El arte y nada más que el arte

Tócame la cumbia, pa cantarte yo, pa aliviar las penas de este corazón

Enamorado de la cumbia, la banda de Nayo   

Por más que la reapertura del comercio nos invite a salir, por más medidas de bioseguridad que se encuentren en cada esquina, la ciudad es fría, como el alma de los que caminamos por sus calles. Es tan esquivo el otro. Intentamos que todo funcione, que fluya, que vuelva a ser, pero es imposible, el miedo al contagio, el miedo a las aglomeraciones es latente. Aunque las cifras bajen-que es lo que todos deseamos-, aunque las muertes disminuyan-ojalá a cero-, a la ciudad, a la gente le hace falta vitalidad, pasión, alegría. El Covid-19 nos ha convertido en zombis, en hombres y mujeres que salen de sus casas sin la intención verdadera de volver a ver la vida con color, estamos en un cuadro a blanco y negro. Esto lo puede refutar cualquiera si su argumento es: volví a fiestas, salgo con mi pareja, mi actividad de ejercicio y de socialización retornó, es falso. De lo que hablo es del arte, ese que sí da vida, ese que sostiene el mundo como el mítico Atlas.

No volveremos a ser los mismos, eso está claro. No sé si para bien o para mal, pero no volveremos a ser iguales y esto, no es la primera vez que le pasa a la humanidad, muchas veces, entre los escombros de la guerra, de las pandemias, del olvido, se alza la cabeza y se mira al frente para seguir. Entonces, se crean empresas, se crean formas para que todo se mueva en una economía que es cruel, violenta y abusiva, sin embargo, mientras todos piensan en hacer país y sociedad por medio de esta rutina mecánica del dinero, otros, unos pocos, hacen país con el arte, con el folclor.

*

Llegamos a eso de las cuatro de la tarde en punto. Estaban ahí sobre la calle 48 entre la séptima y la sexta un grupo de personas que al ritmo de tamboras bailaban una puya. Muy extraño, muy desproporcionado para los tiempos que nos acontece. A lo lejos saludé a Diana, la única persona que conocía en aquel lugar y quien es la promotora del Festival Colombia al viento que se la jugó toda para darle rienda suelta a la vida, que no es otra cosa que un serial de matices, de altos y bajos, de ruidos y silencios, de algarabía como la tambora alegre, de notas agudas como las del saxofón; momentos, sonidos particulares como la de una gaita que incita a levantar la mano y girar al son de una cumbia.

Después del break que se había tomado la calle 48, ingresamos a Espacio en Blanco, el lugar que había albergado el día anterior a los talleristas, músicos y artistas invitados para el festival que ya cumplía, a las cinco de la tarde, con más del setenta porciento de su programación. No éramos más de cincuenta personas. A las seis de la tarde se presentó Golpe Cruzao un grupo de jóvenes músicos herederos de la tradición de porros, cumbias, currulao, de pescado, mar y viche. Ellos, con sus tamboras, la marimba, clarinete, bajo y guitarra, prendieron la fiesta de cierre cargada de una energía que solo podía sentirse cerca al escenario.

Con una Club Colombia en la mano, caminé entre las personas que bailaban con sentimiento y bajo la atmosfera de los tambores tan propios, tan significativos y emblemáticos de nuestra tradición. La herencia de los pueblos afrodescendientes, de las mujeres con faldas largas de algodón, pañuelos rojos para los hombres y pantalones arremangados. Los pañuelos blancos con los cuales se secaban el sudor las mujeres que sobre su cabeza cargaban una ponchera con ropa, frutas, dulces, deja de ser algo exótico para pensar por un momento que la tradición, la herencia, la hibridación de razas que viaja por nuestras venas nos hace tan cercanos a las gaitas cortas, a la marimba que nos remonta al calor, al ron, al corozo. Pienso justo en eso en el momento en que estoy tomando una cerveza de orden nacional, costosa y más cercana a los capitalinos por ser un producto que en algunos casos se considera exclusivo. Quizás el extraño era yo, entre tantos artistas y admiradores de esta cultura que me hacen caer en cuenta que después de pasar dos años en la maestría en literatura y cultura, después de estudiar la literatura afro, de entender los procesos de independencia de los palenqueros y de hablar, hablar y hablar de la cultura del pacífico y el atlántico, no representó jamás el mundo que se expande cuando se está sumergido en la gastronomía, la danza y la música como lo presentó el festival.   

Intenté bailar, intenté seguirles el paso, pero me costaba. Eso solo tiene una explicación y aunque suene regionalista, hay un punto claro: el sabor y la emoción es algo que está en el cuerpo, en aquel que deja entrar la música a un cuerpo tieso, cubierto por la sombra de los meses de cuarentena, de trabajo en casa, de falta de actividad que de vida. Estaba un poco golpeado por tanta emoción cuando estalló, como un fuerte aguacero las voces de la mayoría de los espectadores en el momento en que Golpe Cruzao interpretó Enamorado de la cumbia de la banda de Nayo. En un unísono las voces y los movimientos del cuerpo, la mano arriba, los giros, los pasos cortos, el quiebre de cintura elevó sobre la atmosfera un vínculo, una conexión que aunque muchos nos contagiamos, tenía su propia razón: esta cumbia evocaba uno de los momentos más sublimes de la Fundación el colombiano, una academia de difusión de la cultura colombiana y quien mi amiga Diana Niño es su fundadora, cuando en pleno montaje para su gira por Europa del Este, encontraron en la composición de la banda de Nayo su punto de unión y el por qué estaban ahí horas y horas ensayando, ensamblando su puesta en escena: chambacú corral de negros, del gran escritor Manuel Zapata Olivella con la cual, recorrieron durante un mes varios países del viejo continente. Estaba entre los pequeños Atlas que sostienen el mundo…

Así se pasó la tarde y parte de la noche. Al final, se fueron en un carro los instrumentos, en taxis los artistas y la calle 48 quedó sola, Chapinero volvió a ser por un instante el mismo de siempre: el de grandes eventos y silencios profundos.

**

Pienso en la frase de Nietzsche: “El arte y nada más que el arte. ¡Es el que hace posible la vida, gran seductor de la vida, el gran estimulante de la vida!”. Estoy completamente seguro que el salvavidas que necesitamos para los nuevos tiempos es el arte como un paliativo para combatir el miedo, para mirar nuevamente al frente, para sentir que la vida vale mucho más cuando se pinta, no con la banalidad, sino con lo que se escapa de lo racional, en donde la pulsión tiene poder: el arte, la cultura. Esto no es un asunto de intelectuales, es un asunto de entender que, así como nos mantenemos en pie con la gravedad, el arte nos ayuda contra la crueldad e indiferencia del mundo.

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