Siempre quedará

Fragmento de Siempre quedará, la primera novela corta de Juan Camilo Parra, que pronto estará publicada en Amazon Kindle

Me cuesta abrir los ojos. Los pesados párpados no son otra cosa que las horas que golpean sin clemencia el tiempo en el que ya no estás. Despacio como quien no quiere dar un paso en falso, veo en brumas la mañana y me asalta la sensación de que quizás aún estás cerca. Era noviembre y Bogotá se viste de un color amarillo-rojizo. El cielo es extraño, como la ciudad que ha albergado los hechos más confusos de la historia del país. Las aguas sucias del río San Francisco desde hace más de medio siglo ya no amenazan con desbordarse y bloquear la ciudad. En tiempos de a caballo, ruana y sombrero, el río San Francisco se llevaba por delante los desechos que llegaban allí: basura, sillas, mesas, mierda. Porque esta ciudad no fue nunca la gran metrópolis que los intelectuales de finales del siglo pasado gritaron a los cuatro vientos. En ese cielo que algunos fotografiaban no había amenaza alguna de lluvia, sin embargo, nadie la descartaba. Bogotá es un misterio, una conspiración.  

Decidí caminar un poco después de entregarle a don Jaramillo la crónica del día. Nada había sucedido en la ciudad desde que una mujer semanas atrás decidió lanzarse sin más del puente de la calle 26 con séptima. Recorrí la zona, caminé de arriba hacia abajo buscando algo, intentando entender el hecho tan llamativo. En la capital se cuenta con los dedos los suicidios desde los puentes. Nada que decir, el periódico se vendió bien, pero, a decir verdad, la crónica no tenía ni el diez por ciento de veracidad. Me cansé de investigar el caso, me cansé de preguntar con una foto si alguien sabía algo de esa mujer que a simple vista no era indigente, no era prostituta, pero tampoco parecía llevar una vida de lujos. Nadie la reclamó y fue echada en una fosa común junto a otros cuerpos sin identificar. Estuve un buen tiempo en la morgue, dos veces al día, pero Fabián, el forense, decidió sacar a la mujer a eso de las diez de la noche, hora perfecta para los N.N. Desde la ventana de Café Pasaje veía a la gente caminar desesperada porque se acercaba la hora en que todos los oficinistas de la zona terminaban sus labores y emprendían su camino de vuelta a casa. Detrás de las gafas de sol que no quise quitarme a pesar de lo oscuro del lugar, estuve buscando sin querer, encontrando por pura suerte algunos hechos, acciones loables para ser contadas, para exponerlas a otros. Como la vez que descubrí al tío Ramiro con la novia del tío José. Los vi no muy lejos de aquí, sobre la séptima cerca de la iglesia de las Nieves. Caminaban como dos amigos, como dos familiares que están haciendo una vuelta por el centro de la ciudad, pero en verdad, se sentía el deseo incesante de saciar lo más nefasto de los cuerpos, como dos adolescentes que se desbocan en la pasión de un amor a muerte. Yo tendría unos veinte años y mi tío quizás treinta, su amante unos treinta y dos, pues a José siempre le han gustado las mujeres cinco años menores. En las reuniones familiares parecían dos extraños, un saludo formal y las miradas nunca se cruzaban. Ella tan amorosa con José y Ramiro bebiendo cerveza con el abuelo. Muy paciente esperaba a que alguno hiciera un movimiento en falso, algo que solo los dos entendieran, como una clave secreta, pero nunca sucedió nada que calmara mi obsesión por esclarecer lo que yo intuí aquel día. Así que, me di a la tarea de saber qué hacía cada uno en las tardes. Primero con Ramiro. Trabajaba en una oficina como archivista, en la casa le decían que era un trabajo de mujer, de secretaria con medias veladas y falda corta, que, al menor descuido, se le podía ver el culo. Todos reían. La novia de José trabajaba en la alcaldía como secretaria de un funcionario de poca importancia. José era cajero en un banco en el norte de la ciudad. 

