Silva, el anfibio

A Guillermo Molina

Escuché alguna vez que los años revindican a los escritores, pero en José Asunción Silva los años han deshecho al poeta para darle paso a una figura amorfa, irreconocible. El primer aniversario de su muerte pasó en silencio, ni doña Vicenta la madre, ni Julia la hermana dijeron algo diferente a lo que se escuchó en voz de Baldomero Sanín Cano y de los otros once amigos que estaban aquella noche del 23 de mayo de 1896 en la casa del poeta. Una historia que se repite y se repite como si fuera un loro que canta el mismo vallenato, que suena a la misma hora por los parlantes de un equipo de sonido viejo. Esto tiene su razón de ser, pues nos gusta más la historia idílica, bohemia, oscura y el chisme en todo su esplendor. Nos interesa más el hecho de pensar que Silva fue un poeta maldito, que tenía amoríos con su hermana Elvira y que su situación económica era tan miserable, que el suicidio era la única salida. Ese tipo de historia barata, como las telenovelas  que narran hechos absurdos que entretienen a la sociedad hambrienta de morbo.

Aunque estemos en pleno siglo XXI, la situación no es nada diferente al siglo del Silva. El siglo XIX un tiempo de cambios abruptos nos presenta una sociedad santafereña que pretendía seguir modelos europeos que no entendía muy bien. Pues esa mezcla entre campo y ciudad, entre “bárbaros” y civilizados, hizo que la mentalidad de las personas jugara a la construcción de imaginarios, de estatus sociales que van más allá de la economía que de cierta forma era clara, posicionaba al bogotano en un punto el cual podía señalar y discriminar sin ningún reparo. Nuestra gente del siglo XIX miedosa por el poder de un Dios construido por una religión chocante y excluyente, se dio a la tarea de seguir al pie de la letra los sermones de cada domingo. Por esa razón, el cariño que profesaba Silva por su hermana terminó convirtiéndose para algunos en un amorío, en un incesto, pues de esto no hay más que habladurías y calumnias por la interpretación de algunos sus versos. La muerte de Elvira le dejó un dolor intenso. Quién estaría bien si se muere un familiar cercano, quién podría andar como si nada, si se muere una de las mujeres que tenía a cargo después de que muriera su padre. En una sociedad machista, patriarcal, un joven como José Asunción Silva sentía todo el peso de llevar una familia conformada por tres mujeres. Perder a alguien tan querido no era algo que pasara sin más, la sensibilidad es la gran habilidad de los poetas y más, en un mundo en el que hacerse daño vendría a convertirse en costumbre.

La Bogotá de entonces que jugaba a la gente refinada y al vulgo, se dio a la tarea de clasificar a su parecer lo que era bueno y malo. Silva que había viajado a Francia en la década de 1880 se encontró con los simbolistas, con la visión de un mundo reflexivo por un lado y por el otro, frenético por el progreso. Le hizo caso a la literatura como forma de vida. No una literatura como se concebía en la Colombia del entonces, de escritores de fines de semana como un requisito intelectual que se confundía con la política. Era más de forma que de profundidad, diría Borges sobre María de Isaacs. La cantidad de escritores que incursionaron en el género preferido del entonces, la poesía, complicó de cierta forma la selección y rescate de algunos nombres para que desde allí, se pudiera entender la escritura de un país. Letrado que se respete, fue novelista, poeta, diplomático y hasta periodista.

Apostarle a la literatura era vivir de una forma determinada, entender el mundo bajo una óptica precisa, ver más allá del tiempo que lo rodea. Por esa razón Silva nunca fue hijo de su tiempo, fue un vanguardista como siempre se ha dicho y no como cliché, sino porque su obra-la menos querida por él- Gotas amargas construyó un camino bastante amplio dentro de la poesía no solo en Colombia, sino en Hispanoamérica. Estamos hablando del precursor del modernismo.

Se debe leer Gotas amargas para entender todo lo que el poeta exponía de forma irónica, crítica y metafórica sobre la sociedad en la que vivía. Era un anti-burgués desde el aspecto artístico. Aunque su vida de ropas finas, tabacos importados y de modales europeos dijeran lo contrario, es importante explicar que no era del todo una construcción propia. Es decir, no era que Silva se creyera francés por su viaje al país galo, sino que su herencia familiar de alguna u otra manera lo formaron así. Su familia, los Silva, siempre fueron de renombre por su economía. Su abuelo don José Asunción Silva fue asesinado en 1864 en la llamada masacre de Hatogrande. Una guerrilla de Guasca llegó a la hacienda con el fin de robar, pero entre la disputa, uno de los maleantes atacó al abuelo del poeta y lo mató. Era una hacienda prestigiosa, que daba a la familia una posición económica importante. El autor del Nocturno se crío con esta herencia, con una forma de vivir y de moverse a nivel social. Su padre don Ricardo Silva intentó mantener a la familia con una economía digna de su historia y renombre, pero los cálculos fallaron y cayó en bancarrota. Quien asumió la crisis fue su hijo José Asunción, que por muchos medios-préstamos- quiso sacar a su madre y hermanas del fracaso, sin embargo, fue imposible.

