La pirámide invertida

Sucedió como una casualidad. Pensando en el tema para esta columna me encontré en una entrevista radial hecha a Gabriel García Márquez en 1996 en Barcelona, no solo el tema para este texto, sino uno de los grandes problemas de la sociedad. El entrevistador le pregunta a Gabo sobre las mujeres. Él trae a colación una entrevista que dio para la revista Time en donde le preguntaron cuál sería el mejor invento del siglo XXI.  A lo que respondió: “Darles el poder a las mujeres. Invertir la pirámide y que ellas tengan todo el poder que tenemos nosotros”. La respuesta fue una revelación total y un cuestionamiento inmediato. Estamos en inicio, un poco más del inicio del siglo XXI y aún las mujeres no tienen el mismo poder. Las cosas aún se manejan como si estuviéramos en pleno siglo XII, en una inquisición y persecución excesiva que no ha dejado que los pasos que son de gigante puedan marcar con fuerza los terrenos dominados por el machismo. 

En pleno 2021 de una pandemia eterna, seguimos considerando con vehemencia que las mujeres no pueden ser dueñas de sí mismas. No pueden elegir, decir, guardar, pensar, trazar, cruzar ciertos espacios porque aún hay un viejo guardián poderoso llamado: misoginia, producto de un machismo exacerbado que nubla la cabeza de los más pequeños y empodera a los más grandes para seguir considerando a las mujeres no solo como una posesión, sino como algo menor. ¿De quién hablamos cuando señalamos la figura de hombre? mejor dicho, ¿Qué quiere decir ser hombre en pleno siglo XXI cuando todo es tan frágil y en proceso de reconstrucción?

La primera idea sobre la columna para el día de hoy estaba alrededor de un trino de una senadora colombiana llamada: Ángela María Robledo que exponía lo siguiente; “Aprobar el aborto no es obligar a todas las mujeres a abortar, ni aprobar la eutanasia, es obligar a todos los enfermos a inyectársela. El país necesita entender que decidir sobre nuestros propios cuerpos es un derecho humano básico”. La idea no tomó forma, sin embargo, no eché a la basura el comentario que parecía tener importancia en lo que fuera a escribir en un futuro. Pero como son las cosas de la escritura y el arte de la columna de opinión, anidé ese tuit con el siguiente comentario de la misma entrevista a Gabo que estaba escuchando: “Si los hombres parieran, el aborto sería un sacramento”. ¿Y cómo no iba a hacerlo, si el mundo está diseñado para el hombre y sus caprichos? Pensaba, además, que en verdad no somos dueños de nada. Ni de nuestro cuerpo y la mente, ese espacio tan perfecto porque de allí no solo nace la creación, sino el odio, la indiferencia y hasta deseo de la aniquilación, está siendo invadida por otros factores que le están quitando espacio al papel de ser uno mismo, de querer serlo.

Invertir la pirámide es darle todo el espacio a lo justo. No es hablar de contentillos, no es hacer el papel para aparentar una equidad que en el fondo no es cierta y termina haciendo más daño.  Ser justo, el punto medio del que habla Aristóteles es colocar el peso proporcional a lo necesario. Pensarse las nuevas masculinidades, alterar la óptica, verse más allá de la propia nariz ya no debe ser una invitación sino un llamado directo al cambio. Reconocernos como seres humanos es el primer paso para luego construir géneros, porque desde la humanidad, desde eso tan básico que es ser un ser humano se parte para la construcción no perfecta, porque entre seres imperfectos como nosotros no puede existir la perfección, sino que desde esas imperfecciones entender el papel fundamental que juga la mujer en todos los ámbitos posibles.

Gabriel García Márquez siempre fue un escritor con los pies sobre la tierra. Entendió muy bien el papel de la mujer y no solo desde la ficción, sino desde la realidad misma. Lo que es importante resaltar, ya que, nos enorgullecemos de ser grandes lector y de entender el universo de Gabo, es que en el fondo no hemos entendido nada, absolutamente nada de lo que intenta narrar en sus libros, exponer en sus entrevistas –que son pocas– cuando habla de su abuela, de su madre, de su esposa. Estamos tan enceguecidos por este machismo, que nos cuesta ver lo elemental.

Estamos en el siglo XXI, el siglo de las mujeres. Es el siglo de la reivindicación y la justicia, pero también, el del detalle, la reflexión, el tacto, la construcción intelectual y el reconocimiento. Es hora de soltar el poder, no como una entrega de algo que es propio, sino porque precisamente nunca nos ha pertenecido, porque no es de uno solo, es de todos y por eso hay que soltarlo.

El machismo es un veneno y todos estamos invadidos. Que este texto llegue a mis amigas y conocidas, a mis estudiantes y mis familiares mujeres para que no olviden que hay miles de hombres que luchan cada día para romper el machismo, para no dejar que la herencia, la mala herencia de ese veneno se nos cuele en lo involuntario. Estamos en proceso para estar a la altura de los tiempos, a lo que propuso gabo, pero aún falta mucho…   

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