Identidad decolonial

Hace dos años, cuando tome la decisión de cortar mi cabello estaba en búsqueda de algo que sentía que había perdido, algo que me hacía falta. En ese momento no sabía lo que era, ahora lo entiendo, quería recuperar mi identidad.

El concepto de identidad hace referencia a todos esos rasgos característico de un individuo o colectivo que los diferencia con los demás, y puede estar representado por muchos factores, desde el color de nuestra piel, las creencias de nuestras familias, la cultura o costumbres e incluso nuestro cabello.

Desde muy joven escuche decir que mi pelo era malo, desordenado, desagradable o problemático, la verdad es que mi madre habría preferido que me pareciese un poco más al estereotipo de belleza socialmente aceptado. Me costó años entender que en realidad no hay nada de malo en mí, en mi aspecto, en mi pelo.

El problema fundamental no es otro más que esa colonización cultural que seguimos manteniendo en nuestra sociedad, la necesidad absurda de perpetuar estructuras, ideas y estereotipos externos como si tuviésemos un afán desesperado por homogenizarnos al resto del mundo, por eliminar esa herencia ancestral que nos quedó de las comunidades indígenas y los pueblos afro tras la independencia de nuestro territorio.

Y si hablo de colonización es porque esta no se limita a la conquista del territorio, un proyecto colonizador impacta las bases mismas de la sociedad, la cultura, las estructuras económicas y de poder. El ente colonizador se instaura con la idea de destruir todo aquello que diferente a lo que conoce y que considera “salvaje”, “bárbaro” o “falto de civilización”, su idea de desarrollo, progreso o prosperidad se resume a la construcción de una sociedad homogénea que se acople a lo que ellos representen y discrimine todo aquello que no.

Es inevitable negar el gran impacto que dejó la colonización europea en la sociedad de una naciente república como la nuestra, conseguimos sacarlos del territorio, pero ya se habían instaurado en las ideologías y concepciones de la sociedad y aún hoy día estamos luchando por culminar un proceso de descolonización que ha resultado increíblemente extenso.

Uno de los resultados de estos procesos es el reconocimiento que el artículo séptimo constitucional hace de Colombia como un país multicultural y diverso, declarando el derecho a las comunidades étnicas y afro a sus identidades originarias y garantiza el respeto a las mismas; considero esto como un intento de reivindicación a los derechos de comunidades que han sido históricamente discriminadas y marginalizadas, sin embargo, para nadie es un secreto que la discriminación y presión que estas comunidades reciben se ha convertido en una situación normalizada social e institucionalmente.

Lo que me lleva de nuevo a mi historia, jamás sabré en carne propia las dificultades que conllevan en una sociedad como la nuestra el pertenecer a alguna de estas comunidades, pero la reconciliación que busqué yo con mi cabello no es algo especial, son muchas las mujeres afro que han iniciado un proceso de reconocimiento de sus raíces, su identidad, esa que les han arrebatado obligándolas a desprenderse de la naturalidad de su cabello, la historia ancestral que representa y la identidad que les significa, para encajar en los estándares de belleza que son globalmente aceptados.

Las historias de estas mujeres, como Cirle Tatis Arzuza, Mabel Lara o Anaí Padilla son un ejemplo de reivindicación, un llamado no a la tolerancia y respeto únicamente, sino a la construcción de una sociedad intercultural e interseccional, una sociedad que está constituida por una gran variedad de comunidades, de tradiciones, de culturas, de historias y luchas y que tienen el derecho a existir y pertenecer desde su identidad y singularidad.

Es momento de empezar a cuestionarnos hasta qué punto permitimos que el colonialismo haga parte de nuestra vida, directa o indirectamente, a través de comentarios, acciones u omisiones que perpetúan ideas de supremacía, desarrollo, progreso o civilización. Iniciemos a deconstruirnos.

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