¡Que José Asunción Silva no se suicidó, lo mataron!

<<Porque como hoy se hace con un hombre,
mañana se hace con otro, mi señora>>
El libro de la Envidia.

 

El 31 de agosto de un año que no diré, un temblor, un terremoto, un desastre destruirá a Bogotá de finales del siglo XIX. Es una de las consignas más fuertes que expone el Libro de la envidia del escritor bogotano Ricardo Silva Romero. Aunque el hecho profético de un sacerdote en la Bogotá de entonces no fue tal cual como todo el mundo pensaba, sí hubo un movimiento que sacudió la cabeza y el corazón de los habitantes de esa ciudad de unas pocas cuadras que se movían en un tranvía jalado por unas bestias de paso lento, chirriante y agotado. Lo que sucedió fue que la muerte de uno de los hombres más ilustres de la época no fue como dijeron algunos, sino que se forjó una conspiración que lo se callara para siempre, para que no dijera ni un solo verso más, ni una sola palabra sobre esa corrupción que ya carcomía a la ciudad.

José Asunción Silva no se suicidó, sino que lo mataron. Pequeña revelación que hace uno de los personajes más queridos de esta ciudad pero también, más olvidado, ya que no era otro que el loco Cacanegra, un loco que caminaba por las calles de la Candelaria con una bolsa de papel y un rosario de madera intentando encontrar los remedios precisos para traer a la vida a su esposa, la mujer que lo amó como a nadie en el mundo y que el día del parto de su hija, murió sin más, sin decir nada.

Con estos dos elementos juega Ricardo Silva. Juega con la figura de un hombre de la época del cual no se sabe nada, pero existe un retrato realizado por José María Espinosa, quien retrató a algunos hombres de la época. El loco Cacanegra es una invención total del escritor quien tuvo vía libre para poner a su merced el carácter, la forma y la vida de este personaje principal que va junto a la Virreyna, una prostituta que en el fondo le cree totalmente que Silva fue asesinado. El otro elemento es el derecho de la duda sobre la muerte del poeta bogotano desde la biografía de Enrique Santos Molano quien sostiene esta misma teoría en su libro: El corazón del poeta.

El Libro de la envidia  es uno de los textos que ahora hace parte de la herencia histórica que cargamos los colombianos sobre nuestras espaldas, pues somos herederos de los hechos más atroces como de los hechos más satisfactorios de este país que no ha dejado la guerra, que no ha soltado las armas y que vive siempre con la idea triunfante de que todo pasa porque sí y no hay manera de esculcar otra forma de ver las cosas. La vasta investigación de Ricardo y la forma irónica, humorística y sincera de su relato, hace que el lector viaje, camine, se funda en las calles capitalinas que muchas veces ha transitado sin siquiera tomarse un segundo para pensar, reflexionar o imaginar cuantos hombres entre ilustres y humildes, han pasado durante estos más de doscientos años de existencia de este territorio que necesita otras formas de ser contado, de ser expuesto para que futuras generaciones duden, analicen y se vuelvan acreedores de una historia que jamás ha estado completa, que jamás se ha construido con los hechos verdaderos, con las voces necesarias para poner sobre la mesa algo que puede cambiar la forma de ver al país, de ver a la humanidad, del sentirse colombianos sin saber por qué.

Conversando con un amigo literato, exponíamos este aspecto tan importante que es ver un poco la historia desde otra óptica, desde otros mundos que nos ayuda a armar un cuadro que pareciera ya estar completo, que pareciera no tener otra forma de ser cuestionado. Entre esa conversación, se acerca otro hombre, alguien lejano a estos cuestionamientos y pasiones literarias y yo, quien ha descubierto una verdad, le digo: “A José Asunción Silva lo mataron, nunca se suicidó”. A lo que el hombre responde: “Y a mí qué me importa”. Y se va con una sonrisa de triunfo, como quien en verdad estas cosas no alcanzan a repelarle en la cabeza. Entonces pienso un poco y digo que esto es delicado, pues entender la historia de otra forma es comprender que la manera como se ha leído a Silva debe cambiar, que  nuestra interpretación de Bogotá de aquel entonces debe modificarse porque hay que agregar elementos políticos, corruptos, conspiraciones que se gestaron para el beneficio de pocos y que aún se siguen repitiendo sin ninguna vergüenza, sin ningún reparo.

Son 525 páginas de una historia que recrea el misterio, la crítica y la reflexión de nuestra historia. Conclusión concreta: somos un país de envidiosos. La exposición de un complot, de una conspiración anda en el aire cuando se hace una lectura atenta y juiciosa.

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