Sobre Nerium Park

La función de las seis de la tarde solo llenó media sala del teatro. Creo que era la primera vez que veía el teatro Fanny Mikey tan vacío, tan inhóspito. Tal vez porque es fin de semana con día festivo, un feriado que aparece en un mes lleno de vientos y fríos por doquier. Decidí ir a ver Nerium Park para entender un poco el drama de ese matrimonio joven que decide irse de la ciudad para descansar del caos del día a día que te consumen segundo a segundo. Victoria y Nicolás, compran un apartamento en la sabana, lejos de sus lugares de trabajo pero con la sensación de que cumplieron el sueño de su vida: vivir  junto a los árboles, el ruido de las aves y los vientos de aíre fresco que solo se pueden recibir de esos lugares lejos de los carros, motos y empresas contaminantes.

Nicolás –protagonizado por Santiago Alarcón- es un hombre tranquilo y bastante positivo, confiado y seguro de su vida, su esposa y su trabajo.  Victoria- protagonizada por Verónica Orozco- una mujer con miedos, insegura del mundo que la rodea, ve con desesperación como los otros apartamentos no han sido vendidos y siente que el tiempo los consumirá poco a poco en el único lugar habitado de ese gran condominio.

La obra que llega por primera vez a Colombia, fue escrita por Josep María Miró, dramaturgo catalán que ha expuesto en cada una de sus creaciones teatrales el desespero y la angustia del ser humano. La historia nos muestra a un matrimonio feliz que está en el mejor momento de su existencia, él con un trabajo estable y ella con un deseo infinito de un hijo. La historia se desarrolla con una trama lenta que va destapando las cartas que el público debe ir anidando, tejiendo poco a poco para que comprenda el momento preciso en que los personajes van cayendo, van hundiéndose en sus miedos y tormentos hasta tocar fondo.

Es una obra para analizar constantemente, para no parpadear, para no dejar de pensar en el hombre y sus traumas, sus miedos y deseos. Es una obra para abrirse al mundo de los sentimientos contrariados, de las emociones constantes que te permiten experimentar los personajes que de a poco, te van dando la dosis exacta que necesita cada escena, cada momento. Esto me llevó a pensar en Arthur Miller, en el teatro norteamericano, en Muerte de un viajante. También en Agosto, la obra de Tracy letts dramaturgo norteamericano que al igual que Miller, exponen el dolor y el drama del ser humano justo cuando sus vidas están en decadencia, están en un remolino que no parece detenerse y aunque luchen por no ser parte de este, sus emociones los convierten en otros y los llevan a sacar de sí, de sus entrañas, todo eso que han acumulado, todo eso que la vida perfecta les ha inventado, todo eso que ellos creyeron ser y no lo son porque la vida no es eso que se planea con esfuerzo, sino eso que ocurre intempestivamente, sin anestesia, sin preguntas.

La sala del teatro solo se llenó hasta la mitad. Los espectadores no entendieron la obra, la mayoría despotricaron el hecho del final tan “básico”, tan sin sentido, tan frío. Cuando en realidad, el final fue abrupto, fuerte, directo al estómago como un golpe del chico malo del colegio. El final como gran parte de la obra, es un despertar, un sacudón que dolió al espectador que entendió desde un principio el poder del drama humano, el colapso de los sueños, el ardor de una fractura emocional, del  decadente momento de verse diluir entre los dedos las esperanzas y las ambiciones. ¿En qué momento el ser humano es en verdad humano? Tal vez, cuando se da cuenta de que todo lo que había construido en su vida se esfuma con fuerza y no puede hacer nada para remediarlo, y tal vez no quiere hacer nada, porque no es tiempo, porque ya no es necesario… La vida que nos inventamos es solo una máscara que se puede fracturar cuando menos lo pensamos, cuando menos lo imaginamos y entonces, como un acto de magia, el hombre se encuentra consigo mismo y se duele por ser así, y se duele por los demás, y ahí, justo ahí, empieza la vida.

El público no entendió la obra y un grupo de cinco jóvenes se reían por los pasillos del teatro, por la calle 71 hasta la avenida 9. Se reían porque los actores no pudieron hacer la venia, se reían porque un hombre de la fila F se levantó para aplaudirlos, se rieron porque no hubo un tercer aplauso y los actores lo supieron y entonces, yo me molesté, y entonces, yo me sentí mal por el arte, por el teatro pero sobre todo, por la superficialidad humana, por la idiotez humana y entonces, también comprendí que aún no han roto sus máscaras y mucho tiempo después, me sentí bien.

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