Independencia falsa, batallas perdidas

Decir que no hay nada que celebrar el 20 de julio es para algunos un cliché. Pero no lo es. De hecho, el ejercicio de recordar y seguir colocando el dedo en la llaga es el mejor método para incomodar, para romper con los viejos sentimentalismos de patria, de nacionalismo que a veces se nos meten a la casa, entre las cobijas. Sobre todo, con un gobierno como el actual, que no es otra cosa que una sucesión maquillada del que estableció Uribe, lleno de mentiras, doble moral, violencia y de corrupción por donde se quiera ver.  

Ser capaz de no aceptar-por pura ética- ningún festejo, ni aplaudir un desfile que lo único que muestra son las líneas de una guerra absurda, es lo mejor que podemos hacer. No hay independencia que celebrar, no hay razón por la cual izar la bandera, no hay porque sentirse colombiano, no hay porque agradecer. Y menos, a una institución carente de ética, a una máquina para crear asesinos, gestionar odio, jugar al héroe, venderse al mejor postor y lucir los uniformes que en vez de generar confianza, recrear un miedo profundo.

No hay nada que celebrar, ni mucho menos para prestar atención a las falsas palabras y emotivos homenajes a cosas tan nefastas como la guerra. Las armas no nos han dado la libertad, las armas nos han vuelto un país de ambiciosos y miserables por el poder; por tener en las manos las formas de poner todo a nuestro favor, de colocar beneficios para algunos pocos, generando una cadena de favores eterna. En un país de hipócritas que eligen a otros de su misma calaña, está cayendo sin ningún reparo las personas de buena fe, los que construyen país. Colombia ha perdido la batalla ante la hambruna, los asesinatos, la indiferencia, el narcotráfico, la violación de los derechos, la desigualdad y, sobre todo, ha perdido la batalla ante su propia historia.

Recordar los hechos que nos han convertido en lo que somos ahora, es ser ciegos y torpes. No podemos seguir con gran ahínco celebrando una batalla, una independencia junto a los que desangran el país. No podemos darle tanto espacio a un gobierno que maltrata, que es opresor, que es violento. No hay nada que conmemorar si el que están enfrente, es peor o igual a su majestad España en tiempo de colonización. Nos hemos convertido en fantoches, nos hemos convertido en alcahuetas, nos hemos convertido en hipócritas al darle paso a una dictadura disfrazada y que vemos construir su edificio de maldad como si nada. La independencia es quitarse lo que no sirve, es abrirse paso, es intentar formas, maneras para proyectar un futuro diferente. Por esta razón, no hay nada que celebrar, porque desde aquel grito de independencia, nos hemos repetido y poco se ha avanzado. Hurgar la historia, comprender el pasado y el presente. Interpretar este momento, entender que no estamos bien,  y pensar que ya es momento de cambio y saber, que nunca antes habíamos sido tan, pero tan esclavos como lo somos ahora.  

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