Dos días de la semana Ramiro llegaba tarde a la casa, aún vivía con José y los abuelos. Pero en ninguno de esos días había la posibilidad de verse con su cuñada. Un día a la semana José almorzaba con su novia y la esperaba hasta las cinco para llevarla a la casa. No había forma de que Ramiro la viera. Sin embargo, el descubrimiento fue más sorprendente. Un día a la semana Ramiro no trabajaba en el archivo, sino que salía a entregar algunas encomiendas. Esto no lo sabía nadie, porque no quería ningún comentario por parte de la familia, quizás, le llamarían la paloma mensajera. La novia de José ese mismo día podía llegar tarde a la oficina. Así que, se veían los dos muy temprano y se dedicaban a los amores hasta el mediodía, hora en que ella se encontraba con su novio y él podría retornar al archivo y continuar con las labores de siempre. Luego, en horas de la tarde, sorprenderse por la llegada del hermano que buscaba lugar donde pasar la tarde mientras su novia terminaba el turno en la oficina. Lo conté todo en una crónica. La primera que me publicaron en un periódico. En la familia estaban felices, fascinados por la historia que, según ellos, yo me había inventado, pero que Ramiro y su amante entendieron tan bien, que juntos se pusieron pálidos el domingo en que el abuelo quiso leer para todos la historia de los amantes desgraciados. Nunca se supo la verdad, para qué, si todos creyeron que era una historia inventada, pero pude ver en la cara de los involucrados el temor de la verdad y eso es algo que no tiene precio. Desde entonces me interesa la vida íntima de las personas, esa vida que se desarrolla debajo de las cobijas y que, sin saberlo, termina relacionándose con la vida pública, la vida política y la condición moral. No he hecho otra cosa que narrar historias para diferentes periódicos. Me siento frente al computador y mientras se consume un cigarrillo que pocas veces levanto del cenicero, se me van las horas reconstruyendo en pocas cuartillas la vida de otros. ¿Qué emocionante tiene la vida del vendedor de lotería o la prostituta de la décima, el músico de los buses o la mujer de finos trajes, la adolescente que está descubriendo su cuerpo, el aficionado al fútbol o el encuentro a escondidas entre dos amantes? No lo sabemos, pero lo que sí tenemos claro es que cada una de esas vidas sin quererlo construyen la historia de mi ciudad, de mi país.

*

Habían pasado toda la noche trabajando en la maqueta del producto final para la clase de énfasis en proyecto urbano III. Las horas se fueron entre la construcción pieza a pieza de una ciudadela cuando Juliana descubrió que ya no era seguro irse a su casa en un taxi. Laura miró la hora en el reloj de pared y estuvo de acuerdo, sin saberlo, con lo que su amiga estaba pensando: era mejor quedarse. La madre de Laura había intuido la larga noche que les esperaba y se adelantó a preparar una cama improvisada con un colchón de aire en el suelo del dormitorio de su hija. Juliana le envió un mensaje de texto a su padre informando que, debido a la hora, prefería quedarse con Laura, salir temprano, llegar a la casa, ducharse y ponerse ropa limpia para ir a la universidad. Terminaron de pegar los últimos árboles, carros y postes de luz. Pintaron los edificios y los bordes de la acera con pequeñas personas de plástico colorido. Se rieron de un perro que no lograba quedarse quieto, aunque llenaran sus patas de pegante. Luego recordaron una vez más los episodios que en su momento fueron bochornosos y ahora eran parte de las anécdotas de una vida de casi cuatro años juntas en la facultad de arquitectura.

Apagaron las luces y subieron las escaleras despacio para no despertar a la madre que ya dormía profundamente en el primer cuarto del segundo piso. Siguieron al tercero. En la habitación del fondo, de puerta blanca, duerme Laura. Tras la puerta hay un gran espacio con objetos organizados en repisas ajustadas a la pared. Un poster de la ciudad de New York en horas de la noche con sus avisos luminosos. Una biblioteca con novelas latinoamericanas, novelas románticas, libros de arquitectura y una que otra revista para adolescentes que ya no le sirven de nada. Una cama semidoble con un peluche que le regaló algún exnovio en época de colegio. Un closet matrimonial lleno de blusas, camisas, vestidos y zapatos. Se dio prisa y le entregó a Juliana una camisa corta de manga larga que moldeaba la cintura y el pecho. Mientras se organizaban para dormir, Laura la descubrió sin pantalones y doblando el jean azul y el resto de su ropa en la silla del computador. Se acostaron cada una en su lugar. Apagaron la luz y empezaron a recordar la vez que se emborracharon y que llegaron de madrugada a la casa de Fernanda, se robaron la olla del arroz y se lo comieron a manotadas en la habitación mientras cantaban algún vallenato antiguo. La conversación duró poco. En medio del sueño Laura recordó a Juliana con las piernas descubiertas, la camisa ajustada y se balanceó hasta el borde de la cama para verla dormir. La contempló, le quitó el cabello que le tapaba la cara con sutileza para no despertarla, le movió cabello a cabello y mientras tanto la fue descubriendo. No recordó si alguna vez la había visto de esa manera, pero en esa noche le pareció la más bella de todas. Juliana cambió de posición y ahora estaba en dirección a ella. Se había quitado de encima la colcha térmica que le habían dejado junto a una sábana para mitigar el frío de la madrugada. La acción parecía una predestinación para lo obsceno. La cortina traslucida de la habitación permitía verle con claridad los senos. La blusa se había desabrochado por el cambio de posición, por lo ajustada que le quedaba. Entre la cobija, la blusa y la luz que se filtraba, el pezón se asomaba. La última vez que había estado en una situación en donde su cuerpo temblara y sintiera una humedad en la entrepierna fue a los doce años, cuando en un juego de experimentación y aprendizaje se besó con su prima dos años mayor y la cual, le habló de noviazgos que había tenido en el colegio, de besos en el cuello, de cómo se le ponía el pene a un hombre cuando besaba a una mujer. Le habló de que los hombres veían pornografía y que sus padres tenían sexo todos los jueves dos veces en la madrugada, que ella se quedaba despierta para escuchar el movimiento de la cama desajustada, el gemir de su madre y el golpe de los cuerpos. Ese día se besaron simulando ser hombre y mujer. Cambiaban los roles. El juego se tornaba bastante excitante porque a quién le tocara ser hombre debía apretar las nalgas, pasar la mano por los senos y sentir los pezones duros. El resto de su adolescencia hasta ese día, había estado solo con hombres. Se masturbaba pensando en ellos y nunca había sentido tal emoción ni cuando escuchaba de sus amigas las intimidades más pudorosas.

