Los cementerios

Un lugar lúgubre, asfixiante y descolorido. Entre los pasillos de las paredes reventadas de lápidas y lápidas con imágenes de la virgen, de Jesús redentor, de cruces que indican que la persona, el ataúd, la ropa y los huesos están gozando-si se puede gozar- de un tiempo tranquilo, eterno. Aquel cementerio es grande, casi laberíntico, circular, sucio y lleno de una atmosfera que impregna, que abusa y atasca los sentidos. He visto llorar, reír y suspirar ante la bóveda, ante la lápida, el agujero horizontal que milimétricamente acobija al féretro que en algunos casos son de madera fina y en otros, son tablas que están por desbaratarse, desunirse por el trajín, por el movimiento de horas y horas de lamentos y golpes y zarandeos.

Aquel cementerio aguarda a las mentes más ilustres, a los más importantes, a los más viles. El cementerio es un lugar que no discrimina, no diferencia, no aleja a ninguno. Igual, cómo y por qué lo haría, no hay nada más, no hay a dónde escapar; la vida fue un completo escapismo y ahora, se siente entre los panteones de empresarios, trabajadores, familias que fueron distinguidas la tranquilidad incesante de no tener escapatoria.

Voy detrás de Silva, el poeta. Voy detrás de Uribe Uribe, el general. No tengo mucho tiempo, la lluvia quiere golpear el asfalto, quiere lavar las lágrimas y súplicas de los días en que la tristeza y el hecho fatal golpearon a una familia. Yo me muevo como un pez en el agua, como quien conociera el lugar pero a decir verdad, yo no sé para dónde voy. Veo tumbas y tumbas. Familia Piedrahita, familia Urdaneta, grupo de empleados de Bavaria, de teatro y cine. Sindicato de obreros, familia Vallejo, Familia Escobar, Meléndez y otros tantos apellidos de origen alemán, italiano e inglés. No es raro, no es extraño, no es sorprendente. Bogotá ha sido el nido de muchos emigrantes, de muchos terratenientes y turistas europeos que terminaron amando, odiando o explotando esta tierra.

Sigo mi recorrido, sigo mi camino como si estuviera desesperado; el olor a cebo, a rosas me fastidia, me obliga a aguantar el aire, a soltarlo pasos más adelante, a recordar que los pulmones sanos de mi juventud se deshicieron por el cigarrillo de la adultez. Me cruzo entre las bóvedas, por cuantos caminos puedo; el olor me persigue y muchos, muchos visitantes están en su ritual del día lunes, día de las almas.

En una esquina un grupo de personas queman varías velas, papel y otros artículos que no puedo determinar. No me miran, no les importa si estoy cerca o lejos, si los veo con curiosidad o los critico, ellos están ahí, dialogando con ese ser perdido en la nada. Una mujer habla a buen tono, le cuenta a un alguien, a la distancia, que la hija está bien y que el hijo ya está estudiando, que no se olvida de él y que no cortará comunicación con ella. No entiendo nada, no me importa, no es algo exótico para mí, no es algo que me llame la atención. Yo sigo con mis pasos en busca de Uribe Uribe el general, de Silva el poeta.

Hay osarios como bloques, las cuatro caras llenas de muertos, de familias completas y ahí está, el espacio para la siguiente generación. ¡Qué miedo saber que ese hueco está destinado para ti, que vas a visitar a tus muertos y que en el futuro, también serás visitado, olvidado! Entre osarios, entre bóvedas, entre espacios precisos para un solo cuerpo me metí, exploré y entendí que el olvido es terrible, doloroso y triste. Me apiadé por ellos, por los huesos de gente que dejó de existir a inicios del siglo XX, que no alcanzó a ver los tiempos de grandes cambios.

Caminé cuanto pude, no encontré a Silva ni a Uribe Uribe. No me hallé entre tanta sensación que me inundó, entre tanto viento frío. No logré encontrarlos, no sé si están ahí. La verdad llegué buscando algo y terminé llevándome la sensación descarnada de un olvido que al igual que la muerte, a todos nos llega.

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