Aquí se teje una segunda teoría sobre la vida de Silva y el fracaso financiero. Si bien es cierto que Silva le debía dinero a media Santa Fe de Bogotá, es de aclarar que él al final de su vida montó el último negocio que podía sacarlo de la quiebra: la empresa de baldosines. Idea que de hecho sirvió, porque la familia Silva logró mantenerse y sacar a flote las deudas tanto del poeta como del padre. José Asunción aceptó un puesto como diplomático en Venezuela para ayudar a la familia, dinero que de cierta forma sirvió para cubrir y empezar con poco el negocio que se construyó con una alianza entre conocidos. En resumidas cuentas, de ese negocio se lucraron muchos…

Silva vivía de acuerdo con el renombre de la familia y su concepción sobre la vida. Su estilo iba unido con una sociedad cambiante. Si bien es cierto, la modernidad trajo consigo una idea absurda sobre relegar el arte a una esquina, a un olvido total porque este no daba dinero, no era productivo para los nuevos tiempos. ¿Qué debía hacer el artista? Vivir con la realidad que le tocó y proyecta sus reflexiones en la literatura que estaba más allá de ese caos social. José Asunción Silva era un anfibio, un hombre que entendió que debía tener dos “caras”: la que le exigía su sociedad y la tradición familiar, y la que le pedía a gritos el arte. Esta última era ser un crítico certero y en la obra que hemos citado está más que claro.

¿Qué esperaba la gente, que Silva fuera un revolucionario y dejara su vida de hacendado para dedicarse a vivir como Mallarmé, Rimbaud o Verlaine? Es absurdo. Eso lo hicieron ellos en un país que a nivel político, social y culturalmente estaba “construido”. No en Colombia que hasta ahora cumplía un poco más de medio siglo de la independencia. Eso era imposible políticamente, socialmente y culturalmente. Entonces de una vez, derrumbemos esa postura: Silva no era un poeta maldito, Silva no perdió la cabeza… El apodo José presunción Silva se lo  inventó Lorenzo Marroquín y Rivas Groot después de que Silva les criticara su poesía, sus versos, su poca habilidad para la escritura. Sin embargo, en la actualidad se repite como si fuéramos loros y lo adjuntamos a su vida de clase alta.

Por ese sendero, Silva no fue eso que dicen los amantes de la vida bohemia y lo que creen que la literatura es eso. A aquellas personas que piensan que todo está en la soledad y la melancolía y la miseria, para ellos, la literatura está lejos de su alcance. Silva era un comerciante que vivió la poesía y las letras como forma de vida. No lo podemos ver en lo que fue su estilo de vida, pero sí en su creación.

Entre otros mitos, Silva no era homosexual. Fernando Vallejo en la biografía sobre el poeta, asegura que él se enamoró de una mujer que le correspondió en el sentimiento pero que debió casarse con otro. Se amaron a la distancia, tanto así que aquella mujer durante veinte años después de la muerte de Silva, le llevó flores a su tumba. Le creo a Vallejo, quién como él para una construcción biográfica… Esto también ayuda para eliminar la falacia sobre el incesto, increíble seguir asegurando eso, país de enfermos.

A la final, lo que menos importa es el poeta. Lo que aquí interesa es la vida de ese individuo llamado José Asunción Silva y todo lo que se ha tejido sobre él desde que murió. Su muerte tan extraña, porque cabe la posibilidad de creer que no se suicidó. Que el disparo que se pegó no salió por voluntad, sino como dice Enrique Santos Molano-el otro gran biógrafo- fue asesinado porque conocía sobre la falsificación de papel moneda. Silva era tan influyente y como se sabe, escribía para varios periódicos. Callar al que sabe la verdad es una costumbre en este país.

No logro creer que en una ciudad tan pequeña como dice Vallejo: “No era necesario el teléfono, aquí se podía llamar a gritos”, nadie, pero nadie hubiese escuchado el disparo de un revolver Smith & Watson calibre 38 de tres tiros, en una casa en donde habitaban: Vicenta, la madre, Julia, la otra hermana. La empleada del servicio. Ninguna supo nada. Apostarle a la versión de Santos Molano vale la pena.

Silva, el anfibio porque tiene forma que los estudiosos le han dado, que los lectores han querido y la sociedad necesita para seguir recriminando. El mito del poeta seguirá manteniéndose mientras siga importando más eso que su poesía. Mientras no haya espacio para otras versiones, construcciones de la historia, esta seguirá siendo un deleite para el morbo. Todos hemos recibido esa herencia literaria y cultural, nos hemos formado de tal manera, que leemos y entendemos a Silva por estas habladurías. José Asunción Silva no es un poeta, es un chisme, es un misterio, es un placebo para quienes les gusta el morbo, para quienes lo leen en esa clave, para lo que buscan en él, la explicación de la creación de su mundo de tinieblas falaz.

La vida de Silva se empezó a desdibujar cuando su madre dijo: “Mire como no ha dejado ese zoquete”. Con tremenda afirmación, se abrió la puerta para las conjeturas y los abusos. Luego vinieron sus amigos, el mismo Baldomero Sanín Cano que se autoproclamó amigo íntimo del poeta, se dio la libertad de decir lo bueno, lo malo y lo perverso. Después fue Unamuno, la miserable biografía de Miramón, los comentarios desatinados de Juan Ramón Jiménez y de ahí en adelante, uno a uno le agrega y le quita cosas a la vida de Silva convirtiéndola en una ficción abusiva. Leer a los autores sin prejuicios permite navegar por las aguas diáfanas de la literatura.

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