Corrió parte de la sábana y pudo ver el pezón duro. Lo observó por un momento mientras llevaba su mano a su entrepierna y la sintió húmeda, con un vello naciente. Juliana se movió y nuevamente el seno quedó cubierto. Se repitió la operación, pero esta vez, rozó su dedo sobre esa pequeña montañita color café. El cuerpo de su amiga alcanzó a estremecerse, así que lo hizo de nuevo y la reacción fue mayor, lo hizo hasta que abrió los ojos y la miró fijamente. Laura pensó en ese momento: «mierda». Pero solo le bastó bajar la mirada, notar el movimiento debajo de la sábana de Juliana para entender que ella también estaba excitada y hace rato se acariciaba el sexo. Así que se lanzó, la besó apasionadamente, luego, sus lenguas jugueteaban, se chocaban y sus manos que tocaban todo lo que podían, terminaron quitando la sábana y poniéndola a los pies. Se encontraron las piernas lisas y jóvenes, tonificadas, morenas. Juliana abrió las piernas y los sexos se encontraron, se saciaron hasta que la fatiga las dejó boca arriba con los cuerpos sudorosos, empapados de besos, fluidos y rasguñados en la espalda.

La primera en despertarse fue Juliana. Atientas para no hacer ruido, se vistió y caminó por entre el pasillo, bajó las escaleras, miró de reojo la habitación de la dueña de la casa, llegó a la sala y guardó sus cosas en la maleta. Salió con el mayor sigilo. Se sorprendió de la sutileza de sus movimientos y tomó rumbo a la avenida principal para esperar el bus. Un buen tiempo después, Laura se despertó por la notificación de un mensaje de texto. Se levantó y revisó si Juliana aún dormía, pero encontró el colchó aún desinflándose y las cobijas dobladas en la misma silla donde había dejado la ropa. Se recostó de nuevo en la cama y recordó lo que había sucedido, un malestar en el pecho, como de culpa, quizás de arrepentimiento empezó a dominarla. «Estúpida» se dijo en voz baja mientras revisaba su celular. El mensaje era de Rodrigo, el monitor de la clase que les informaba: «Hoy no hay clase. Por cuestiones personales el profesor no podrá asistir a la U. El trabajo se presentará la otra semana. Nos vemos en la tarde». Miró la hora en el celular: 8:30. Juliana pronto saldría de su casa para la universidad y por alguna razón que no se explicó, le envió un mensaje de texto que redactó más de cinco veces: «¿Sí viste? No tenemos clase, así que duerme otro poco, nos vemos en la tarde… Lleve plata para que me gaste una pola». Por un momento se sintió un poco idiota por el mensaje, creyó que las cosas no estaban nada bien para ponerse con actitudes de buena amiga. ¿Pero debía seguir sintiéndose como lo peor por lo ocurrido? ¿Acaso no eran amigas y así se comportaban siempre, ayudándose la una a la otra, apoyándose en las situaciones difíciles y haciéndose el cuarto con los tipos que les gustaban?  Algo la atormentaba más, la pérdida de la amistad por un momento de excitación. Se levantó con un vacío en el pecho, una culpa que sería complicado quitarse de encima. Pensó por un momento que era mejor no ir a la universidad, que no era apropiado verle la cara en público, que seguramente la estaba odiando y que quizás, podía hasta demandarla por abuso. ¿Pero luego ella no dio píe para que todo pasara? ¿O fue un sueño los besos, las manos, las palabras en el oído que sintió mientras ella estaba acostada y cargaba el cuerpo de su amiga sobre su pecho? No dijo gran cosa en el desayuno. Apenas pudo organizar la mesa para que su madre colocara el plato con huevos y salchicha, el café y las tostadas con mermelada de fresa. Estaba ida, pensaba una y otra vez en lo que pasó, a veces sentía un vibrar en el bajo vientre, otras veces era la culpa. Quiso llorar, pero se mordió los labios para aguanta con mayor fuerza las lágrimas que saldrían como un río.

