Carne de perro- gente de orilla

En una sociedad controlada y reducida al falso ideal de una política justa, el personaje principal de la novela Carne de Perro del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez camina entre la línea que divide lo oscuro y lo claro de una isla que nunca ha sido libre. El sexo, el ron y un lenguaje obsceno se toman las ciento treinta y siete páginas divididas en dieciséis apartados que algunos afirman que son cuentos, otros que son crónicas y otros que simplemente son historias. Mi lectura no entendió tales afirmaciones, no vi que cada apartado se pudiera leer como un relato independiente de la historia de aquel periodista dedicado a la literatura, al sexo y al ron.

Carne de perro hace parte de los cinco libros que componen: ciclo de centro Habana, en donde Pedro Juan Gutiérrez expone la vida de aquellos que no son parte del plan turístico de la Isla de Fidel, de esos espacios feos, degradados, miserables. Puro realismo sucio, un subgénero literario que nace del realismo, pero que tiene como característica ser descarnado, crudo, cruel. No se anda con palabras bonitas, ni frases románticas, expone lo vil del ser humano, sus pasiones y deseos a flor de piel. Ya desde el mismo título de la novela, se le anuncia al lector que su experiencia de lectura estará marcada por aquello que éticamente y moralmente “no está bien”. Sin embargo, la doble moral de los hombres permite que de labios para afuera condenen estas conductas, pero desde su interior se obsesiona tanto que su excitación se desborda en la lectura.

La vida de un experiodista que camina por las periferias de la Habana lo lleva a reflexionar poco a poco sobre la situación económica, política y social de la isla. En un lugar en donde todo el mundo sabe la verdad pero nadie la dice. “Yo no quería dar detalles. En boca cerrada no entran moscas. Pero sabía todo” (p. 104). Son tiempos de crisis y de escases. Los personajes de esta novela son las consecuencias de una política injusta, de una arbitrariedad abusiva, de un conformismo por sobrevivir ante una sociedad que los margina. Son la carne de orilla, la falta de oportunidad, los que no nacieron para semilla.

Aunque en la novela se siente la ironía de Pedro Juan, también hay un afán determinante por revelar al otro, por reconocerlo dentro de su miseria. No es objetivo salvarlos, pues los de las orillas están condenados a eso, a la periferia y a ser ignorados sin más. El ejercicio de exponer a ese otro permite pensar en la mancha negra del cuadro blanco. Pues si bien es cierto que desde aquella revolución cubana que se nombra entre líneas en la narración, fue una promesa que se diluyó con el tiempo dejando solo las ilusiones y los deseos guardadas en la cabeza de lo que aún podían recordar con claridad cuál era el ideal de empezar una nueva Cuba.

La prostitución, las pelear, el control policial, la economía de estas zonas que se tratan en la novela, son una radiografía y una cartografía que el personaje principal va dibujando de acuerdo a sus días de soledad, de emociones fuertes, de recuerdos fundidos, de fracasos y de anhelos. Esa isla que para él es lo único que hay aunque no lo diga, permite que él se sienta como un afortunado, que pueda elegir lo que quiere y lo que no, que le deja ver lo oscuro de los seres humanos y que al final del día, todo se solucione con una garrafa de ron y algunos cigarrillos. Porque no importa a la final toda esta problemática, el ser humano es así, carnal y pasional, porque la política no tiene otra dinámica, porque todo lo que está ya no puede ser cambiado, porque la gente intenta sobrevivir aunque la muerte ya los tenga en la mira.

Pedro Juan Gutiérrez es sin duda una de las plumas más finas de Cuba y quizás, de centro américa. Su obra literaria se mezcla entre la ficción y no ficción, entre las reflexiones profundas y lo superfluo para que el lector en su ejercicio analítico desenmarañe las emociones y similitud con la vida que los personajes van mostrando

de acuerdo a sus experiencias, ideas y recuerdos. El juego de voces es muy marcado en cada página, no es solo el experiodista el que está siempre reflexionando, sino los otros personajes toman por un momento un protagonismo interesante que nos permite ver otras críticas, otras ópticas sobre el mundo que les rodea.

Todos éramos bueno y correctos, obedientes, disciplinados. Ahora es lo contrario: todos somos malos e incorrectos. Las mujeres callejeras, la gente cínica y perversa. Todos desesperados en una carrera loca y desenfrenada atrás del dólar nuestro de cada día. […] y la gente que se ha quitado la careta, nada de apariencia. Ahora es la época del caos y el vértigo. Garras y colmillos, al borde del precipicio  (p, 128).

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