Dejar vivir y dejar morir

Para morir en este país dignamente – la eutanasia – solo se necesitan dos cosas: Tener lucidez mental y una enfermedad terminal que ya haya deteriorado al cuerpo en gran proporción. Tres casos interesantes en Colombia sobre personas que decidieron optar por el derecho a una muerte digna: José Ovidio González, Yolanda Chaparro y Álvaro Mejía. Las dos primeras personas tuvieron que vivir un calvario, algo más fuerte que su propia enfermedad ya que, el olvido y la falta de humanidad de las instituciones y la sociedad, impedían que este proceso se llevara a cabo con la total normalidad que debería tener. Los moralismos y la obsesión por poseer lo que no es nuestro (la vida de los demás) ejercen aún una fuerza imperiosa sobre el acto de morir de esta forma, de querer morir porque esta vida, la biológica, se convirtió en un asunto tormentoso.

En el caso de don Álvaro, la situación fue muy sencilla, como lo relató su esposa en una entrevista para El Espectador. Él que comprendió desde el primer momento que no iba a sobrevivir al cáncer que había hecho metástasis, solo lo llevó a un callejón que para muchos es sin salida, pero, para él era el punto de partida: solicitar la eutanasia sin ninguna vacilación. Su muerte fue todo un ritual, una exposición prudente, amigable, racional y, sobre todo, humana, demasiado humana. Fueron 11 personas quienes lo acompañaron junto a su esposa quien comprendió que ya todo estaba culminado cuando la doctora dictó la hora de muerte: 12:36 pm.

 ¿Cuánto tiempo nos tomará entender que la eutanasia no es un delito? Aunque si bien es cierto muchas personas no saben que este es un derecho, también está las trabas que pueden crearse para hacerse efectivo. No es solo lo legal, es lo social. Los ojos de otros que ven con aprobación el dolor, la tristeza, el suplicio del cuerpo que ya moribundo, solo quiere terminar con lo que lo destroza. En cambio, la eutanasia se convierte en un acto miserable, reprochable y si ningún fundamento porque se está matando a otro. Hasta qué punto somos lo suficientemente mezquinos para negarle a otro su deseo de irse, de no ser parte del discurso que encierra la premisa: padecer es lo que está bien. ¿Dónde encontramos eso? En el moralismo intransigente que ha sido el causante de tanta miseria en el mundo.

La independencia, la propiedad es siempre un sueño que cabalga en las palabras escuetas de quienes lo defienden. No somos dueños de nada, ni del cuerpo que tanto aborrecemos o engrandecemos, no somos dueños de las manos que se entrelazan con otras para crear un mundo singular en donde el deseo y la pasión se conjugan. No somos dueños del cerebro que forjamos con el conocimiento. Ni de los pulmones que cuidamos o destruimos con un cigarrillo. Tanto luchar en un país que jamás brinda garantías, que es dueño de cada centímetro de cemento y selva, de cada ciudadano que se despierta todos los días para emprender una lucha sin fin por sobrevivir y al final de sus días, no le den la tranquilidad de querer morir sin depender, sin ultrajar, sin abusar de otros.   

Nos encanta la miseria, vivir entre la carroña, entre carnes putrefactas y eso nos hace sentir bien. Que otros padezcan, que todos suframos porque no merecemos que el último minuto sea un hálito de tranquilidad y satisfacción. No hemos comprendido el arte de existir, nos cuesta pensar en una existencia que valga la pena, sin rencores, sin cargas excesivas, sin arrepentimientos que se convierten en azotes propios y ajenos. Lo que debe ser en muchos aspectos realmente no es. En tiempos tan crudos como los que vive el país, cuando se grita libertad no es el concepto como se piensa, sino en los mínimos derechos que todo ciudadano debe recibir. Lo que para unos es un error, es realmente el camino para el respeto a la vida, a la existencia de aquel que no encuentra en estas varas ya oxidadas del status quo una forma de permanecer.

En Colombia no se vive con dignidad ni mucho menos se puede morir con ella. En este país se necesita más conciencia de lo que significa existir, de lo que ya debe terminar, de lo que ya no tiene remedio. Se necesita sentir y experimentar que en verdad somos dueños, por lo menos, de nosotros mismos. Alejandro Gaviria en su texto Otro fin del mundo es posible expone: “una idea integral de la salud, entendida no como un estado máximo de bienestar, sino como un atributo de la cultura que incluye entre otras cosas, la celebración de la vida, el respeto por la naturaleza y la aceptación (alegre si se quiere) de la muerte y las penurias de la vida”. ¿Por qué hay un rechazo contundente por saborearse la vida, por crear una existencia que valga la pena y sentir que la muerte no es más que un descanso agradable y un viaje en paz?

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