Sobre el amor

A eso que llamamos amor no es otra cosa que un conjunto de caprichos y deseos. Aunque siempre ha existido ese afán por querer mostrar el amor como algo bello y único del ser humano, quiero decir que eso puede ser una cortina que colocamos para embellecer uno de los actos más mezquinos y tercos que existe en los humanos. Si bien es cierto que muchos han reflexionado sobre esto, es probable que mi aporte no signifique mucho o nada a lo que ya grandes pensadores, literatos y gente del común haya dicho tiempo atrás.

Mi primer acercamiento a una concepción de amor verdadero- mezquino y terco- lo entendí en la novela El amor en los tiempos del cólera.  Allí Gabriel García Márquez puso sobre la mesa los avatares y dolores que nacen en el centro del pecho de las personas que no pueden estar juntas. Es un dolor profundo, una angustia exasperante y una sed infinita. Aunque uno esperaría que la concepción de amor que manejó el escritor colombiano fuera idealista y quizás utópica, vale la pena decir que no, que la visión es más humana, más con los pies en la tierra. Lo digo- y también lo dice el autor- porque lo que allí se presenta no es más que los arrebatos, molestias, desacuerdos y monotonías que nacen en un matrimonio, en una relación que ha llegado a un tope en donde cada uno de los participantes se conoce tan bien, que saben cuándo y cómo se acabará la pelea, se le pasará el mal genio y por supuesto, que va a decir para que las cosas sigan fluyendo.

Aunque no se quiera, el amor tiene ese juego laberintico, desigual, injusto. El que ama más pierde las batallas, el que se ha esforzado más, se siente descontento y cae sin paracaídas al vacío de la desilusión. Esto no es un hecho apocalíptico ni un despecho profundo, sino la realidad de un juego que se hace con los ojos vendados, con la inconsciencia profunda de prever lo que quizás está por pasar. Esto también lo entendí muy bien en el famoso texto de Tristán e Isolda. La historia de origen francés que narra la vida de una mujer que decide dejar a su esposo –un rey- para emprender una aventura llena de pasiones y amor con su amante. Lo que allí va a suceder, es que la mujer se da cuenta que ha perdido mucho más de lo que creyó y decide volver. Aunque la historia tiene otros elementos para entender lo sucedido, yo me quedo con lo humano, demasiado humano con el fin de exponer el poder ciego de eso llamado amor. Otro ejemplo lo podemos ver en Madame Bovary. La pobre mujer toma decisiones de acuerdo a sus deseos y pasiones, estas la llevan a vivir lo que no ha vivido pero también, a perder lo que nunca pensó.

Justifiquemos que el juego de esta mujer está lleno de amor, un amor que es efímero y que a decir verdad, rompe con la forma profunda de entender este sentimiento como algo eterno e inmutable. Entonces la situación se sale de control, se da cuenta que no es cierto lo que siente y todo toma un rumbo tan abismal como la misma sensación que la movió a ello.  Yo creo que hay que romper con ese paradigma de la perfección en los cuentos del amor, lo que existe en verdad es que hay un asunto de pasiones, deseos y sentimientos que se ponen como bandeja y cada cual los elige según sus intereses. Pienso que al concepto amor le hemos puesto un significado tan alto, que es imposible hallarlo exactamente en una práctica precisa. Las utopías son alicientes que permiten moverse en el mundo.

El amor es un juego de caprichos. Uno de los dos es más fuerte, más orgulloso, más mentiroso, más interesado, más fiel y sobre todo, más presto a continuar una aventura que cuesta en muchos momentos acabar. Llamamos amor a la perseverancia y la lealtad, a la unión de los cuerpos y a la decisión intrínseca de compartir una vida con alguien y dejar de pensar en otros. ¿Pero qué sucede si en el caso de Isolda o Bovary nos damos cuenta que no podemos cumplir lo prometido? Entonces nos escudamos con la idea de que el amor cambia, el amor se acaba y el amor no es suficiente. La verdad es que no hubo eso llamado amor, porque mis caprichos y deseos cambiaron y ahora tienen como objetivo otro punto. No está mal pensar o actuar así, no hay que moralizar ciertas acciones.

Lo único que podemos creer qué es el amor, es el constante encuentro de dos seres con sus caprichos y deseos profundos que se chocan entre sí y se complementan. Que no es para toda la vida, que no es lo único y que de eso, no depende nuestra vida.

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