Deshacerse de todo

Era para un amor, pero se fue para el carajo…

Sabíamos que al irse uno de los dos esto ya no tendría sentido. Nos unían pocas cosas, algunas risas, algunas canciones y un gran espacio que compartíamos a diario. Aunque muchas veces lo hablamos y éramos conscientes, nos prometimos no olvidarnos. Sin embargo, un jueves de lluvia y algarabía tomaste tus cosas en dos bolsas y te fuiste sin más, sin decir palabra alguna frente a la mirada de otros que ignoraban lo que pasaba entre los dos. La noche fue larga, no hablamos el fin de semana.

Los días largos y cargados de recuerdos y sensaciones extrañas me apoderaron. No fui capaz de tomar un rumbo, no fui capaz de hacer nada, solo estaba sentado ahí, en la silla de siempre, en el lugar que era propio. Durante esa semana después de tu partida no fumé. Tampoco tomé algún libro para salirme de los tormentos de mi mente, de las escenas que se repetían de forma aleatoria de los momentos vividos, de las peleas, de los gozos. Me cargué de cosas que me pesaban en las mañanas al despertar y daban vueltas conmigo en la cama al anochecer. Volvimos a hablar, pero para pelear, entonces no tuve otra cosa más que decir: adiós. No fue tan dramático como otras veces, esta vez no hubo nada que decir y los días pasaron y yo, en mi lejanía física, pero en una cercanía de recuerdos que me turbaban la mente, seguía con mis obligaciones diarias sin mucho entusiasmo y la vida se fue, se fue como si nada entre la rutina y las risas que de vez en vez se escapan entre amigos.

Entre un cuaderno de notas, encontré una reflexión del Florentino Ariza: “pero sabía más por escarmiento que por experiencia, que una felicidad tan fácil no podía durar tanto tiempo”. Y era verdad, nos cruzamos tan fácil y nos unimos sin complicaciones que nos volvimos cómplices, pero también verdugos. El tiempo no era para los dos, sin embargo, lo forzamos. Fuimos como dicen en esto tiempos: tóxicos, pero así logramos decir te amo. Jugábamos con fuego, era una verdad y a la final, uno de los dos se quemó.

Cuando un amor se va lo único que queda es una carga exagerada. Cargamos con los recuerdos, con los días, las horas y, sobre todo, con las sensaciones vividas que están marcadas como tinta indeleble. El cuerpo nos duele, el aire falta y la asfixia a veces es tan fuerte, que nos dejamos ir, nos hundimos. En el siglo pasado, a inicios, se le llamaba a eso el cólera, las fiebres la convulsiones y la asfixia. Ahora sabemos que es la memoria del corazón

La noche es fría y antes de dormir, recuerdo la escena en que la reina blanca con voz dulce y letal le dice a Alicia: “es muy pobre la memoria que solo funciona hacía atrás”. No recuerdo si Alicia entendió muy bien esas palabras, pero si sé que Carroll cambió por completo la concepción de la existencia. El presente se escapa por pensar en el pasado y proyectar un futuro efímero. Cuesta tanto dejar de soñar, pero muchas veces es necesario soñar con la realidad, con lo que hay y hoy, en esta fría y desolada noche, tú no estás.

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