Se culpaba cada vez más al no recibir respuesta de Juliana. El celular sonó. Dos notificaciones, dos mensajes. Era Jorge, el chico con el que estaba saliendo y por el cual empezaba a nacer un sentimiento que podía intuir como un enamoramiento de ese que es bonito, que duran sus buenos años y en los cuales se proyectan viajes, casas, carros y por qué no: hijos. Salió una hora después y se encontró con él en el Colegio María Auxiliadora. Lo acompañó a realizar unas averiguaciones y a entregar unos papeles en el edificio Bochica para reactivar los servicios de salud. Aunque no tenía hambre, Laura accedió a almorzar por insistencia de su pretendiente. Lo hicieron en un restaurante cerca de la Universidad Javeriana. Caminaron entre risas y chistes que solo dos que se gustan pueden entender bajo el sol casi inclemente de la carrera séptima. No había mucho dinero, pero eso no importaba. En época universitaria cualquier espacio, cualquier momento se vive sin prestarle demasiada atención al dinero. Muchas veces no era necesario, podían pasar las horas en un parque, en la plaza central de la universidad, caminando o en la casa de alguno amigo. En otros tiempos, cuando de amor se trata el asunto económico puede ser un impedimento, pero entre las reglas del enamoramiento universitario y juvenil, estas cosas se hacen a un lado. Los jóvenes tienen marcado en su pecho como tinta indeleble que el amor lo puede todo, pero, es cuestión de años para entender que eso puede desvanecerse, irse entre las manos y que, aunque el amor permanezca y sea sincero, no es el tiempo para los dos, no son hechos el uno para el otro y se van prometiéndose volver, pero eso se olvida pronto.

En la mesa inestable, Jorge trataba de tajar la carne asada, mientras Laura le ponía salsa de tomate a las papas fritas. Como era común en este tipo de restaurantes, las personas hablaban casi a gritos, las conversaciones se cruzaban, se chocaban, y muchas veces hacían parte de otras y se convertían en tema central. Como la del hombre que le explicaba a otro que su esposa se estaba dando cuenta que tenía una amante y que un día descubrió que lo seguía, así que, como quien tiene todo planeado, no canceló la cita amorosa, solo le dio otro matiz, un tono más de amistad, más de negocios como decía él con cierta ironía, sin embargo, su esposa que nadie en aquel lugar parecía conocer, no se creyó el cuento y aún sigue de vez en cuando intentando descubrirlo. Entre la risa cómplice de los dos hombres, los demás clientes volvían a sus propios temas de conversación. La incomodidad de Laura por este tipo de historias se quebró cuando en medio de tanto ruido, escuchó en las noticias el hallazgo del cuerpo de una mujer violada y apuñalada en horas de la mañana. La víctima oscila entre los treinta y cuarenta años de edad, según la primera información. Fue encontrada por un habitante de calle en el canal del río arzobispo a la altura de la carrera 17 con diagonal 40. Mientras sus ojos se clavaban en la pantalla del televisor percudido por la grasa del restaurante, veía las imágenes distorsionadas del cuerpo acordonado por el CTI. Se dijo en voz baja: «una más». Jorge volteó la cabeza fijando la atención en la noticia y concluyó: «ciudad de mierda». Se encontraron las miradas indignadas para entenderse que los dos rechazaban todo acto de violencia, no hubo más palabras que las de un hombre que le dijo a su esposa:

«Por algo sería. ¿Qué hace una joven en la noche tomando? Se ponen a provocar a los manes».

«Bendito sea mi Dios. Pobres papás. Dios nos guarde», dijo la mujer llevándose un bocado de carne a la boca.

Laura los miró con un odio visceral. Jorge le tomó de la mano y la halo suavemente.

«Cálmate».

«Son unos hijueputas», dijo con un volumen de voz preciso para que la escucharan. El celular sonó. El corazón se le aceleró y por un momento pensó que era Juliana, pero la idea se desvaneció al escuchar la voz molesta de su madre que le informaba que el gato que había recogido meses atrás de la calle, le destruyó gran parte de la maqueta. Laura se unió a la indignación momentánea de su madre. Al colgar, una risa culposa cambió la atmosfera del momento. ¿Ahora cómo le explicaba a Juliana que la maqueta se dañó? ¿La invitaría de nuevo a trabajar en la noche después de lo que pasó?

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