De amores breves y recuerdos eternos

No sé decirte cómo fue

No sé explicarme qué pasó

Pero de ti me enamoré

Cómo fue. Benny More

Con sutileza la reina blanca le dice a Alicia: “Es muy pobre la memoria que solo funciona hacia atrás”. El problema radica en la incapacidad de entender que todo momento, que toda experiencia se queda guardada en un pequeño lugar de la memoria y se confunde, y se extravía hasta que el día menos pensado sale a flote, asalta sin más en el presente. Su aparición golpea y deja sin aliento porque muchas veces son recuerdos que no se han curado, que no sean saldado y pesan como la memoria de la que habla la reina blanca, como la de los amores que se grabaron con tinta indeleble y aún duelen. Sin embargo, como si fuera una pequeña resistencia, la novela de Miguel Torres: Breve historia de un amor sin fin es todo lo contrario. 

Si hay algo de lo que se ha encargado el dramaturgo Miguel Torres es en la reconstrucción de la memoria. Es una obsesión interesante y necesaria para un país que se desborona ante las injusticias y el afán de algunos pocos por dejar el pasado en el olvido eterno. Solo basta recordar su obra más representativa: La siempreviva en donde se reflexiona sobre el dolor de perder, la incertidumbre de no saber y la pena de cargar sobre nuestros hombros el holocausto del palacio de justicia en los años ochenta. A todos nos mataron ese día. Fue el instante crucial para darnos cuenta que Colombia se convertía a punta de bala en el país más insensible, más miserable. Llevado por los carteles de la coca, mi país se esfumaba con cada muerto, con cada atentado. La importancia de traer a colación el pasado es para no dejar que se nos escape de las manos la historia que nos atraviesa con fuerza cada vez que abrimos los ojos al amanecer, porque, aunque no se crea, nada ha cambiado desde el entonces. A este ejercicio de memoria, se agrega la trilogía del 9 de abril, en donde una vez más, Torres intenta exponer con argumentos claros e investigaciones rigurosas la otra cara de la historia, los relatos no oficiales que tienen la fuerza para poner a dudar, a temblar las versiones oficiales que no son más que la creación a la imagen y semejanza de los intereses de unos pocos.

Miguel Torres no se queda solo con el interés de trabajar con la gran memoria-por decirlo de alguna forma- sino que da un paso interesante sobre la memoria privada, personal, diminuta de un individuo del común. No estaría mal colocar en el mismo grupo estos dos frentes: la memoria general-colectiva- y la memoria individual, algo más micro. La razón es la siguiente: Tanto la primera memoria como la segunda, son elementos fundamentales que constituyen la historia de un país. De la memoria de los hombres de a píe se puede construir o visualizar los fragmentos que permiten elaborar una forma de entender la sociedad. Esto lo explica muy bien Foucault y Nietzsche. En donde el pensador alemán habla de la historia efectiva, aquella que involucra el cuerpo, las emociones y sensaciones, a lo que luego llamaría el pensador francés: prácticas. De tal modo, que Breve historia de un amor sin fin se puede entender en dos líneas que van en paralelo: 1. la historia de Bogotá desde finales de la primera mitad del siglo XX y la última década del mismo. 2. La historia de un amor sincero que sobrevive después de la muerte. Siento que esta novela permite entender lo importante que es recordar sin dolor, con la alegría que conlleva volver a un instante de la vida donde se fue feliz sin recriminar, sin sentir los golpes que pueden propinar el hecho tan peligroso como es el de volver la vista atrás.  

Siguiendo entonces las dos formas o rutas en las que creo que el libro nos propone, me dispondré a explicar más a fondo. La novela pareciera estar escrita como si fuera un diario. No tiene fechas, no tiene las características visibles de este tipo de textos, pero la división de capítulos, secciones o apartados, da la sensación de asistir a un diario en el que Miguel Torres nos cuenta cómo conoció a Dina Rosenthal y cómo se fueron mezclando dos tipos de personas absolutamente diferentes. Él un actor de teatro, ella una bailarina de ballet, él de clase baja, ella hija de una diplomática. Ella con prácticas muy curiosas y poco comunes para la época, como el acto de gastarle a él las salidas a cine, a cenar y todo el vino que tomaran en cualquiera de los cafés que inundaban nuestra ciudad. También el hecho de que una mujer de diecisiete años anduviera por la ciudad sola, con dinero y asistiendo a cuanto lugar prohibido para las señoritas de bien.  Él católico o por lo menos de familia tal, ella judía, del mismo grupo de personas que llegaron en la década de los años treinta y cuarenta a nuestro país corriendo de la amenaza Nazi, sin saber que muchos de estos alemanes judíos fueron perseguidos y llevados a centros de reclusión creados por el gobierno colombiano y su afán de simpatizar con Estados Unidos. La historia se trastoca, se distorsiona para los dos enamorados justo cuando los días son más azules, cuando el amor se profesaba en cada esquina, cuando la madre de Dina había aceptado a Miguel Torres como novio oficial de la única hija.

Por otro lado, la historia de Bogotá sale entrelineas, se da la forma de hacerse visible para que podamos entender los procesos de modernización, de cambios abruptos que se dieron no solo por el bogotazo, sino por el interés de mostrar a la ciudad como un lugar tan digno como las grandes capitales del mundo. En aquel momento las grandes casas del centro de la ciudad fueron remplazadas poco a poco por los rascacielos. El barrio Santafé dejó de ser ese lugar exclusivo para darle paso al vandalismo y la prostitución. Bogotá se expandía con velocidad y lo que en los años veinte se consideraban a Fontibón, Engativá, Chapinero como pueblos, para el entonces: años noventa, ya eran localidades formadas a punta de invasiones que fueron moldeando lo que hoy es una parte de la capital de Colombia. Jamás Fernando Mazuera se imaginó que su ciudad iba a ser tan grande como la vemos ahora y que sigue en aumento.   

Los cafés, los lugares sociales como el Cisne se transformaron y con ellos, se fueron los momentos en los que Miguel y Dina pasaron la noche tomando vino y bailando boleros, aquellos de Beny More que incitaban a abrazarse y moverse lentamente mientras al oído se cantaba suavemente. Cuarenta y cinco años después, cuando Dina logró ser la bailarina más famosa y Torres un dramaturgo conocido, se vuelven a encontrar para buscar entre los recuerdos, en la memoria, en el pasado sentimental que solo puede ser usado por aquellos que en verdad se conectaron con un amor real. La necesidad de traer el pasado será necesario para brinda un grado más de vitalidad, un último suspiro. La novela trata de eso, de un amor que duró lo que tenía que durar, que fue lo que necesitaba ser, que no alcanzó a hastiar a nadie, que no fue somero para pensar ¿qué hubiera pasado sí…? Fue perfecto, pasó lo que tenía que pasar y se esfumó sin dolores profundos, sin deudas pendientes.

Después de tantos días y meses de angustia, desolación, pérdida y miedo que nos han perseguido en este año para el olvido. La novela de Miguel Torres se presenta como un aliciente, como un fármaco que invita de nuevo a creer, a pensar y desear una vida diferente. La novela llegará, aunque pasen los años, como agua fresca a los espíritus desesperados y adoloridos. El amor no es un desgarre visceral, el amor no siempre se presenta como una muerte lenta, el puede ser algo que permite ver el mundo de una forma diferente, sin las ansias desenfrenadas de poseer. Creo que eso es lo que muestra Torres, el poder de amar sin caducidad, de recordar con asombro y tranquilidad, de sentir sin tener. Siguiendo las fechas que nos propone el libro, el 21 de diciembre se cumplirá setenta años de un amor sin fin.

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