el horizonte cultural e intelectual español, lográndose así parte de los propósitos orteguianos.

Por otro lado, Ortega fue el maestro de toda una generación de filósofos que luego jugarían un importante papel en España y en América Latina. Él les contagió, con su deleitante prosa y con sus brillantes ocurrencias, con sus comentarios, el interés por la filosofía; Ortega fue en sí mismo una particular encarnación de la actitud filosófica, que logró el cometido de atraer hacia la filosofía una parte de la juventud española. Estos discípulos fueron clasificados luego bajo el rótulo de la Escuela de Madrid. Entre ellos, están Xavier Zubiri, sin duda el filósofo español más riguroso y sistemático del siglo XX; Julián Marías, un juicioso exégeta filosófico, defensor y difusor del pensamiento de su maestro; José Gaos, uno de sus discípulos más notorios y un traductor incansable de obras alemanas al español; María Zambrano, una de las mejores plumas de España y, a mi juicio, una de las grandes filósofas del siglo XX, que, con su razón poética, diluyó las fronteras entre filosofía y poesía.  Igualmente, José Luis Aranguren, autor de una Ética, y uno de los autores más conocidos de España. Por eso, como dijo su crítico Rafael Gutiérrez Girardot “No se negará, ni se puede desconocer el hecho de que Ortega dominó más de medio siglo de la cultura de lengua española y que gracias a su obra como editor y suscitador de traducciones de obras modernas de la filosofía alemana, contribuyó esencialmente a que los hispanos no continuaran su terco proceso de embrutecimiento entregados a los tomismos domésticos”.

La influencia de Ortega y Gasset en América Latina perduró hasta la segunda mitad del siglo XX. A su influencia directa e indirecta debemos nuestro despertar filosófico y la aún vigente lucha por la cancelación de la dependencia y la búsqueda de la liberación, pues en México, José Gaos, partiendo de Ortega, impulsó el proyecto de historizar la circunstancia latinoamericana, de donde surgió la historia de las ideas, que continuó Leopoldo Zea, su discípulo. Este proyecto permitió conectarnos con nuestra propia tradición intelectual y sacar del olvido a intelectuales como Andrés Bello, Domingo Faustino Sarmiento, José Martí, José Enrique Rodó, José Vasconcelos, José Carlos Mariátegui, Samuel Ramos, Alfonso Reyes, entre otros.

Gracias al proyecto cultural impulsado por Ortega, América Latina se elevó, también, a la altura de los tiempos, pues con esa labor no sólo adquirimos conciencia de lo propio (autoconciencia), sino que conocimos a Bergson, Kant, Husserl, Heidegger, Brentano, Max Sheler, etcétera, autores que dominaron el panorama intelectual latinoamericano en los años treinta. En Colombia, por ejemplo, ya en los años cuarenta, cuando inicia lo que el argentino Francisco Romero llamó normalización filosófica, se dio una superación del escolasticismo gracias a la obra de Hans Kelsen, la filosofía de los valores de Scheler, el vitalismo orteguiano y la fenomenología que empezaba a hacer carrera. Nuestros intelectuales locales como Luis Eduardo Nieto Arteta, Abel Naranjo Villegas, Rafael Carrillo; otros más críticos como Gutiérrez Girardot o Danilo Cruz Vélez, reconocieron el valor del legado orteguiano. Prueba de ello es un libro de 1956 titulado José Ortega en Colombia, escrito como homenaje un año después de su muerte donde el mencionado Abel Naranjo Villegas dice: “El poder de suscitación que tuvo su palabra lo constituyó en maestro por antonomasia y quizás, ya es tiempo de decirlo, es el español de todos los tiempos que, sin garrulería y con genialidad, transformó todos los temas que le cruzaron […] y los entregó a la posteridad encendidos con la chispa de su genio y de su estilo”.

Por eso también es absolutamente cierto el juicio de Cayetano Betancur, uno de los introductores del pensamiento moderno en Colombia, cuando sostuvo: “Creo que muy otra sería la suerte de nuestra actual cultura, de no haber tenido, desde 1923 a nuestro alcance la biblioteca de la Revista de Occidente”, pues sin el proyecto cultural de Ortega y su magisterio, sin los empeños de su discípulo José Gaos en México, sin la continuidad de este proyecto por Leopoldo Zea, sin la labor de los discípulos -en un sentido amplio- de todos ellos; sin las traducciones que suscitó, se habría prolongado más el provincianismo pueblerino y parroquial de la cultura colombiana de la época.

Cierto es que su obra fue cuestionada por la carencia de rigor filosófico, pero, en estricto sentido Ortega realizó lo que hace todo auténtico filósofo: tratar de esclarecerse, y tratar de esclarecer el mundo que le tocó vivir…en fin, buscar orientación para darle cauce libre a la vida. Por eso, hoy después de más de 60 años de su muerte, sólo resta decir: ¡Muchas gracias Don José!

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