Mi papá

Una foto en la que estamos él y yo de espaldas viene a mi mente. La tomó mi madre mientras caminábamos calle abajo por el centro de Bogotá. Recuerdo el día. Habíamos quedado los tres (mi madre, mi padre y yo) de visitar el centro de la ciudad, de ir al chorro de Quevedo y escuchar sus historias sobre esta ciudad que les ha dado tanto. Mi padre nació en Ibagué, pero llegó a la capital siendo muy joven. Mi madre que sí nació aquí y que recuerda con fuerza las experiencias vividas con su madre cuando andaban por todo san Victorino comprando cosas para la casa, ropa y demás necesidades que se les presentaba a una familia numerosa que con el tiempo se fue deshojando con la muerte del abuelo.

Ese día hicimos todo con calma. Mi padre llevaba más o menos catorce años de su operación a corazón abierto la cual nos cambió por completo los hábitos de vida. La comida con poca sal, las carnes asadas o fritas con poco aceite. Las verduras, las frutas, el ejercicio, los controles médicos, los medicamentos de por vida y el afán incesante de tener una existencia tranquila, lejos de preocupaciones, angustia o estrés. El problema era en ¿cómo tener un estilo de vida así en un país como este? Había algo que lo tranquilizaba bastante: la pensión. Mi padre perteneció a las fuerzas militares durante veinte años y luego seguiría en la embajada de los Estados Unidos hasta su segundo infarto al miocardio en el 2018. Ahí decidió retirarse porque pensó que ya no era útil para la vida laborar. Vivió como pudo, viajó, compartió y siempre fue una persona feliz. Su sentido del humor a veces agudo, oscuro y constante alegró la vida de todos aquellos que lo conocieron.

Desde el 2018 supimos que dos de sus tres arterias coronarias ya no funcionaban. El exceso de colesterol impedía el flujo sanguíneo. El corazón frágil a cualquier alteración excesiva nos mantuvo en un vilo constante sobre su estado de salud. Mi madre en ocasiones dormía mal pensando que no respiraba. Yo pasaba días en una angustia asfixiante de saber si su tensión aumentaba o no. La hipertensión no es un buen aliado de los sobrevivientes a las intervenciones a corazón abierto, pues las venas sustituidas se deterioran más rápido. La fatiga a la hora de caminar, subir escaleras, cargar cajas o bolsas livianas se venía acrecentando sin darnos cuenta. Era parte del libreto que había expuesto la doctora en su último control. Pero como mi padre jamás se había quejado por algo y cada vez daba muestras de una salud envidiable, nunca pensamos que un domingo a la madrugada su corazón dejaría de latir.

Recuerdo la foto, pero no la encuentro. Es como si nunca hubiera existido. Es como si solo fuera una escena de mi memoria que de vez en cuando asalta, cuando olvido por un instante que ya ha muerto. La foto me permite pensar en que soy sus pasos, en que soy su sombra, en que soy la otra parte de su existencia que cargo sobre mis hombros. Mi padre siempre me apoyó y supo resumir mi pasión por los libros y la escritura con una frase desproporcionada: “Es como gabo”. Jamás seré como García Márquez, pero fue su forma de asociar el bello arte de leer y la tortuosa experiencia de escribir a la que me someto.

La última vez que nos vimos hablamos de dinero, del tráfico en Bogotá, de mi trabajo y un poco de política. Cenamos juntos, siempre los tres. Al siguiente día falleció. Su corazón solo le permitió caer sobre los brazos de mi madre y soltar un hálito suave con el que cerró sus ojos para siempre.

Ahora soy el huérfano de padre. El hombre que aprendió a las malas a firmar y ponerse al tanto de los papeles que requería la funeraria, el hospital, la pensión, los bancos. Soy el hijo que se acuesta todas las noches pensando en su padre y trayendo a la memoria breves recuerdos que revuelven el pecho porque son instantes significativos en mi vida. Mis primeros guayos, la firma del crédito para mi carrera universitaria. Los regalos, las risas, las conversaciones. La lectura de mi primer texto publicado, su escucha atenta a mis problemas cotidianos. Los consejos sobre el amor, la economía, los carros, la familia; sus historias mil veces repetidas sobre viajes, trabajo, su vida de adolescente, sus enfermedades que yo también padecí.

Ahora soy aquel de una foto que no encuentro, pero que está viva en mi memoria. Los tres caminando, calle abajo y recordando historias de esta Bogotá que me apasiona. Por fin comprendí por qué tanto amor a esta ciudad. Por fin entendí por qué me obsesiona esta capital donde vivió José Asunción Silva, Rafael Uribe Uribe, Luis Carlos Galán, Jorge Eliecer Gaitán, Ricardo Rendón, personajes tan significativos para nuestra historia tan dolida por los golpes de la violencia. La respuesta es simple: porque mi padre vivió y murió en ella y fue participe de tantas cosas que me heredó sin saberlo. El sentimiento real por el lugar en donde conoció a mi madre, nació mis hermanos, mis sobrinos. En donde enterró a su padre y acompañó al cementerio a sus suegros. En esta Bogotá vivió mi padre y ahora él hace parte de los héroes y personalidades que me sorprenden tanto. Cómo dijo José Arcadio Buendía personaje de Cien años de soledad: “Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra”.

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