Gracias a mis muñecos

Cuando yo era pequeña, más o menos de 8 años, vivía con la ilusión de que cada navidad, cumpleaños o cualquier fecha especial, me regalaran mis juguetes favoritos, sobre todo las reconocidas “Barbies”. Me encantaba sentarme en el piso de mi casa y recrear toda una historia con mis juguetes; había romance, acción, drama e incluso terror. Me sentía la dueña del mundo porque podía dejar volar mi imaginación gracias a mis muñecos.

Recuerdo la alegría que sentían mis padres al verme destapar los regalos, en su cara podía verse la ilusión de que estaban haciendo un buen trabajo con sus hijos y sobre todo que los estaban criando con mucho amor y felicidad. Mi madre me contaba que ella nunca había podido tener juguetes porque no tenían una buena situación económica, sin embargo, cuando estaba embarazada y supo que era niña, su ilusión volvió a renacer porque podía comprar aquellos juguetes que siempre había querido. 

Puedo decir con mucha certeza que mis primeros amigos fueron mis juguetes; en ellos confiaba mis más íntimos secretos, con ellos me desahogaba, ellos hacían que las malas vibras que habían a mí alrededor desaparecieran casi inmediatamente. Me hacían compañía en las noches frías y solitarias, al lado de ellos el miedo desaparecía como magia. Sabía que aunque no pudieran responderme, estaban siempre para mí, ayudándome a lidiar mejor con las situaciones.

No me gustaba que me regalaran ropa, ni comida, y mucho menos objetos escolares. Solo deseaba tener juguetes y presumirlos entre mis primos y amigos. Sin embargo, con el pasar del tiempo eso fue cambiando. Entre más crecía, mis gustos cambiaban, mis juguetes iban quedando de lado. La ropa y los objetos escolares se convirtieron en lo primordial. Aquellos compañeros que crecieron conmigo, habían sido olvidados; de pasar de estar en una repisa como trofeos, terminaron guardados en bolsas de basura o siendo donados a niños que de verdad los iban a querer tanto como yo los quise.

Mucho tiempo después, cuando cumplí 16, empecé a darme cuenta que los padres de ahora no piensan en regalar juguetes sino que prefieren irse por el lado de los aparatos tecnológicos; no saben cuánto daño hacen a sus hijos porque por más entretenimiento que esto les pueda generar, no se compara con la emoción de sentarse a jugar, crear y dejar volar la imaginación con los juguetes, es una sensación que ninguna otra cosa da. 

Teniendo 20 años, puedo decir que agradezco a mis padres por haberme dado una infancia llena de diversión, por haberme regalado tantos muñecos que en algún momento de mí vida, fueron parte de mi familia y de mi felicidad. Desde el fondo de mi corazón siento mucho agradecimiento hacía mis juguetes porque me  ayudaron a desarrollar mi imaginación, a probar estrategias, aprender, acertar, fallar, a equivocarme y volver a intentarlo las veces que sea necesario.

Tengo la ilusión de que cada niño del mundo sienta la alegría de compartir con sus juguetes y sentirse completo. Los juguetes son una etapa muy linda y necesaria para nuestro crecimiento; sin ellos perdemos el brillo y la característica que nos identifica como niños. A pesar que estamos en una era importante de la tecnología, no debemos involucrar mucho a nuestros niños, ya que eso solo los volvería dependientes a dichos aparatos y se formarían seres tristes y apagados. 

Tengamos la edad que tengamos, siempre vamos a tener un niño dentro de nosotros, y debemos sentirnos orgullosos de haber crecido con grata compañía como lo son los juguetes, que aunque sean solo objetos, nos llenan de felicidad. De esta manera, tendremos historias que contar a nuestros hijos en el futuro y hacer que sientan esa alegría de compartir con los muñecos y vivan sus propias experiencias. 

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