Somos nuestra responsabilidad

Según Sartre, libertad es lo que reposa en el hombre mismo. El ser humano es libre, y para dar prueba de ello, el filósofo francés parte de dos conceptos: el cogito o consciencia, y la no-esencia del hombre. Sartre toma un punto de partida cartesiano, el cual nos recuerda que la consciencia humana es conciencia de la existencia propia. Tal consciencia nos lleva a pensar al hombre en el mundo, un mundo donde nosotros somos responsables de su significación, que no puede ser otra que una significación humana. Esto quiere decir que yo soy responsable del sentido. Depende de mí asentimiento a lo que se me presente como claro y distinto. Esta misma consciencia, además de permitir pensarnos en el mundo, nos da la posibilidad de elegir. La elección es la prueba de que el ser humano es libre. Y como “ser libre”, es responsable, no sólo del sentido del mundo, sino de lo que él es como humano.

En esta propuesta, habría que pensar la existencia humana sin la necesidad o exigencia de remitirse a la divinidad, y así, el modo de ser el hombre solo podría partir desde el hombre mismo. Porque el ser humano empieza por no ser nada, no tenemos esencia o propósito definido, no venimos al mundo con alguna misión. Somos seres indefinidos que se construyen a través de sus decisiones, y por eso, somos libres de elegir nuestro propósito. Ninguna justificación mística, sociedad, o gobierno nos define, estamos condenados a elegir (incluso no elegir es una elección); aunque las consecuencias de este postulado nos produzcan una profunda incertidumbre, debemos tomar esa responsabilidad y hacernos cargo de lo que somos. En este punto, la libertad se muestra como una condena que produce angustia. Como dice Sartre en su texto El existencialismo es un humanismo, “el hombre está condenado a ser libre”, así que en cierta medida se podría decir que estamos condenados a sentir angustia.

Por eso, el hombre como proyecto es una idea clave en Sartre, porque el ser humano es aquello que va siendo, y eso que va siendo lo constituye como humano. El hombre, una vez arrojado al mundo, es responsable de lo que hace, pero este aún no se ha creado a sí mismo, siempre está por realizarse. Lo que yo soy lo voy siendo en la medida en que mis actos acompañen el proyecto por el cual yo me defino. Yo no puedo ser sino mi existencia, que no es sino una existencia en condición de proyecto. Somos un proyecto que nunca finaliza, y, así mismo, no podrá ser construido más allá del día de nuestra muerte.

Como decíamos hace unos momentos, en esta propuesta sartreana del ser humano como ser libre está todo el tiempo presente la angustia. Mis actos parten de una elección, y cada elección está marcada por una profunda ambigüedad, lo que me lleva a nunca tener la certeza de estar tomando la decisión correcta. Así mismo, mis acciones me forman, lo que significa que lo que soy depende de mí, pero a veces tomo elecciones incorrectas que no me permiten avanzar y seguir el objetivo de ser cada vez mejor. También, si la vida humana es un proyecto que nunca termina, -por tanto, estamos llegando a ser lo que nunca seremos del todo-, nos da la sensación de que siempre seremos seres incompletos y carentes. Además, la conciencia nos lleva a aceptar nuestra condición de seres contingentes finitos e imperfectos. Así que pareciera que la vida humana es una vida sin redención posible al sosiego porque en gran parte de nuestra vida estamos en caídas y extravíos. 

Nos sentimos cansados ante la idea de que hay que llevar una existencia que no se dirige a ningún lado. Somos echados al mundo a nuestra suerte, sin propósito o misión, simplemente eligiendo en las corrientes de la indistinta posibilidad de todo. Esto es el reconocimiento de una existencia sin propósito, que no es suficiente para apagarse porque nuestro proyecto como humanos es más valioso para nosotros que nuestra condición de “condenados a muerte”. Pero después pienso que la idea de que estoy llevando una existencia en la que no tengo capacidad de elegir también me produce una profunda angustia Me doy cuenta que cualquier cosa puede temerse. Tanto tener libertad como no tenerla me produce inquietud, así que prefiero buscar un propósito en lugar de ceder mi libertad por algo de seguridad. No sé si esa angustia pueda cesar algún día, pero me gusta creer que en algún momento de nuestro proyecto como humanos podemos formar un lugar dentro de nosotros que nos permita hacerle frente al mundo sin cargar la sensación de desasosiego. Lo cierto es, como dice Sartre en La náusea, “la vida tiene un sentido si uno quiere dárselo”, y no puedo apelar a razones para vivir sin antes haber vivido. 

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